En Nuremberg, se juzgó a los gerifaltes que no se habían suicidado del ejército y de la política alemana al acabar la Segunda Guerra Mundial. El más alto cargo vivo que pasó por allí fue el sucesor de Hitler, Herman Göring.
Durante los meses que duró el juicio, Göring estuvo acompañado por Douglas, un psiquiatra americano que fue enviado a Nuremberg para estudiar la situación mental de los detenidos, impedir que se suicidaran y confirmar si había en sus mentes rastros de enfermedad que pudieran afectar la responsabilidad de los hechos y, por tanto, marcar el rumbo de los juicios.
Para ello, Douglas pasaba horas estudiando a los detenidos, pero tuvo una atracción especial hacia Göring, al cual dedicó gran parte de su tiempo y estudios; además, desde el principio sabía que escribiría un libro contando los pormenores del lugar tan exclusivo en el que se encontraba.
De sus interminables charlas pudo deducir —y aquí radica la sorpresa— que Göring era una persona que en nada se diferenciaba del resto de los mortales. Deducía que los nazis eran personas como las demás, que no se les podría categorizar como enfermos mentales. Eran conscientes y por tanto responsables de lo que hacían.
Si no se trata de una enfermedad, la pregunta consecuente sería: ¿Cómo se ha podido llegar a que tanta gente apoye, ya sea activa o pasivamente, el horror del Holocausto?
Las razones hay que buscarlas en el Tratado de Versalles, que desmembró Alemania tras perder la Primera Guerra Mundial, y eso produjo una profunda herida en los alemanes. Esta herida, explotada conscientemente por un grupo de hombres malvados (no enfermos) encabezados por Hitler, hizo el resto; así nace uno de los desgraciadamente famosos totalitarismos típicos del siglo XX.
Pero hay más. Para que todo esto fuera posible había que contar con el “hombre masa”, es decir aquel que por haber sido extirpado sus puntos de referencia tradicionales, como podían ser la religión o la familia no le queda más remedio que renunciar al espíritu crítico, a la acción y quedar a merced de las tendencias sociales del momento.
A todo esto, contribuye también la propaganda y la mentira, que no tiene tanto por objeto que se crea algo concreto, sino que se instale una sensación de que nada es cierto o incierto, bueno o malo.
Y debemos aprender hoy lo que fue aquello, porque el germen de este método, que alcanzó su apogeo en el siglo XX, lo encontramos instalado ya de antes y aún hoy en día, a menor escala, en las micro comunidades locales y familiares.
Cuando la mentira alcanza el mismo valor que la verdad y es proclamada abiertamente, crea una confusión tal que puede hacer desaparecer el método crítico o confundir la moralidad de las acciones. La mentira de que un judío no vale nada, convenientemente repetida, y el silenciamiento brutal de todas las voces discordantes, crean tal estado de inseguridad que puede producir una banalización del mal que avanza a sus anchas ya de manera imparable.
Por eso hay que estar muy atentos: cuando la mentira se instala, no nos dejemos embarcar por ella; luchemos con coraje por denunciarla, por sacarla a la luz, por defender la verdad.
