—Es usted colombiano, historiador de la Universidad de Antioquia, doctor en Estudios Internacionales, investigador y analista de política internacional. Experto en el proceso de Independencia hispanoamericano, en la resistencia realista, la presencia de mercenarios extranjeros y la dimensión internacional de las guerras de emancipación. ¿Cómo divulga sus análisis y estudios?
—La difusión se desarrolla principalmente en círculos internacionales dedicados al hispanismo, donde presento avances, hipótesis y reflexiones. Asimismo, promuevo actividades culturales y académicas –conversatorios, ponencias y simposios– vinculadas a efemérides hispánicas en mi ciudad, para generar espacios formativos y vivenciales que consoliden los lazos de unión y hermandad.
En cuanto a mis redes sociales (Facebook, Instagram y X), mantienen un carácter más personal que divulgativo; no obstante, gestiono canales de YouTube y grupos de WhatsApp orientados a la difusión de estas temáticas. En conjunto, mi labor divulgativa no ha buscado la masificación, sino la consolidación de un público interesado en un conocimiento histórico crítico, riguroso y propositivo, sustentado en fuentes empíricas y de cara al debate histórico.
—¿Colabora con otros historiadores o analistas?
—En Colombia no se ha consolidado un movimiento de historiadores de formación académica que sean hispanistas. Situación que se explica, en parte, por la persistencia de una interpretación dominante de la “Leyenda Negra” y del relato emancipador. Ello limita la recepción institucional de perspectivas alternativas, así que he tenido que desarrollar estos temas de manera autónoma, incursionando en un campo poco explorado o mal abordado dentro del ámbito académico nacional.
Además, debo alternar la labor investigativa con el trabajo como funcionario público del área de museos. Ello limita la consulta de archivos, escritura, actualización historiográfica y acceso a redes institucionales y universitarias –convocatorias, becas de financiación y fondos editoriales–. De ahí, el carácter limitado de mi colaboración académica y la autofinanciación de mis trabajos y libros.
—¿Por qué cree que es importante conocer el proceso emancipador del siglo XIX?
—Ante todo, este proceso constituye un punto de inflexión decisivo para entender la configuración histórica, la identidad y la actualidad hispanoamericana. No fue solo una ruptura frente a las instituciones españolas, sino una transformación estructural que alteró vínculos imaginarios y formas de organización social, económica y política que, durante más de tres siglos, articularon una misma ecúmene. La revolución no puede reducirse a una confrontación militar, una guerra civil o un simple relevo de élites. Implicó la redefinición de lealtades, la fragmentación de antiguas solidaridades y el surgir de nuevas legitimidades políticas que transformaron profundamente el devenir de estos pueblos. En ese contexto, diversos sectores optaron por mantener su fidelidad monárquica, aferrarse a los lazos políticos, culturales, económicos y de sangre con España, o bien adherirse al nuevo orden republicano.
En el complejo y desigual proceso de conformación de los Estados nacionales, tras la Independencia marcado por guerras civiles, bipartidistas, regionales y entre centralistas y federalistas, abordar este periodo permite reconocer las raíces de problemas aún vigentes: las pugnas en torno al Estado, la cuestión de la soberanía, legitimidad y el desarrollo económico. Asímismo, la ruptura redefinió el equilibrio geopolítico atlántico. El Caribe, antes eje estratégico imperial bajo la Monarquía española, pasó a ocupar un lugar periférico en el sistema internacional. Esta mutación obedeció a la fragmentación del espacio hispánico, la reorientación hacia el mundo anglosajón, el ascenso de potencias emergentes, Estados Unidos y Brasil, y la pérdida de cohesión económica y estratégica hispanoamericana.
—¿Cómo intervino Inglaterra en el devenir de Colombia? ¿Algún otro país?
—La intervención en Suramérica fue temprana, constante y estratégica. Desde el silgo XVI, la rivalidad entre Inglaterra y la Monarquía Hispánica se proyectó sobre el Caribe y Tierra Firme mediante el contrabando, piratería y ocupaciones irregulares de enclaves tácticos. Destaca el fallido intento escocés de fundar Nueva Caledonia (Darién, 1698-1700). En el golfo de Urabá y el litoral atlántico, Inglaterra, Francia y los Países Bajos fomentaron alianzas con grupos indígenas y financiaron incursiones conjuntas que erosionaron la presencia hispánica y abrieron rutas al comercio ilícito.
A comienzos del siglo XIX, como muestra el libro La dimensión internacional de la guerra de Independencia de Colombia, la contienda adquirió una carácter transnacional: los ejércitos republicanos recibieron armas, pertrechos, barcos y contingentes procedentes del Reino Unido, Francia, los Países Bajos, Suecia, Bélgica y diversos estados alemanes. De ese apoyo surgieron la Legión Británica, la Legión Irlandesa y la Legión Hannoveriana, además de miles de europeos enrolados en las divisiones insurgentes. Se sumaron apoyos logísticos y financieros de Estados Unidos, Haití y las Antillas, configurando una red internacional decisiva que precipitó el colapso del poder español.
Las consecuencias fueron profundas y duraderas. Tras la ruptura con la Monarquía, las redes comerciales británicas desplazaron a las peninsulares. El nuevo Estado, sin flota mercante ni infraestructura financiera, firmó tratados desventajosos y contrajo empréstitos externos para sostener la guerra. Asimismo, concedió privilegios a inversionistas foráneos en puertos, rutas fluviales, tierras y minas, consolidando una dependencia temprana del crédito y los mercados globales. En suma, la emancipación política respecto de España derivó en una subordinación frente al capital financiero internacional y a las potencias hegemónicas, con claro predominio británico.

—¿Cuán relevante fue la resistencia realista a la independencia?
—Militarmente, el auxilio español en las guerras de independencia suramericanas fue limitado, tardío e ineficaz frente a la magnitud del conflicto. Apenas se enviaron una decena de expediciones, siendo la más significativa la comandada por Pablo Morillo –cerca de 12.000 hombres–. En pocos años, aquellas tropas quedaron diezmadas por enfermedades, campañas extenuantes, carencias logísticas y el impacto del clima tropical, siendo remplazadas progresivamente por soldados locales. En un territorio tan vasto como el norte suramericano, estos esfuerzos resultaron exiguos, más cuando la monarquía no consolidó en el continente un sistema de reclutamiento, academias militares o navales y un flujo constante de armas y suministros para la defensa prolongada.
En consecuencia, los realistas americanos sostuvieron la guerra con recursos precarios, apoyados en familiares y amigos. Las solicitudes de auxilio al rey, sus ministros y otros territorios imperiales llegaron tarde o no se concretaron. Mientras tanto, los insurgentes lograron abastecerse eficazmente de armas, suministros y voluntarios extranjeros a través de redes internacionales en el Caribe, Estados Unidos y Europa. Así, los realistas enfrentaron fuerzas mejor aprovisionadas como advirtió Morillo aludiendo al envío de fusiles de Bolívar a Santander para organizar ejércitos recurriendo al reclutamiento forzado y la compra de conciencias: “La prontitud con que Santander ha organizado este nuevo ejército, que tanto amenaza el reino de Santa Fe, es una prueba convincente de lo que otras veces he dicho a vuestra excelencia, que solo un jefe insurgente basta para reunir fuerzas muy considerables”.
Por su parte, el ejército real, como fuerza regular, actuaba sujeto a ordenanzas, jerarquías y marcos jurídicos que preservaban su legitimidad política y moral. Esta sujeción implicó límites operativos del uso de la fuerza frente a un adversario que empleó estrategias irrestrictas propias de la guerra irregular. Así, mientras el ejército real combatía atado a principios, procedimientos y responsabilidades, sus oponentes explotaban esa asimetría. Por ello, la resistencia realista resultó decisiva para sostener la causa monárquica en el continente y, tras la derrota militar, adoptó formas silenciosas y simbólicas: apatía, desobediencia civil y reafirmación de valores, lealtades y marcos culturales del antiguo gobierno. Pese a la propaganda adversa, muchos hispanoamericanos conservaron su identificación con España, preservando memorias, vínculos familiares y un sentido de pertenencia histórica y cultural hacia la madre patria.
—¿Qué le parece más interesante mostrar o qué tiene más éxito entre sus seguidores?
—Es clave evidenciar las contradicciones de los relatos hegemónicos y atender aspectos relegados por la narrativa oficial. La revolución no fue un movimiento unánime o popular, como lo muestran las deserciones, el reclutamiento forzoso y la incorporación de mercenarios. Asimismo, el triunfo republicano dependió en gran medida del carácter urbano y cosmopolita de sus élites, así como del financiamiento, las armas y el respaldo diplomático de capitales y gobiernos extranjeros. En contraste, amplios sectores subalternos –indígenas, negros, mestizos y blancos pobres– apoyaron la causa realista en defensa de sus pactos, fueros y privilegios. El propósito es ofrecer una comprensión más compleja y documentada del mundo hispánico frente a tendencias divulgativas que prescinden del método histórico, descuidan la citación –derechos de autor– y remplazan el debate y rigor académico por la opinión. Aunque estos enfoques generan seguidores, lo importante es trascender más allá de la aprobación, simplificación e inmediatez propias de las redes sociales.
—¿Qué distingue la evolución de Colombia de sus países vecinos en los siglos XIX, XX y XXI?
—Colombia ha mostrado continuidad institucional en comparación con otros países regionales. Aunque padeció guerras civiles en el siglo XIX y un prolongado conflicto interno en adelante, mantuvo una estructura republicana relativamente estable y evitó dictaduras militares prolongadas como las del Cono Sur. Asimismo, la descentralización y las élites regionales marcaron un desarrollo político particular. En el siglo XXI, la persistencia de desafíos en seguridad, desigualdad y cohesión social convive con una singular trayectoria histórica.
—¿Qué objetos o documentos son testigos de la historia de Colombia?
—Son testigos fundamentales las actas de cabildo, los expedientes judiciales, la correspondencia oficial y privada, los mapas y padrones, los tratados internacionales suscritos tras la independencia. También los registros de armas, uniformes y banderas. Estos vestigios permiten reconstruir no solo los grandes acontecimientos políticos, sino la vida cotidiana, las mentalidades y las redes que dieron forma al país.
—¿Qué propósito tienen las jornadas de Héroes de Cavite en las cuales participa este 25 de febrero?
—Las jornadas, impulsadas gracias a Héroes de Cavite proponen abrir un espacio de reflexión sobre uno de los actores más importantes y relegados del hispanismo: los indígenas. Busca examinar sus implicaciones políticas, culturales y sociales, atendiendo la pluralidad de actores y sus actuaciones. Los indios realistas han sido actores frecuentemente relegados, invisibles o reducidos a estereotipos negativos, por ello pretendo resaltar su lealtad y coherencia con los pactos y alianzas que consideraron legítimos defender.
—¿Cómo debilita el indigenismo de estilo anglosajón a Colombia?
—Algunos enfoques contemporáneos del indigenismo, impulsados desde organizaciones internacionales, interpretan la realidad hispanoamericana principalmente en clave de conflicto. Trasladados sin matices al contexto colombiano, pueden generar tensiones étnicas y políticas que afectan la cohesión nacional. El reto es reconocer derechos y particularidades culturales sin fragmentar el cuerpo social ni instrumentalizar a las comunidades indias con agendas externas.
—¿Una reivindicación del mundo indígena en el ámbito hispano fortalece a Colombia? ¿Y a la Hispanidad?
—Han sido actores invisibles en la historiografía. Durante casi dos siglos, su alianza con la monarquía fue interpretada como producto de la ignorancia, atraso o manipulación de “blancos”, funcionarios y clero. Sin embargo, en las últimas décadas, nuevas interpretaciones han entendido esa adhesión como una estrategia política orientada a preservar autonomías, derechos corporativos y garantías históricas. Mi perspectiva añade otro matiz: la existencia de una fidelidad plena y sincera al rey, la autoridad legítima y el orden jurídico reconocido como propio.
Reconocer esta complejidad rompe el esquema binario que reduce la independencia a un conflicto entre “españoles” y “americanos”. Diversas comunidades indígenas deliberaron y tomaron partido según sus intereses, valores y experiencias. Integrar esa memoria permite comprender este proceso como un fenómeno más complejo y amplio, y favorece una identidad histórica menos polarizada y más consciente de los vínculos compartidos del mundo hispánico.
—¿A qué otros lugares en España irán tras Madrid? ¿Y en Iberoamérica?
—En Madrid participaremos en actividades en la Fundación Rafael del Pino y en el Centro Asturiano. El recorrido continuará por el Centro Cívico Sur de Valladolid, la Sala Alfonso V del Ayuntamiento de León, la Fundación Gustavo Bueno, el Palacio de los Marqueses de la Algaba en Sevilla, el Instituto de América y la Cámara de Comercio de Alicante. Estas jornadas buscan fomentar el diálogo académico y cultural entre España e Iberoamérica, fortaleciendo los lazos históricos que nos unen.
