La Historia apenas presta atención a matanzas de enorme magnitud sobre las que casi no existe conocimiento en las sociedades modernas. El químico Thomas Midgley Jr. fue responsable directo de dos de las peores escabechinas que ha padecido la humanidad: más de cien millones de muertos e incontables secuelas. La inclusión de plomo en la gasolina y el desarrollo de los CFC (clorofluorocarbonos) sobresalen entre los crímenes ambientales y sanitarios más graves que ha sufrido el planeta. Ambos llevan la firma de Midgley tras sendos encargos empresariales ejecutados con criterios de rentabilidad.
Es probable que el nombre de Thomas Midgley (1889-1944) resulte totalmente desconocido al lector, pero pocas figuras en la historia de la ciencia y la ingeniería simbolizan tan adecuadamente los horrores que pueden agazaparse tras el llamado progreso tecnológico. Ese hombre, ingeniero químico, inventor y encarnación del optimismo industrial del siglo XX, fue responsable directo de dos de los mayores desastres medioambientales jamás provocados por un solo individuo: la introducción de plomo en la gasolina y la invención de los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos que destruyeron durante décadas la capa de ozono al utilizarse como refrigerantes, disolventes y propelentes.
La suma de ambas “innovaciones” provocó millones de fallecidos, aunque es complejo calibrar la magnitud exacta de los estragos por su extensión en el tiempo y la dispersión de las víctimas. El plomo se añadió a la gasolina en los años veinte del siglo pasado por un motivo industrial: mejoraba el rendimiento del motor. El gravísimo problema que se despreció al implantar este metal pesado es que su combustión libera partículas de plomo al aire y luego son inhaladas o ingeridas. Tal peligro se conoce desde hace 2.000 años, cuando el arquitecto romano Vitruvio (experto en acueductos) aconsejó a los ciudadanos que no bebieran agua potable procedente de tuberías de plomo, una potente neurotoxina especialmente dañina para los niños.
El impacto sobre la salud fue devastador: daño neurológico, alteraciones cardiovasculares, insuficiencia renal, incremento de la mortalidad prematura… Varios estudios han calculado las víctimas por el plomo en la gasolina y ofrecen una horquilla entre uno y cinco millones de fallecidos prematuramente por año, alcanzando máximos en las décadas de los setenta y ochenta. En suma, unos cien millones de finados (como se decía antes) solo en veinte años y sin contar el medio siglo anterior de uso constante de plomo en la gasolina. Otras investigaciones son más pesimistas aún y señalan que solo en 2019 hubo unos 5,5 millones de muertes cardiovasculares en adultos por exposición a ese plomo tan bueno para los motores. Otros cientos de millones de personas sufrieron pérdidas de capacidad intelectual y secuelas. Cabe recordar que el número de muertos en la II Guerra Mundial se estima en unos 60 millones (40 civiles y otros 20 militares).

en el centro de Dayton en la Refiners Oil Company.
El envenenamiento masivo se prolongó hasta la eliminación del plomo en el combustible, ya en 2021 (hace solo un lustro). Parece el crimen perfecto, porque el autor intelectual de la proliferación virulenta (del latín virulentus, que significa “lleno de veneno”) del plomo es el también perfecto desconocido Midgley Junior, pero el encargo le llegó desde la órbita empresarial.
Thomas Midgley Jr. creía firmemente que su trabajo se limitaba a desarrollar soluciones técnicas inmediatas y rentables. El engorro de investigar consecuencias a largo plazo no estaba entre sus prioridades, si bien los efectos tóxicos persisten en la atmósfera, ecosistemas y salud humana. Midgley había nacido el 18 de mayo de 1889, en Beaver Falls (Pensilvania). El espíritu inventor le venía de familia, tanto por su padre como por uno de sus tíos. Estudió Ingeniería Mecánica en la Universidad de Cornell y acabó el doctorado en 1911. Trabajó para la National Cash Register Company y enseguida engrosó las filas de General Motors Research Corporation, ya en 1916. Era el sitio ideal para sus afanes innovadores: laboratorios bien financiados, industria en plena expansión y una cultura empresarial obsesionada con los beneficios, pero desinteresada por la precaución ambiental y sanitaria.
Su destino en la firma automovilística fueron los Laboratorios de Investigación de Dayton, en Ohio, centro subsidiario de la General Motors (GM). Dirigió un proyecto para optimizar la combustión de gasolina en un momento pujante para la industria automovilística. Hasta entonces, esos motores emitían un golpeteo y sonido molestos al iniciar la combustión, lo que afectaba al rendimiento de la máquina. Esa combustión irregular reducía la eficiencia y dañaba los motores.
Midgley se puso manos a la obra. Utilizó en sus ensayos 30.000 compuestos a lo largo de seis años. Descubrió que solo un centenar de los productos añadidos a la gasolina disminuían el “petardeo”. Llegó el turno de las pruebas al tetraetilo de plomo el 9 de diciembre de 1921 y resultó ser el más eficaz y barato. El negocio en ciernes era de aúpa: motores más potentes y eficientes, junto a enormes beneficios económicos. Explica Ed Conway que “en un esfuerzo por superar a sus rivales de Ford, en la década de 1920 General Motors empezó a trabajar en una forma de silenciar los motores de sus Cadillac”. El ingeniero Midgley “descubrió que una gota de tetraetilo de plomo en la gasolina aumentaría milagrosamente el octanaje y acabaría con los pitidos”. Desde entonces se añadiría el tetraetilo de plomo a la gasolina como aditivo: el veneno estaba servido y se distribuyó en millones de coches.
Los primeros litros de gasolina con plomo se vendieron el 2 de febrero de 1923 en Dayton, Ohio. Su aceptación por los conductores fue inmediata y pronto se hizo popular: no petardeaba y mejoraba el funcionamiento del motor. Era casi perfecto, porque consumía menos y era más veloz. La firma automovilística GM se cuidó de eliminar la palabra “plomo” en todas sus publicidades y documentos, y la rebautizó simplemente como “etilo”.
Las muertes de obreros en las plantas de la General Motors dedicadas a la producción de esa gasolina milagrosa se multiplicaron inmediatamente. Entre el 26 y el 30 de octubre de 1924 murieron seis trabajadores y otros sufrieron parálisis, temblores y alucinaciones en los laboratorios de la Standard Oil de Elizabeth, Nueva Jersey, donde se investigaba la gasolina con plomo. Se conoció popularmente al laboratorio como la “Casa de las Mariposas”, porque los operarios se volvían locos, alucinaban y se rascaban frenéticamente “quitándose insectos imaginarios del cuerpo”, explica Conway. De los 49 trabajadores de la planta, el 80% murieron o enfermaron.
Midgley se lanzó a una defensa fiera de su innovación para desvincularla de esas muertes. El químico y GM emprendieron ofensivas mediáticas y de cabildeo. El mensaje que vendieron los lobbies es que los operarios fueron víctimas de su propia negligencia y descuido. Aunque varios estados prohibieron el uso de esa gasolina, posteriormente se anularon tales vetos. Poco después se hizo famosa una frase de Charles E. Wilson, ex presidente de GM y Secretario de Defensa de EEUU, en 1955: “Lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”. Esa gasolina era económicamente espléndida y su fabricación estuvo en auge desde los años cincuenta, cuando se pronunció esa sentencia. Otros gigantes empresariales como Standard Oil y DuPont impulsaron también la comercialización bajo la marca “Ethyl”, copiando la ocultación de la palabra “plomo” en publicidades regadas con millones de dólares. Se duplicó en tres décadas su producción y se coronó como una de las primeras industrias de la gran superpotencia. En los años setenta volvió a ganar peso lo sensato al difundirse estudios sobre la toxicidad del plomo y su acumulación en seres humanos. Se fueron implantando otros aditivos distintos y en 1990 las ventas de gasolina con plomo cayeron con fuerza.

No se detuvo el espíritu inventor del químico tras conocerse los costes humanos del invento. Midgley participó en otro proyecto que pretendía solucionar los problemas de refrigeración en la vida moderna, una necesidad para el funcionamiento adecuado y rentable del aire acondicionado en grandes edificios y coches o para los frigoríficos domésticos. Durante los años veinte del siglo ídem, los sistemas de refrigeración empleaban sustancias tóxicas y/o inflamables (por ejemplo, amoníaco o dióxido de azufre). La propuesta del inquieto químico, junto a su equipo, fue desarrollar a gran escala los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos estables, no inflamables y aparentemente inocuos. El primer anuncio público de la invención de los CFC se hizo en Atlanta en 1929, pero el grupo de Midgley ya trabajaba con ellos desde 1928 y en 1930, tras publicarse la innovación en una revista científica, se formalizó la patente. Midgley quiso demostrar que los CFC (de marca comercial Freón-12) eran inocuos e inhaló públicamente el gas para “demostrar” que su invento era inerte y no inflamable.
El éxito industrial de los CFC también fue inmediato. Los fabricantes los utilizaron masivamente en frigoríficos, aerosoles y sistemas de aire acondicionado. Parecía que Midgley se sacaba la espina clavada por el fiasco del plomo, pero pronto se constató que los clorofluorocarbonos no se degradan fácilmente y ascienden hasta la estratosfera. Allí arriba, la radiación ultravioleta los descompone y se libera cloro, elemento químico que destruye las moléculas de ozono y debilita la capa que protege a los seres vivos de la radiación solar.
Los científicos tardaron décadas en apreciar la magnitud del problema. El agujero de ozono sobre la Antártida se erigió como el símbolo global de los límites al progreso industrial sin control. Midgley ya había muerto en 1944, pero su legado destructor seguía (y sigue) latiendo en la atmósfera. Los daños a la capa de ozono aumentan los cánceres de piel y perjudican los ecosistemas marinos, además de alterar cultivos y otros estropicios. También a partir de 1980 las sospechas de que los clorofluorocarbonos y compuestos similares, provocaban la disminución de la capa de ozono se extendieron de forma imparable ante los datos científicos. A comienzos de los noventa, el agujero sobre la Antártida disparó todas las alarmas. Se alcanzaron acuerdos supranacionales (Protocolo de Montreal de 1987) y se activaron medidas globales de protección. Afortunadamente, según la Organización Meteorológica Mundial, en 2024 el agujero era “el menor en los últimos años” y se espera que para mediados de este siglo se revierta la situación provocada por esta invención de Midgley. No obstante, los CFC permanecen en la atmósfera y contribuyen al calentamiento global.
Algunos historiadores y científicos describen a Thomas Midgley Jr. como el “hombre que más daño ha causado al medio ambiente en la historia”. El historiador John McNeill considera que este individuo “ha tenido más impacto sobre la atmósfera que ningún otro organismo en la historia de la Tierra”. La arrogancia tecnológica goza hoy de muy buena salud, casi tanta como la presión industrial de las potencias en el nuevo escenario geopolítico. La primacía de los beneficios económicos sobre la salud pública también avanza con viento de cola, muchas veces con la ayuda de las autoridades y pasividad regulatoria ante el ímpetu de los mercados. La revolución tecnológica presente también multiplica las posibilidades de que un nuevo innovador entusiasta golpee nuevamente a todo el planeta y bata el siniestro récord de Thomas Midgley Jr.

el rendimiento del combustible de los aviones de Liberty Engine.
Quien a inventos mata, a inventos muere
La muerte de Thomas Midgley Junior fue una ironía del destino. El desenlace fatal comenzó en 1940, cuando contaba 51 años y el químico contrajo poliomielitis. Esa enfermedad se convirtió en uno de los problemas más graves para la salud pública en todo el mundo, especialmente entre 1840 y 1955. En Estados Unidos, la enfermedad causó estragos sobre considerables capas de la población, incluido el propio presidente del país, Franklin Delano Roosevelt, infectado a los 39 años, quien nunca pudo volver a caminar.
Midgley Jr. padeció las mismas secuelas que Roosevelt y sus piernas quedaron inservibles. Como la mente del emprendedor no se detuvo, proyectó y luego fabricó un alambicado sistema de cuerdas y poleas para alzarse mientras estaba postrado en la cama. El artilugio también le permitía trasladarse sin ayuda hasta una silla de ruedas.
Cuando ya sumaba 55 años, el inventor se enredó con las cuerdas del aparato que había concebido y apareció estrangulado accidentalmente por su propio invento en la cama. Algunos estudiosos dudan entre si fue un suicidio o simplemente un accidente cargado de ironía. Era 2 de noviembre de 1944, en la ciudad de Worthington, Ohio. Al conocerse la noticia, algunas víctimas y periódicos recordaron cierta rueda de prensa que se celebró en Atlanta, en 1930. En aquella comparecencia, Midgley culpó a los obreros fallecidos o enfermos por trabajar descuidadamente y de forma negligente con su invento, la gasolina sin plomo.
