Corren tiempos extraños. Durante la dictadura leer según qué textos podía ser un acto de rebeldía. En el ambiente imperante, el prurito de emoción que suponía subvertir el orden y abrir cualquiera de los libros inscritos en el Index librorum prohibitorum et Expurgatorum –índice eclesiástico de lo que podía leerse y lo que no– te hacía sentir como un valiente de andar por casa.
Sin embargo, cincuenta años después del fallecimiento del dictador, en una nación libre y democrática como la nuestra, consolidada entre los Estados de derecho más reputados, cuando uno se propone leer algún texto escrito antes de la primera mitad del siglo XX sucede algo extraño. ¿No se ha dado cuenta? Hay cierta prevención a la hora de escoger autor, un vaho de recelo empaña las lentes y una tentación muy humana de dejarlo nos invita a no complicarnos la vida. ¿Qué me está pasando? ¿Es un reflejo mal reprimido de aquellos años oscuros?
El índice sigue existiendo, sí, pero seguro que muchos de ustedes ni se acuerdan. Ya no tiene protagonismo social ni influencia editorial. Pero si presta atención, verá que hoy circula otra lista flotante, etérea, casi imperceptible y, sin embargo, muy presente, de sospechosos habituales. Son esos libros que, si uno lee o, peor aún, dice que lee, le sitúan automáticamente en un extremo del espectro político, y el señalamiento del resto se hace patente.
Leía el otro día una cita de José Ortega y Gasset: «Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral». Inmediatamente asentí; estaba de acuerdo, coincidía con una idea que fundamenta muchos de mis escritos… hasta que me sobrevino la duda de si releer su obra o no.
¿Estaba el autor de La rebelión de las masas alineado correctamente con los meridianos ideológicos modernos? ¿Citar al filósofo que advirtió de que el auge de las ideologías identitarias y la polarización extrema del debate público podían anular el juicio propio y el pensamiento crítico me señala hoy como miembro de algún bando?
¿Es Ortega otro de los sospechosos habituales? La lista es larga. Por citar solo algunos, el realismo crudo de Arturo Pérez-Reverte provoca urticaria en determinadas pieles sensibles; Fernando Savater ha ido cayendo en desgracia sin que muchos sepan muy bien cuándo ni el porqué de su incómoda evolución; y asomarse al tradicionalismo de martillo de Juan Manuel de Prada basta para que más de uno lance un grito de alarma.
Desde luego, el hecho de que el filósofo volviera del exilio y mantuviera una postura alejada de las instituciones, dedicado a la vida civil y huyendo de la confrontación, no le granjeó el beneplácito de otros exiliados republicanos. Se convirtió en un proscrito de ambos bandos. Tampoco contribuyó a su buen nombre que el régimen, tras su muerte, intentara apropiarse de su figura, presentándolo como un intelectual reconciliado con la Iglesia y el nuevo orden.
Si uno ignora ese pasado y vive cómodamente instalado en los presupuestos ideológicos del gremio político al que se arrima, seguramente renunciará no solo a la lectura de Ortega, sino incluso a hablar de él.
Como entonces, hoy todo aquel que posea un libro «incorrecto» o participe de su circulación corre el riesgo de ser castigado con una nueva forma de excomunión: la política. Y así, la libertad se apaga sin necesidad de un militar bajito que gobierne por la fuerza de las armas. Ante esta censura de etiqueta, solo queda una respuesta: Leer. Leerlo todo. Contarlo y no pedir perdón por ello. Recuperar la valentía de andar por casa.
