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España y sus perfectas imperfecciones

por Luis López
12 de febrero de 2026
Luis Lopez El Espinar Ok
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Pequeña obra inconclusa

Demasiados monumentos

LA CEGUERA NO CIERRA LAS BRECHAS

Es cierto que desde estas páginas he defendido que España es un país cainita, sobre todo en lo que atañe a la vis política. Mariano José de Larra decía: “Aquí yace media España, murió víctima de la otra media” y Machado remataba: “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Así las cosas, el asunto viene de lejos. Sin embargo, déjenme que por un momento enmiende mi pensamiento para atender a una vieja reflexión del periodista británico de The Times, James Badcock, cuando decía que sólo a un español le está permitido criticar a España. A mis ojos, quiso una sátira y acertó con una fortaleza. Y digo esto porque frente al enconado enfrentamiento político que nos venden los partidos —y compramos— quiero quedarme con la forma de actuar de la gente normal y corriente, cuando borran de su mente el sesgo ideológico para tender una mano. Es el orgullo de ser lo que somos y cómo somos: españoles.

 

Somos el país del desapego hasta que algo nos hiere, entonces, ante la adversidad, nadie pregunta por la filiación ni el pensamiento. Y por eso me sentí orgulloso de mi gente, especialmente jóvenes, cuando en la Dana de Valencia el renombrado puente de la Solidaridad se llenaba diariamente de miles de personas que, armadas de palas, de cepillos y de coraje cruzaban al otro lado sólo porque querían ayudar. Sirvan de ejemplo los hermanos Marc y Raquel, chavales de 20 años que se desplazaron desde Pego hasta Paiporta porque sentían que debían hacerlo. La denostada juventud en primera línea. Y acertaban. También me siento orgulloso de los vecinos de Adamuz que ante el descarrilamiento de dos trenes no esperaron a nada ni a nadie, se lanzaron a las vías porque los minutos eran preciosos y tendieron sus manos para arrancar de la muerte a perfectos desconocidos que estaban bajo los hierros retorcidos. Nadie preguntó. Y me siento orgulloso de la ayuda que se está prestando a los vecinos de la sierra de Grazalema que han encontrado cobijo y auxilio, tal vez un hombro sobre el que descansar, en un momento de incertidumbre en la que todos miran al cielo y a la ciencia preguntando cuándo escampará la desgracia y podrán volver a sus casas sin que el suelo se hunda. ¡Ojalá que sea pronto! Lo mismo ocurrió con los incendios del pasado verano en el Oeste peninsular. Cada persona era una mano tendida, un consuelo y una esperanza. España se supera en la adversidad. Lo último es el doctor Barbacid y la Fundación Cris contra el cáncer, implorando —cuidado que me duele usar esta palabra en este contexto— el dinero necesario para seguir su investigación y salvar vidas en la lucha contra el cáncer de páncreas. De nuevo, la gente se ha movilizado y a través de la fundación se está consiguiendo el objetivo económico para avanzar con un tratamiento. ¡Bien! Vuelve a ser la gente normal, otra vez nosotros, los que irrumpen de forma generosa a la llamada de la solidaridad y del compromiso. Nadie nos obliga, solamente se actúa a la llamada moral. Por cierto, necesita 30 millones de euros, lo mismo que cobra algún presentador de TVE con cargo al Estado por ofrecernos pan y circo. ¡No sigo que me caliento!

 

Pero volveremos a las trincheras ideológicas alejados de la mesura y nos criticaremos solamente porque somos españoles y hay políticos que medran con esta inquina. Todos tenemos un pasado, también España, pero hay que reconocer que cuando vienen mal dadas, cuando las cosas se tuercen y caemos, los españoles, la sociedad civil, respondemos con la mano tendida y los dientes apretados sin pedir afiliaciones ni triar con filias ni fobias. Hombro con hombro. Esa es la España que me gusta.

 

Termino con Blas de Otero y su poesía cantada por Ana Belén: “España, camisa blanca de mi esperanza /a veces madre y siempre madrastra /navaja, barro, clavel, espada /Nos haces siempre a tu imagen y semejanza /lo bueno y malo que hay en tu estampa /de peregrina a ningún lugar” Somos así, señor Badcock, con nuestras virtudes, nuestros defectos y nuestras perfectas imperfecciones.

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