En la mitad de mi vida, estoy perdido. Invoco al poeta Virgilio, que pena en el Purgatorio por su pecado de rebeldía. Quiero que me guíe hacia mi salvación. Su imagen se presenta ante mí:
-Te guiaré, Dante, también te ayudará un alma más digna que la mía. Beatriz se llama ¿la recuerdas?
-¡Cómo no!, maestro, de ella me enamoré siendo un niño, en cuanto la vi. Después, en su corta vida, sólo cruzamos una mirada de amor, sólo una; desde entonces, su recuerdo gobierna mis sentimientos. Es mi amor primero.
-Te entiendo, Dante, eres poeta sensible, que conoce el amor. Ella está aquí y quiere hablarte:
-Soy yo, tu Beatriz, es el amor quien me trae para ayudarte. Vengo del lugar más hermoso que puedas imaginar. Cuando regrese a la presencia de Dios, le diré la verdad, ¡que eres bueno!
La imagen de Beatriz se evapora y Virgilio me lleva hasta las puertas del infierno, donde un lema me conmueve:
¡Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis!
Según bajamos, los nueve círculos del abismo, oigo los aullidos de los condenados en su segunda muerte, que no acaba nunca. ¡Qué horror!, cuántas llagas hay en esos cuerpos que en el fuego arden, hirviendo en un río de sangre.

Veo a los herejes y a los traidores; a los lujuriosos, tragones y bebedores; a los avaros y derrochadores; a los violentos contra la naturaleza, el arte y la cultura; a los homicidas, ladrones e incendiarios; a los corruptos que vivieron del fraude y la rapiña, y a los tiranos, ¡sí!, a los tiranos, a esos que provocan las guerras y llevan este infierno a la tierra…
Los condenados me gritan con rabia: ¡Quién eres tú que, sin muerte, transitas por el reino de los muertos! No los respondo. Tiemblo de terror.
En el pozo más profundo nos espera el Maligno, con la mitad de su cuerpo congelado en el hielo y tres cabezas terribles con las que nos ataca. ¡Me siento acorralado, tengo miedo, el pánico me invade, temo que de este pozo no saldremos nunca!, pero Virgilio esquiva los zarpazos y encuentra una salida por la que escapamos. Uf. ¡Al fin, logramos atravesar el infierno y burlamos a Lucifer!
Este tránsito me ha cambiado, ahora sé que mi alma es inmortal, destinada a vivir en la luz eterna. Ya en el Purgatorio, busco el perdón de mis pecados.
Veo los estragos de los siete pecados capitales: La soberbia de Adán y Eva, causa de su expulsión del paraíso. La avaricia del papa Adriano V, que traficó con bienes de la Iglesia para él y su familia. La ira de Atila, que arrasó ciudades, y arde en el infierno. La envidia por la que Caín mató a Abel. La gula del papa Bonifacio VIII, corrupto y presumido. La pereza del emperador Federico II, el anticristo. La lujuria del rey de España, Alfonso V de Aragón y de Sicilia.
Beatriz corrige mis pecados con virtudes. Culmino el monte Purgatorio, hasta donde me ha guiado Virgilio, y me reencuentro con Beatriz, más bella que nunca. Sus ojos son dos estrellas que brillan en el cielo; su piel, pura e inocente, es blanca y suave, como el alabastro; su sonrisa iluminó las entrañas del infierno, en mi paso por él… ¡Es muy bella!, más no presume de ello. ¡La amo! Ahora sé que amar no es pecado, lo que sí es pecado, es no amar.
Concluyo mis ascensión con las lecciones aprendidas: el dolor me ha fortalecido, el arrepentimiento me ha purificado y he crecido en conocimiento, la ciencia que nos acerca a los humanos a la divinidad. San Pedro me interroga sobre la fe, Santiago sobre la esperanza y San Juan Evangelista sobre el amor. Salgo victorioso.
Siento un gozo desconocido al entrar en la gloria. El sol y las estrellas han sido forjadas con Amor por el Creador. ¡Qué hermosa es la creación! ¡Qué luz! Un resplandor celestial lo ilumina todo. Sin duda, éste es el lugar del que me habló Beatriz.
Ella está a mi lado. Su presencia me da seguridad, su hermosura me emociona. Ha sido mi sol, mi luna, mi guía… Yo era un hombre perdido y ahora soy un ser iluminado, gracias a su amor.
Una duda me intriga: ¡Cómo es posible que yo esté aquí, gozando de esta fiesta sobrenatural, habiendo sido un pecador toda mi vida!
Beatriz me reconforta: «Ya te dije, Dante, al comenzar tu viaje, que tú eres bueno. No te angusties por tus pecados, están perdonados. La misericordia de Dios es infinita. Has sido elegido, por la Gracia Divina, para que vivas esta experiencia suprema, y luego la cuentes al mundo, con versos. Eres poeta».
Estoy feliz en esta paz celestial, pero noto que algo me falta.
Beatriz me lleva ante Dios, y al llegar a Él, miro a mi amada para compartir mi dicha, ¡pero Beatriz se evapora de nuevo! ¡Y no me duele! Ahora lo comprendo todo: mi amor con Beatriz ha sido el puente para llegar a Dios. Ya nada me falta.
El Creador me acoge en su seno, y me abre el entendimiento, para que yo comprenda esta revelación divina, y luego sepa contarla, tras mi vuelta al mundo terrenal. ¡Así lo haré, en paz!
