Según la Primera Ley de Newton, un cuerpo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme salvo que una fuerza externa actúe sobre él. Es lo que llamamos inercia. Seguro que le suena: se explica en esta secundaria y aquel bachillerato. Parece sencillo, se memoriza rápido y, si cae en el examen, basta con escribirlo bien para obtener la máxima nota.
Hoy se me vino a la cabeza ese concepto al encontrarme con un repentino atasco kilométrico en una autovía hasta entonces tranquila. La pantalla del coche me informaba de un accidente más adelante. Tras avanzar a paso de caracol, con paradas cada pocos metros, llegamos al lugar. Los vehículos ya estaban retirados y, justo después, la circulación volvía a ser fluida.
¿Qué había pasado? Por lo que conseguí ver, una cadena de alcances afectó a varios coches. El firme estaba seco, la visibilidad era buena y no había viento ni lluvia. ¿Por qué, entonces, ocurrió el percance? Sencillo: por un mal aprovechamiento del bachillerato.
Aún recuerdo a mi profesor de Física: “Si los conductores entendieran el concepto de inercia, el número de accidentes descendería drásticamente”. Aquella frase nos hizo comprender que lo que parecía una sucesión de tecnicismos —con un nombre ilustre que memorizar— era en realidad algo de extrema utilidad para la vida. Mejor entender la Primera Ley de Newton en clase que arrugar la chapa del vehículo en la carretera o, en el peor de los casos, dejarse la vida por no guardar la distancia de seguridad.
La educación de calidad debe prepararnos para la realidad, no limitarse a hacernos memorizar conceptos de lengua, historia, filosofía, arte o ciencia. De la escuela deberíamos salir sabiendo hablar bien, comprendiéndonos y comunicándonos. El conocimiento del pasado debe servirnos para afrontar mejor el futuro. Pensar ha de ser el fruto de escuchar a los pensadores. El arte nos amplia la mirada. La ciencia nos guía en el análisis de lo que nos rodea con la humildad de saber reconocer la equivocación.
Como compendio de todo ello, los graduados en secundaria deberían ser personas libres, respetuosas, tolerantes y capaces de entender, cuando se saquen el carnet de conducir, que para frenar una masa de dos toneladas que circula a 120 km/h en condiciones óptimas, se requieren al menos 120 metros, contando con que tardemos menos de un segundo en reaccionar, actuando en consecuencia por su bien y el del resto de los conductores.
Tal vez sobre instrucción pero falte comprensión. No basta con enunciar principios si luego no entendemos sus consecuencias. La inercia no es solo lo que impide frenar el coche; es lo que impide que la sociedad cambie de rumbo. Nos hemos acostumbrado a líderes que lucen méritos como quien colecciona medallas de hojalata, pero que son incapaces de prever la inercia de una crisis o el límite de resistencia de un material.
Si al final el personal gasta en el chapista más de lo necesario, si los accidentes ocurren, si las infraestructuras caen, si los valles se inundan, si el hierro se oxida y se rompe, si una presa —Dios no lo quiera— cede a la presión del agua… no le eche la culpa al maestro armero, no lo venda como inevitable ni excuse su negligencia en el cambio climático.
Mientras sigamos premiando a los que anteponen la retórica a la competencia, y el carisma a la capacidad, seguiremos colisionando. No necesitamos líderes que nos digan cómo vivir; necesitamos personas que entiendan las cosas de la vida. Es hora de dejar de recompensar al que más predica y empezar a mirar al que más comprende. Porque al final, cuando la presa cede o el carril de hierro se quiebra, la realidad no negocia. No admite excusas ideológicas ni coartadas de despacho. No distingue colores ni consignas ni relatos. No da ruedas de prensa. Solo entiende de leyes físicas que alguien, por soberbia o ignorancia, decidió pasar por alto.
