Estamos en el cine. Es un torbellino sonámbulo por el cine. Camino hacia el cine y los pasos me llevan: sé dónde estaba y sé dónde está el cine que ahora construyo. En este caleidoscopio de afectos aparece una palabra: “Personaje”. Consulto rápidamente el Diccionario de la Real Academia: “Cada uno de los seres reales o imaginarios que figuran en una obra literaria, teatral o cinematográfica”.
La palabra me la ha sugerido Elena y rápidamente me ha resultado útil para el Cine del Clavo Ardiendo. Le pido un personaje, así, rápidamente, al vuelo, y opta por “E.T”. Ella y yo debíamos tener unos diez años y me interesa porque es un personaje que está lejos de su casa pero encuentra amigos. Maravilloso Spielberg y el público no le falló. Cómo no. Con Spielberg tengo la sensación de que sólo se valorará su cine cuando él haya desaparecido.
Con eso del personaje a mí me pasó algo así con Clark Kent/Superman. ¡Dos personajes en uno! Aquello era atrapante. Un tipo podía ser un encorbatado despistado y de repente se metía en una cabina de teléfono o en la puerta giratoria de un hotel y aparecía convertido en un superhéroe. Al niño cinéfilo aquello le daba vueltas a la cabeza. Recuerdo a Christopher Reeve, porque no era un simple actor. Él era el superhéroe.
Darth Vader viste de negro y usa un casco tipo samurai. No se puede mirar a otro lado ante su presencia. Es quizá el gran personaje del cine, una creación memorable del mago George Lucas. Es de nuevo la infancia.
Pero un día me encuentro ante una de las películas del oeste que tanto le gustan a mi padre y hay un pistolero enfermo. Me fijo en él, en su personaje, con atención. Se llama John Holliday, alias Doc Holliday. Ya siempre iré persiguiéndolo y le encontraré en Kirk Douglas, en Victor Mature, en Jason Robards, en Val Kilmer, en Dennis Quaid. Es mi ídolo.

¿Por qué nos atraen determinados personajes y no otros? Sencillamente porque somos nosotros. Nos proyectamos y sentimos que somos nosotros, como me dijo Manolo Matji a propósito del personaje de Philippa Langley (Sally Hawkins) en “The lost king”, de Stephen Frears. ¡Eres tú!, me dijo.
Quizá la vida real es igual. Personajes de cine, héroes o villanos. Podemos interpretar muchos papeles. ¡Puede uno ser tantos personajes! Quizá estemos en una película grandiosa, siendo todos cineastas. No sabemos si hay un director pero nosotros parecemos a ratos, sólo a ratos, guionistas.
Hay que tener cuidado con el encasillamiento, pero antes de detenernos en él por un momento, pido al lector que piense en algún personaje favorito. Quizá además de Vader se incline por el carismático James Bond o por Indiana Jones. Alguno recordará al coronel Kurtz de “Apocalypse now”, a Eddie Felson (Paul Newman) en “El buscavidas”, o a Clouseau en “La pantera rosa”.
Quizá son los obvios y aparecen sin cesar, como “Amadeus” o como Sam, el pequeño hobbit leal de “El señor de los anillos”. Y por ahí cerca está el bailongo Tony Manero de “Fiebre del sábado noche”. ¡Qué éxito de película! Pero a todos nos gustaría estar en su piel moviéndonos como sólo Manero/Travolta es capaz de hacer.
Somos niños y cada Navidad proyectaban en Televisión Española “Qué bello es vivir”. Aparece el cariño hacia George Bailey. Es un clásico absoluto. Queremos ayudar con desesperación a Bailey. Tiene el villano cerca.
Norman Bates es un siniestro en “Psicosis”. Y “Harry el Sucio” es Clint Eastwood con su pistolón en varias películas. No sabemos muy bien si Harry es Clint Eastwood o si Eastwood es Harry. ¡Y Depardieu es Colón! Es “1492” de Ridley Scott.
¡Tiburón! Es el capitán Quint y su bravuconería. Drácula es Bela Lugosi, Gary Oldman o Christopher Lee mientras “M” es Peter Lorre y más grande que todos en el cine, por el reparto, por el guión, por Coppola, porque todo encaja, quizá es Vito Corleone (Marlon Brando). La película es “El padrino”. El cinéfilo intuye, sabe que ha de verla muchas veces.
Bergman retrata a “La muerte”, nada menos, en “El séptimo sello”. Frente a ella el personaje de Antonius Block (Max Von Sydow). El ajedrez para dirimir el duelo que sólo Bergman podía filmar con tanto talento.

Me había quedado en lo del encasillamiento. Jorge Andrés me avisa: “(…) Me cuesta entrar en mitad de carrera de actores como Jack Nicholson, que desde “Las brujas de Eastwick” se representa a sí mismo y todos los supuestos personajes me parecen uno.”
Es como cuando decimos que Stallone hace de Stallone o Jim Carrey de Jim Carrey o John Wayne de John Wayne.
Pero el encasillamiento a veces va bien al actor, como dice Carlos Gracia a propósito de la cita de Ricardo Montalbán por “La isla de la fantasía”: “De una buena película puedes vivir un año; de una buena serie, toda la vida.”
Algunos saben moverse en ambos territorios, como Sean Connery, en comunión con la serie de James Bond pero luego trabajando también con John Huston o Alfred Hitchcock o Brian de Palma o Richard Lester o Jean Jacques Annaud.
En no muchos años el cine pasó de la película de un plano a la llegada de salas en la que los espectadores reconocían a los actores en pantalla. El personaje de una obra quedaba fosilizado en la pantalla. Todo era posible. Chaplin era Charlot.
Daniel Day-Lewis es el actor total, espolea a los personajes y les da una vida inaudita, como en “En el nombre del padre”, en “The boxer” o en “La edad de la inocencia”, encarnando al atribulado Newland Archer, que no sabe ni donde está. Es todo una feria y él va de aquí a allá sin saber muy bien ni quién es ni lo que quiere. Un laberinto de violencia soterrada dirigido por Scorsese.
El ratón Mickey está fantástico en “Fantasía” y el pato Donald en “Fantasía 2000”. Errol Flynn es ágil y hay buen humor en “Robin de los bosques”. En “Sed de mal” Charlton Heston está estupendo como el policia Mike Vargas. ¡Nos lo creemos! Sí, es lo que decimos coloquialmente: “Me lo creo”. Es quizá así de sencillo. La verosimilitud.
Cierro los ojos y hago un llamamiento a mis memorias. Rescatadme. Dejadme escapar de la realidad.
Quiero hacerlo con decisión con “La alegre mentira” (“The gay deception”, 1935), la historia de un botones de hotel y una secretaria que gana la lotería y quiere alojarse en un hotel lujoso y sentir ser una aristócrata. “Soñar no cuesta nada”, dice Mirabel (Frances Lee) en esta película champán. Nada mejor que está película para escapar, para recordar a William Wyler.
Los personajes nos esperan. Quieren vivir. ¡Convirtámosnos en ficción!

Ya es una película favorita “Arthur” (“Arthur the King”, 2024). Michael Light está en una última oportunidad de ganar una carrera durísima de resistencia y aventura. Es una película del género “dar la espalda o no dar la espalda”. De repente aparece Arthur. ¿Por qué aparece? Es una película extraordinaria que recomiendo a niños y grandes con un protagonista maravilloso.
Curiosamente veo en estos días también “Aliens, el regreso”. De nuevo vuelve a mi cabeza lo de “dar la espalda”. Ripley (Sigourney Weaver) encuentra sola a Newt en un mundo de terribles criaturas con ácido en lugar de sangre, como en la vida misma llena de bicharracos. Ahí está por ejemplo el señorito Iván de “Los santos inocentes”. Sólo Juan Diego podía interpretarlo. También tiene ácido en lugar de sangre.
Cierro los ojos de nuevo. “Tarzán” o “Frankenstein” o Ethan Edwards (John Wayne) deambulando en “Centauros del desierto”. Él parece saber como vivir y lo lleva hasta las últimas consecuencias.
Magnífico Íñigo Montoya (Mandy Patinkin) en “La princesa prometida”: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tu mataste a mi padre. Prepárate a morir.” Es de esos personajes que nos llevan a la infancia. Quizá los únicos personajes que cuentan son los que nos llevan a la infancia.
Había olvidado a Elspeth, pero la magia me la trae de vuelta, interpretada por Phyllida Law en “El invitado de invierno” de Alan Rickman. Elspeth está en casa de su hija Frances, que no quiere verla, que no quiere que la ayuden, que quiere a su madre lejos.

A la vez, porque todo el cine sucede a la vez, Phil Connors (Bill Murray) ve como su día se repite una y otra vez en una maldición, la del día de la marmota. Connors nos hace reír, pero a él maldita la gracia que le hace ser un bufón en un día de trabajo que no soporta. Siempre es un buen momento para ver esta pequeña película de los años noventa.
A Anna Karenina, con Vivien Leigh, película de 1948, no le va tan bien, y todo amenaza tragedia. Sully (Paul Newman) en “Ni un pelo de tonto” se rebela contra la adversidad y la toma con buen humor. Ojalá lo recordara más a menudo, como hago ahora cerrando los ojos.
¡Queridos compañeros del cine y de la vida! ¡Perdonadme! Aquí os recuerdo gracias al Cine del Clavo Ardiendo. Viajo incluso a 1888 para ver la película “La escena del jardín de Roundhay” de Louis Le Prince, personas reales, anónimas, que se convirtieron en personajes. Como nosotros al desaparecer. No sé muy bien en que nos convertimos.
No hay tiempo ni espacio aquí y siempre acechan mis carencias, que muchas veces me tiranizan. ¡Qué tristeza! De repente o no tan de repente desaparecemos. No sabemos que queda de nosotros, como esas películas antiguas olvidadas o deterioradas o que nunca se rodaron. El cine que dejamos atrás.
Me escapo de estos pensamientos con la villana Milady, terrible contrincante para “Los tres mosqueteros”, Athos, Porthos y Aramis. Se ha llevado varias veces al cine, recientemente con Milady encarnada por la magnífica Eva Green en una adaptación entretenida de Martin Bourboulon. Los mosqueteros son irresistibles, entre mis personajes favoritos, y su primer encuentro con el jovencísimo D´Artagnan es puro mito y fantasía.

Siempre mi duda. Detenerse en una película o un cineasta o un personaje y estudiarlo a fondo o volar como águila de una película a otra, de un cineasta o personaje a otro. En mi carácter no está la velocidad y me gusta detenerme en un cineasta (que es también un personaje, como en “Ed Wood”). Quiero saberlo todo de ese personaje que me ha atrapado, por el que siento un especial afecto u odio. A veces el personaje no está claro, está como metido en una bruma.
Por eso me detuve en el Fernando Robles (Federico Luppi) de “Lugares comunes”, el profesor que pierde su trabajo y entra en depresión. Por eso me detuve en Dante W. Gómez (Eusebio Poncela), en su lucidez sin límites, sin piedad en “Martín (Hache)”.
“Verosimilitud”, nos dice José Luis Alcaine, el gran director de fotografía. Hace su reflexión y la comparte: “Yo quiero que el espectador se integre en la película, que entre en ella y que de alguna manera se sienta como un personaje.”
Ya hablé de Newland Archer (Daniel Day-Lewis) en “La edad de la inocencia” y ahora, ya al final, mi memoria maltrecha acude a su amada Ellen Olenska (Michelle Pfeiffer). No quiero olvidaros, personajes, no quiero olvidar a Ellen, volver a escucharla: “La verdadera soledad es vivir entre toda esta gente que sólo quiere que finjas”.

Detenerse en un personaje o verlos por un instante, decía. No lo sé. Es mi duda, pero creo que en el fondo ya he encontrado mi respuesta. Me quedo con mis películas, con Rick en “Casablanca” o con John Merrick en “El hombre elefante”, con Bryson y Katz en “Un paseo por el bosque”, con Szpilman agarrando fuerte su bote de pepinillos en “El pianista”.
Y no olvido a Ken Loach, que acaba el papel para lo que ahora escribo. Me quedo con mis películas, decía, como “Buscando a Eric”. El personaje es Eric Cantona, el futbolista. Pero el actor es Eric Cantona, el futbolista. Uno es real, el otro es un fantasma. ¿O son los dos fantasmas del cine?
No lo sabemos. No sabemos si nosotros somos personajes. Tenemos que vivir como buenamente podemos o nos dejan. Ojalá el lector encuentre en este cine que dejamos atrás un sentido existencial.
