Los últimos meses los debates sobre el Acueducto han vuelto a ser tema de conversación y enfrentamientos: Que, si no está bien su conservación. Que, si un personaje se quiere hace notar quitando una piedra del acueducto diciendo que la pondrá a la venta por la internet, y el Ayuntamiento le denuncia. Que, si por fin, se reanudan las conversaciones entre Ayuntamiento, Junta y Estado para las actuaciones a realizar para la protección del Acueducto. Que, si el teniente de alcalde y concejal de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Segovia tiene que salir al paso y desmentir contundentemente opiniones no contrastadas y carentes de todo rigor técnico sobre un supuesto abandono y mal estado del Acueducto de Segovia, etc…
Aun así, hay quien piensa que últimamente escribir sobre el Acueducto de Segovia es un tema un poco saturado. Pese a ello, Javier Gómez Darmendrail se ha propuesto este «entretenimiento» de imaginar las conversaciones de cómo pudieron ser en esos supuestos años del siglo I d.C. la noticia y la idea; y la conmoción o alteración que supuso para las gentes de Segovia tan magno acontecimiento.
Tras toda una vida viendo y admirando a este coloso de piedra y atravesando a diario por sus ojos, en su mente surgió la pregunta: ¿Cómo pudo ser hace 2.000 años la idea de esta enorme obra ¿quién fue su impulsor y mecenas y cómo sería el asombro y las conversaciones de esas gentes agrícolas y ganaderas de una pequeña urbe asentada en promontorio rocoso a expensas del agua de algunos pequeños pozos y de un pequeño río, el Eresma («Iri-sama» el que rodea a la ciudad grande)?
Dado que los datos de por qué, cuándo comenzó, quién o quiénes, cómo y cuándo concluyó hasta hoy son aproximaciones o imaginación, por qué no imaginar, negro sobre blanco, cómo pudieron ser esos diálogos durante la construcción del Acueducto de Segovia.
Así nació este nuevo «hijo» de su mente y su pluma, en forma de opúsculo o pequeña novela, que le sirvió de distracción durante un tiempo, y sin la mayor pretensión que entretener y hacer viajar la imaginación durante su lectura con unos diálogos que pudieron ser, o no, así.
Son nada más que 107 páginas, contando con un prefacio, una breve introducción, un epílogo, unos apéndices de datos técnicos con una breve cronología de Segovia y la introducción de un glosario de términos (que siempre es de agradecer), y por supuesto la bibliografía en la que se apoya.
Hay que advertir que esta pequeña novela solo es recomendable su lectura para unas edades comprendidas entre los 10 o 12 años y los 100 o 120 años, y que es aconsejable que fuera de estas edades se lea con alguna persona de confianza al lado.
El libro está dividido en cuatro partes donde cada una de ellas consta de varios y capítulos acompañados de inteligentes ilustraciones que hacen todavía más agradable y refrescante su lectura.
En la Parte I el autor imagina cómo pudo nacer la idea, el encargo y la elección del lugar, tomándose la licencia de imaginar un diálogo en un coloquial latín de unos niños jugando junto al Acueducto en construcción, que a continuación reproduce al español.
La Parte II nos relata las controversias entre el arquitecto y el gobernador, los diálogos entre los picapedreros o los esclavos, los accidentes o los intentos de sabotaje de las tribus del lugar; y nos cuenta el declarado amor de Lucio Vitrubio y Ercinia, al que asisten los arcos y las estrellas.
La Parte III el autor se toma la licencia de trasladar a esos iniciáticos años la vida diaria y los diálogos de Livia Valeria Prisca, sacerdotisa de Minerva en la hispana Segovia de mediados del siglo II d. C. Aquí el autor se apoya en unos personajes históricos que vivieron en Segovia y en el hallazgo descubierto por Luciano Municio a los pies del acueducto de una piedra con una inscripción que dice: «LIVIA VALERIA PRISCA, SACERDOTISA DE MINERVA. QUE EL AGUA NOS LAVE TAMBIÉN EL ALMA».
La Parte IV nos hace viajar a esos días de la inauguración del Acueducto y cómo lo recibieron los segovianos de la época, asistiendo a una conversación entre dos comerciantes que acudieron a llenar los cántaros de agua a una de las fuentes recién construidas para servir agua del Acueducto.
¿Por qué se construyó este tipo de Acueducto en Segovia? No se sabe bien. Pues siendo una pequeña población en la meseta Hispana podrían haber construido otro tipo de Acueducto menos impresionante y caro, como los de tuberías y sifón, como el que realizaron en la ciudad romana de Solarana en la provincia de Burgos, con unas tuberías enterradas, en superficie o amarradas por los escarpes salvando los desniveles y cortados del terreno.
Quizá la decisión fuese como nos relata el libro, por la orden recibida: «Construirás en Segovia un Acueducto que lleve agua de la sierra a la ciudad, y que sea digno de Roma»; porque no solo es agua, es Roma».
¿De quién fue la orden, quién la ejecuto y quién fue el arquitecto? Tampoco se conoce, pero la imaginación del autor del libro desvela que fue una orden del emperador a Marco Flavio, gobernador de esta provincia, mediante un pergamino lacrado, y el diálogo entre el gobernador y el arquitecto imperial, Luco Vitrubio, donde descubre que la idea del gobernador es realizar una gran obra que perdurase en el tiempo junto a su nombre, y asombrase del poder de Roma a todo el que lo viese u oyese de su grandiosidad, costase lo que costase en tiempo y dineros: «El emperador quiere un acueducto. Yo quiero un monumento. Lucio, Roma nunca juega contra el tiempo. Lo domestica. Tu harás lo mismo con las piedras de Segovia». «No me interesa barato ni rápido. Me interesa eterno. Que dentro de mil años alguien pase debajo de esos arcos y diga: Esto es Roma».
Siglos después Roma cayó, los emperadores fueron polvo, las cartelas se perdieron y los dioses se olvidaron. Pero ese espíritu de trascendencia, asombro y poder de Roma quedó en el Acueducto que permaneció llevando agua a Segovia.
Las gentes, siglos después continuaron cruzando el Acueducto, como describe don Lope de Vega: «Asendereadas doncellas y viudas recuestadas llegan al Azoguejo y cruzan del brazo de la Celestina, los arcos de la puente: y por enzima pasa el agua y por debajo el vino». Al cabo de dos milenios, con esa Roma desaparecida y esos hombres olvidados, las piedras y romanización perduran.
Si algún lector quiere pasar o hacer pasar un rato agradable, sin mayor pretensión, no deje de leer o regalar a un amigo o familiar este relato refrescante que te deja un buen sabor de lectura, sobre las historias del Acueducto de Segovia, y te introduce entre esos los corrillos y charlas que pudieron ser, de los segovianos, durante la construcción del Acueducto, como si te pusieses unas gafas de realidad virtual, al tiempo que te ayuda a aprender o recordar parte de los datos e historias del Acueducto. No dejen de leer estos «Diálogos durante la construcción del Acueducto de Segovia» que nos ha descubierto Javier Gómez Darmendrail.
**En la librería Cervantes lo pueden conseguir; también, en cualquier buena librería de Segovia.