Decía el presidente norteamericano el pasado domingo (8 de marzo), que tomará la decisión del fin de la guerra con Irán en el momento oportuno, considerando la opinión de Netanyahu, pero manteniendo él la última palabra. Todo un acertijo dentro de un enigma, frase que se suele aplicar normalmente a las disposiciones del Kremlin moscovita, por similitud al juego de muñecas (matrioshkas) que viene a simbolizar el tradicional argumentario geopolítico ruso.
Pero no creemos que esta ambigüedad se deba a ósmosis debida al “acercamiento” de Trump a Putin del último año. Más bien parece responder a la famosa sentencia que sostiene que de una guerra se conoce cómo se entra, pero no cómo se sale. EEUU e Israel han ido de la mano al iniciar las hostilidades, pero sus intereses de fondo -que deben reflejarse en la situación final deseada-, son muy dispares.
Trump tendrá prisa en proclamar el final de la guerra. Por supuesto, comparte con Israel la necesidad de éste de sobrevivir como estado, y de la estabilización de Oriente Medio. Pero, como ya ocurriera en junio pasado con la “Guerra de los doce días” de los mismos protagonistas, y en Afganistán, el tiempo es su enemigo. Necesita una victoria lo más rápida posible -entre cuatro y seis semanas ha sido la evaluación hecha por una de sus portavoces; inminente, se oye decir en el momento de redactar estas líneas-. Recordemos que a principios de noviembre hay elecciones de midterm. Es plausible pensar que más que destruir la capacidad productora de petróleo y de gas iraní, y del cambio de régimen en Irán, si esto se manifiesta como muy tortuoso -que así será con muy alta probabilidad-, en realidad lo que pretenda a fondo sea sustraer su disponibilidad a China, como ha hecho con el petróleo de Venezuela. Porque para Trump, esta guerra forma también parte de una maniobra de aislamiento de China, y si no, mucho lo parece.

Israel, por su parte, la presenta como una guerra de supervivencia y como un paso definitivo para acabar, no sólo con el actual poder iraní, sino con los restos de Hamas y de Hezbollah. En ello están, sin descartar que luego venga una ampliación de territorios en Cisjordania, Gaza y Líbano, aduciendo razones de seguridad. Así que podemos entrever diferencias en la citada situación final deseada por unos y otros. Mientras que Trump será, muy posiblemente, poseído por la prisa, para el sentir de Israel, estamos hablando de lo mismo desde hace más de 30 siglos. Por su parte Irán, país de confesión shií, ha sobrevivido a Alejandro el Grande, al Imperio Romano, a los bizantinos y al mundo sunní. En definitiva, desde el punto de vista israelí e iraní parece producente repetir, ¿qué es eso de un final real de la guerra en un periodo de entre cuatro a seis semanas, o de horas? Conclusión, no descartemos que Israel siga atacando a Irán aun sin el concurso estadounidense.
Recuerdo cuando Bush hijo proclamó el fin de la Guerra de Iraq en la cubierta del portaaviones Lincoln tras un aterrizaje holliwoodiense. Fue el 1 de mayo de 2003, sólo mes y medio después del inicio de los bombardeos. La guerra siguió, en diversas fases, hasta 2011en que se retiraron las tropas estadounidenses, dejando un país que aún ahora pende de un hilo. Todo con Estado Islámico incluido, que se hizo fuerte en el norte de Iraq y NE de Siria. Por cierto, las armas de destrucción masiva de las que presuntamente disponía Iraq, nunca aparecieron.
No es verdad que la historia se repita. Es imposible que el agua del río pase dos veces de la misma guisa por el mismo punto. Pero, ¡cómo orienta! Trump ha lanzado un capote a los kurdos del NO iraní para que le sirvan de carnaza ante presuntos ataques terrestres al régimen de los ayatolas. No es de descartar que, un poco más adelante y en función de la situación, se lo lance también a los estados de la península Arábiga. Pero olvida que su ejemplo de los últimos tiempos no es muy atractivo. Olvida que ha dejado tirados a los kurdos del norte de Siria, que tan fundamental papel desarrollaron en la derrota del Estado Islámico, durante la ofensiva de Damasco contra ellos de hace sólo dos meses. Parece no recordar que dejó abandonada a la población de Afgtanistán después de 20 años de lucha contra el talibán, cuando firmó los Acuerdos de Doha de febrero de 2020, durante su primer mandato. Parece no considerar que haya dejado ignorada a Ucrania que, lo veamos como queramos, ha servido para recortar el poderío militar ruso, actuando como delegado (“proxy”) desde febrero de 2022, aparte de que Kiev haya luchado por su supervivencia con uñas y dientes. Y si no hay cambio de régimen en Irán por retirada prematura de EEUU, ya me dirán cómo queda la población iraní no adicta. La terrible presión ejercida sobre ella hasta ahora, será una sombría maqueta de la reacción venidera.
Y no ha considerado que a los aliados fuese conveniente preguntarles antes de embarcarles en una guerra que puede tener vectores de proyección en contra de carácter mundial en forma principalmente de terrorismo, aparte de ataques directos iraníes a sus territorios. Segunda cuña tóxica que introduce en menos de medio año en la cohesión del grupo, después de lo de Groenlandia. No se les ha consultado y se les ha acusado de no ayudar. ¿Es esta la asociación a la que había que tender entre los aliados según estipulaba el secretario de Estado Marco Rubio hace pocas semanas en la Conferencia de Seguridad de Munich, o se trata de deseos de simple servidumbre?
La guerra de Irán finalizará oficialmente cuando Trump diga, pero no se lo crean.