En pocas semanas, el deporte segoviano ha vivido un pequeño seísmo en sus banquillos. La Gimnástica Segoviana decidió destituir a Iñaki Bea tras una racha de resultados irregulares y un vestuario que no terminaba de compartir su propuesta futbolística. En Balonmano Nava, la salida de Álvaro Senovilla sorprendió aún más: el técnico afrontaba su tercera etapa en el club y había logrado ascensos recientes, pero el equipo cerró la primera vuelta como colista y la directiva optó por un giro urgente de timón. En el baloncesto femenino, la marcha de David González, motivada por razones personales, parece que de momento no cambia el exitoso rumbo del equipo.
Distintas causas, mismo desenlace: mover ficha para intentar cambiar inercias. Pero nada garantiza que el relevo solucione los problemas. A veces las directivas actúan por convicción; otras, por necesidad; en ocasiones, por presión ambiental. Y en más de una, es el propio entrenador quien siente que ya no puede sostener el pulso del día a día.
Lo que sí es seguro es la cicatriz emocional que deja un cese o una renuncia. De repente, se cuestiona la validez del técnico: ¿vale solo con ganar?, ¿con mantener unido al grupo?, ¿con hacer mejores a los jugadores?, ¿con insuflar ganas de competir? La eficacia ya no depende solo de los conocimientos, sino del ecosistema donde estos se aplican. Cada banquillo es un mundo, y en él confluyen expectativas, egos, urgencias y silencios.
Los tres casos muestran que los entrenadores, aun entendiendo la lógica de los banquillos, siempre viven estos momentos con un inevitable componente emocional. Porque, al final, más allá de los resultados, lo que está en juego es su capacidad para liderar, motivar y construir confianza dentro de un equipo.
El tiempo dirá si estos cambios fueron el impulso necesario o un simple parche. Mientras tanto, cada entrenador cargará con sus decisiones, sus aciertos y sus errores. Y, sobre todo, con la siempre frágil batalla por sentirse válido.
