Una gran parte de la gente tiene la idea de fondo de que la fe cristiana consiste en un conjunto de prohibiciones y normas que hay que cumplir para recibir al final un premio o un castigo. Estas limitan la vida de los cristianos, que somos concebidos como gente frustrada, esclavizada, que vive coartando permanente sus propios deseos. En sentido contrario, otros tienen una idea del cristianismo como el triunfo del sentimiento romántico del amor, el fin de toda norma, y a Jesucristo como aquel que da por válidas todas las opciones de vida, sean cuales sean, siempre que “sean por amor” y “no hagan daño a nadie”. Parecería, por tanto, aunque haya caricaturizado un poco los extremos, que hemos de elegir entre un cristianismo entendido como legalismo rígido y uno comprendido como relativismo sentimental.
En la enseñanza de la montaña, recogida por el evangelista san Mateo, Jesús expresa precisamente su posición ante ambas posturas: «No he venido a abolir la Ley, sino a dar plenitud». El centro de la vida cristiana no consiste en un conjunto de normas, obligaciones y prohibiciones a cumplir. El centro de la vida de los discípulos de Jesucristo es, precisamente, la amistad con Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, esa amistad, como cualquier buena amistad que se preocupe de verdad del amigo, requiere de unos bienes que se comparten y la conforman. Esta relación con el Padre a la que somos llamados, está inscrita en el corazón de los hombres, se ha ido revelando a lo largo de los siglos y llega a su plenitud en Jesucristo y, hoy, en la vida de la Iglesia.
Jesús no ha venido para ofrecernos un cambio radical de paradigma respecto a lo que Dios había ido anunciando a Moisés y a los profetas. Viene a llevar todo a cumplimiento. Y esta totalidad se refiere tanto a la amplitud (todos los preceptos) como a la profundidad (hasta el fondo de su sentido). Es decir, todo llevado a su verdadero sentido, a un amor más afinado. Así, ni el menos importante de los preceptos debe ser descuidado, porque significa también un vínculo con Dios. El amor se cuida en la atención a los detalles.

Por tanto, lo que lleva Jesús a plenitud no son unos preceptos, como si fuera perfecto aquel que los cumple a la perfección, haciendo todo “como está mandado”. Jesús viene a llevarnos a nosotros a plenitud, que somos su obra más preciosa, encendiendo en cada uno su misma vida, como el fuego que se contagia de un material inflamable a otro. La vida no está en cumplir unos mandamientos o, viendo que esto no es posible, en dispensarnos de todo, justificando nuestro modo de vivir para tener la conciencia tranquila. La existencia humana consiste en que a medida que pasen los años nuestra vida se vaya asemejando más a la de Jesús. Y esto, ciertamente, está fuera del alcance de nuestras fuerzas, por mucho que se nos diera un detallado programa de instrucciones. Solo puede ser obra de su presencia en nosotros por la caridad, como los amados se transforman entre sí. Pero para esto hemos de reconocer unos bienes comunes que son el camino verdadero. Los preceptos apuntan a estos bienes en común. En su enseñanza de la montaña, Jesús nos presenta seis de estos bienes, aunque en el pasaje de este domingo solo leemos cuatro de ellos: el bien de la vida, el de la fidelidad, el de la perseverancia en el amor y el de la veracidad.
En ellos, Jesús nos dice que no basta un cumplimiento exterior, sino que debemos ir hasta el fondo, que está en la relación con el otro. Esto vale para la vida, que es herida ya por el insulto y el desprecio; para el amor, que queda dañado desde la infidelidad del corazón, que se expresa en la mirada, y por la ruptura del vínculo; para la relación social, que necesita la confianza, haciendo innecesario el juramento, pues en este se revela que parecería que donde no hay juramento está permitida la mentira. No hay que pensar mucho para ver cuan importantes y deteriorados están estos bienes en nuestra sociedad actual. Jesús no ha venido a cargarnos de mandamientos; tampoco a eliminarlos. Ha venido para que tengamos vida.
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* Obispo de Segovia.
