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“El campus de la UVa tendría que haberse llamado Ortiz de Paz, en honor del gran empresario que erigió el mayor complejo industrial que ha conocido la ciudad”

RICARDO HERNÁNDEZ, Profesor de Historia Económica y experto en Patrimonio Histórico Industrial

por David San Juan
8 de marzo de 2026
Ricardo Hernández
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Ricardo Hernández falleció inesperadamente a finales de febrero, días después de realizar esta entrevista. Sirva este artículo como homenaje póstumo a su figura y a un trabajo realizado con un rigor y una pasión que demuestra en cada una de sus palabras.

Puede que las manifestaciones de nuestro reciente pasado industrial sean las menos valoradas del vasto patrimonio histórico de la vieja Castilla. Pero no son pocas ni irrelevantes. En su conjunto, han dado valor económico y social al territorio durante los últimos siglos. Aunque algunas han llegado hasta nosotros en uso, la mayoría no son más que recuerdos. Ricardo Hernández, licenciado en Historia y doctor en Economía, profesor de la Universidad de Valladolid, tiene mucho que decir sobre patrimonio industrial por su trayectoria y conocimientos, por lo claro que expone sus reivindicaciones y por el entusiasmo que derrocha en la catalogación y puesta en valor de tantos pequeños tesoros de nuestra historia. Aunque no acumulen siglos de antigüedad ni sean objeto de peregrinación turística. No todo es el románico.

—Es usted especialista en patrimonio histórico industrial de Castilla y León. ¿De qué elementos estamos hablando? ¿Cómo podemos clasificarlos?

—Hablamos de muchísimos elementos, de muchísimos artefactos, algunos de los cuales llegaron a estar en funcionamiento hasta los años sesenta del siglo XX. La realidad es que hoy ya no queda tanto; la mayoría son restos que se encuentran en el ámbito rural. La tipología es muy variada, aunque el sector más significativo, el que más huella ha dejado, es el sector agroalimentario y, dentro de este, los elementos más característicos son los molinos harineros junto a los ríos aprovechando el curso del agua, fundamentales para la vida económica de Castilla. También bodegas y lagares. En el campo de la construcción, tejeras, fábricas de ladrillo, caleras y yeseras. En el textil, batanes, esquileos y lavaderos de lana. Fraguas, herrerías y martinetes en el metalúrgico. Y otras muchas manifestaciones como tenerías, fábricas de papel, de achicoria…

—¿Las estaciones de tren que ya no están en uso son también patrimonio industrial?

—Para mí no, aunque es un tema discutido. Yo creo que el inventario ferroviario tiene otras características que lo diferencian del propiamente industrial, pero también es patrimonio y habría que salvarlo del deterioro en que se encuentra, que es manifiesto.

—¿Cuál es estado de conservación del patrimonio industrial de Castilla y León?

—Por desgracia, muy deficiente. Y duele más pensando en la importancia económica y social que tuvieron cada una de esas pequeñas o grandes industrias, de esos pequeños o grandes proyectos. Ya hemos dicho que la mayoría de ellos, ahora, son restos, vestigios de lo que fueron, cuando no han desaparecido completamente. En las ciudades, la presión inmobiliaria ha podido con ellos. En el campo, la dejadez y el abandono por la falta de recursos y ahora, también, por la falta de población.

Real fábrica de cristales.
Real fábrica de cristales.

—¿Está al menos todo este patrimonio debidamente catalogado?

—No; no debidamente. A partir de algunos estudios previos, en 2011 y por encargo de la Junta, algunos profesores de la UVa elaboramos el Libro Blanco del Patrimonio Industrial de Castilla y León, un trabajo que merece reivindicarse como punto de partida de todo lo que queda por hacer en nuestra Comunidad. El objetivo era identificar los restos para potenciar y proteger todo ese patrimonio material e inmaterial. Pero no ha visto la luz: acabó durmiendo el sueño de los justos en el cajón de alguna consejería.

—El papel de las administraciones es fundamental. ¿están comprometidas en este campo?

—No. Y es una pena. Su conservación requiere planificación y fuertes inversiones a largo plazo, algo que los políticos actuales no parecen priorizar. Y, por desgracia, no existe sensibilidad política comprometida con este tipo de patrimonio. No la hay para las ermitas románicas que van desmoronándose, qué vamos a pedir para lo demás. Para la administración, el patrimonio histórico industrial no es relevante, es una cuestión menor.

—¿Por qué deberíamos conservarlo?

—Por muchos motivos. El primero, por responsabilidad: a nosotros nos toca preservar la memoria del pasado. El segundo, por su valor en sí: conocer el patrimonio industrial ayuda a comprender el significado de las ciudades y del territorio. Eliminando o dejando caer los restos de lo que nos ha configurado nos incapacita para interpretar lo que somos. En tercer lugar, y para mí esta es la clave, por su utilidad potencial, porque es posible encontrar una nueva utilidad a muchas de las manifestaciones que aún nos quedan. En Europa, nos llevan mucha ventaja en esto, ellos lo tienen muy claro. En Europa se invierte, se recupera y se apuesta por un turismo de calidad. ¿En cuantos sitios de España no podría hacerse lo mismo? ¿Cuántos pueblos tenemos en Castilla que, además de la iglesia, cuentan con vestigios de un modesto pasado industrial? Siempre nos quejamos de la despoblación, de la falta de recursos… Pues resulta que estos elementos patrimoniales son un recurso real y su recuperación podría ayudar a dinamizar algunas zonas, a dar vida a los pueblos. Y en muchos casos la inversión no sería tanta. Tampoco hay que restaurar todo, claro está, pero sí tener conciencia de su existencia y valor. Qué menos se puede pedir que adecentar los lugares e identificarlos. Y, por último, un motivo inmaterial que he observado muchas veces: este patrimonio común, cuando se conoce y comparte, genera un sentimiento de arraigo y pertenencia en los pueblos, nos hace reconocer nuestros orígenes, lo que nuestros antepasados fueron capaces de hacer y nos han legado, lo que podemos seguir transmitiendo…

La casa de la Moneda.
La casa de la Moneda.

—Pónganos al día de sus principales líneas de investigación en estos momentos.

—Mi especialidad siempre ha sido la economía rural de Castilla en el antiguo régimen. Ahora mismo formo parte de un equipo multidisciplinar que está embarcado en un proyecto ambicioso e ilusionante que ya está dando sus primeros frutos. Se trata de elaborar el Atlas Industrial de la España del siglo XVIII. Es decir, localizar, catalogar y cartografiar toda la industria de la época, especialmente la de implantación rural, incluyendo los artefactos caseros, y abarcando todos los sectores y subsectores de actividad: agroalimentario, textil y cualesquiera otros. Hay que desechar la imagen de una España del XVIII atrasada y de espaldas a la Revolución Industrial. Estamos encontrando mucha más producción de la esperable, y no sólo para autoconsumo, también destinada al mercado, incluyendo los intercambios comerciales con la América colonial. Los españoles no nos dedicábamos sólo a cultivar la tierra…

—Centrémonos ahora en Segovia, en la ciudad y la provincia. ¿Cuáles son los elementos más relevantes de nuestro patrimonio industrial y cuál es su estado de conservación?

—Lo primero que me viene a la cabeza es la Real Fábrica de Cristales de La Granja. Quizá sea lo más impactante por su origen, su conservación y la abundante documentación que conservamos. Muy cerca, el aserradero de Valsaín. En la ciudad, tenemos diversas fábricas: la de loza, la de borra y algunas más. Incluso una de papel de fumar. En algunos casos, aprovechaban los saltos de agua de antiguos molinos, la misma energía que trajo la luz a los núcleos urbanos gracias a las primeras centrales hidroeléctricas, que también hay que considerar patrimonio industrial. Por lo demás, la tipología es la misma que en el resto de Castilla. Mención aparte merecen las pegueras de Tierra de Pinares. ¿El estado de conservación general? Como siempre: salvo excepciones, un reto.

—La Casa de la Moneda es una referencia indiscutible de nuestro pasado preindustrial.

—Sin duda. La Casa de la Moneda fue el establecimiento fabril con la tecnología más avanzada del siglo XVI y en Segovia no se es consciente de la trascendencia que tuvo para la ciudad. En mi opinión, es un recurso desaprovechado que daría para mucho más. Segovia debería impulsar más esta particularidad, este tesoro educativo. Yo, cuando ejercí la docencia en el campus de Segovia, llevaba a mis alumnos allí; me parece una visita imprescindible. Ahora, da pena ver cómo el recinto se inunda cada tanto por el deficiente mantenimiento del cauce del río.

—Hablemos pues de los ríos. Y de los azudes. Recientemente, la CHD ha demolido el histórico azud de Puente Mesa, en Veganzones, de cinco siglos de antigüedad, provocando un tremendo malestar entre los vecinos. Y no es la primera vez que sucede algo parecido en la provincia. ¿Deben mantenerse estas estructuras que ya no tienen un uso práctico?

—Por supuesto que deben mantenerse. En tiempos, los azudes cumplían una función de retención del agua y ahora cumplen una función paisajística, pero siguen siendo un patrimonio común y digno de la mayor valoración. Ahora, por un afán ecologista, se derruyen de la noche a la mañana. Cuando leí la noticia, no lo podía creer. ¿Es que es más ecológico haber destruido un azud centenario que conservar un elemento singular que integra historia, cultura y paisaje? ¿Qué se ha ganado con ello? Por desgracia, las cuestiones políticas, en este y otros casos, están por encima de las históricas. Los azudes, el patrimonio industrial en su conjunto, sí son memoria histórica colectiva. Pero los intereses políticos, si a alguien le conviene, pueden arrasar con ésta en cualquier momento. Así de fácil.

Aserradero de Valsaín.
Aserradero de Valsaín.

—Es usted experto en la industria textil del antiguo régimen. ¿Somos los segovianos conscientes de la importancia que ha tenido nuestra industria pañera?

—Mi percepción es que no. Al menos, no en toda su dimensión. Desde el siglo XV hasta el principio del XIX, la lana y los paños han sido el motor económico de Segovia. Ahora que tanto se habla de marcas, la «Marca Segovia» se ha hecho presente en toda Europa acuñada en los sellos de plomo que certificaban el origen de los productos que salían de la ciudad. Pero es que, además, en el XVIII, Segovia era el principal centro industrial de España gracias a este sector productivo. Toda Segovia estaba vinculada a la producción lanera; la economía de casi todas las familias dependía de la industria textil. Los estudios demográficos evidencian este hecho: disminución del censo en épocas de crisis; atracción de población en épocas de bonanza. Y, por encima de todo, el gran proyecto y la gran realidad de la Casa Grande, del casi olvidado Laureano Ortiz de Paz, uno de los personajes más interesantes de la Ilustración.

—A esto íbamos para cerrar la entrevista. La Casa Grande, hoy campus María Zambrano, es la joya de la corona del pasado industrial de la ciudad y motivo de justa reivindicación para los historiadores que, como usted, son conscientes de su valor simbólico. Usted ha ejercido la docencia dentro de esas paredes. Despáchese a gusto.

—Tengo que decirlo: la desmemoria que la Universidad de Valladolid ha demostrado con la que ahora es su casa segoviana es una espina que tengo clavada. Sin desmerecer a nadie, el campus de la UVa tendría que haberse llamado Ortiz de Paz, en honor del gran empresario que erigió el mayor complejo industrial que ha conocido la ciudad y que dio trabajo y sentido a Segovia durante décadas. No tengo dudas de ello. La triste realidad es que hoy, ni siquiera una pequeña placa guarda su memoria dentro del moderno campus. Eso sí, hay una calle pequeñita y empinada, no muy lejos, que lleva su nombre, más llena de tráfico que de recuerdos. Pero ésta ya estaba nombrada mucho antes de la llegada de la universidad a Segovia. Ahora parece que se va a rehabilitar la portada de la antigua fábrica en la próxima ampliación del campus. Tarde, pero bienvenida sea la iniciativa y gracias a los que la han promovido.

La importancia de la Casa Grande fue enorme, efectivamente. Estamos hablando de una protofábrica que, por primera vez, aglutina a una cantidad nunca vista de trabajadores. Se estima que hasta unas 2.000 personas al día podían pasar por allí, implicadas en las diversas fases de la producción. Hay que tener en cuenta que el edificio estaba concebido como una fábrica de ciclo completo, donde entraba la lana tras el proceso de batanado y salían los paños finos ya dispuestos para la venta.

Tuvo que ser algo increíble. Y vanguardista. Como prueba de ello, se tiene constancia de que Tomás Pérez Estala, yerno de Ortiz de Paz y maquinero de la Casa Grande —el ingeniero de la época—, estaba al tanto de los avances tecnológicos que llegaban de Europa. En los inventarios figuran máquinas de vapor a escala diseñadas para la industria textil. ¿Llegarían a probarse experimentalmente en Segovia antes de su aplicación industrial en Cataluña, varios años más tarde? No es probable, pero las bases sí estaban sentadas para poder haber continuado un proyecto pionero que se vio truncado en 1820, tras la Guerra de la Independencia.

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