Un alumno entró a estudiar italiano por Ochoa Ondategui creyendo que se había enamorado de la palabra “ritornello”. Su pasión le duró poco. Más que por la dificultad en el aprendizaje porque otro día se topó con Refitolería. La palabra refitolería le pareció la más graciosa y coqueta de todos los vocabularios. Quizás al nombre y a la calle les falten una placa: “Aquí renació Amancio Prada”. Eso sería privar a una minoría de la exclusiva del tesoro de sus conocimientos, aunque fuera hacerle justicia al poeta, al cantante, al segoviano que derrochó su creatividad, su sensibilidad, entre esos muros. Luego Amancio se fue y le crecieron los recuerdos como musgo que no se quiere desprender de las tejas.
Por José María Heredero transitan de rodillas los aficionados a la fotografía pidiendo perdón por sus afrentas y piedad para sus aprendizajes. Un gruñón refunfuña: “como en María Zambrano. Poca calle para tan elevados personajes.” En cambio, un poeta en ciernes se ha parado a mirar el letrero: “qué aparente, quizás con una higuera…”
Los maestros que desertaron de vivir en las casas de los maestros de los pueblos regresan del exilio por Morillo. Optan por los servicios de la capital y recorren a diario las distancias a sus destinos. Repiten a su paso, deformación profesional: Morillo once, Morillo nueve, Morillo siete…. Hasta que se les acaba Morillo.
Pascual Marín sale a recoger de Almira, de Los Cañuelos a algún profesor de música que alcanza la jubilación. Sueña párrafos poéticos donde licuar la nostalgia por tantos alumnos buenos.
Apostado en la del Prado un principiante de todo espera a que aparezca miss mundo de entre las sombras de uno de los callejones. Puede ser el principio de algo más que una larga amistad. El beso de los viernes entre almenas y merlones a su paso por la Ronda de Don Juan Segundo, mucho más minueto que de Juan Palo Palo, da fe de ello.
A la altura de Santa Eulalia José Zorrilla se empina contra las personas de movilidad reducida y los estudiantes de Magisterio que van hambrientos a comer en la del Obispo Quesada.
Dos hermanas a salvo entre los canónigos: Daoiz y Velarde. La boda de Felipe II arruina la puerta de una. Mucho antes los judíos se guardan del furor de los envidiosos que, por fin, terminan echándoles de la ciudad.
Unos cuantos gamberros del Instituto de Primera Enseñanza, luego Mariano Quintanilla, aplastan la nieve de Teodosio El Grande para que el torpe de Don Antonio Machado se caiga de culo. En correspondencia don Antonio se olvida de ellos en clase de francés y regala poemas a los alumnos que le premian con su atención. Un reportero italiano se afana en llevar en sus negativos el acueducto de sombra reflejado en las fachadas de esta calle y recorre las escalinatas del Postigo del Consuelo antes de que el sol de mediodía borre las siluetas.
“Bendito sea Dios que con tanto cuidado mira lo que toca a sus siervas”. Reza Velarde en las paredes altas que sostienen la huerta del convento. Ay, Santa Teresa de Jesús. Funda un convento para que luego las calles te roben las jaculatorias.
Los nombres muertos de las calles que tuvieron esos mismos nombres vivos suben Ángel de la Guarda. A la cabeza Fernández Ladreda. El parque del cementerio no sabe distinguir entre historia e ignorancia.
Mayor, comercial, peatonal, eje. Gorda porque se come de un tirón Cervantes, Juan Bravo, Corpus e Isabel Católica. Grajos y palomas a bandadas por encima. Turistas, transportistas y segovianos en general por debajo. Los adolescentes revolotean viernes y vísperas de festivos desde el Azoguejo hasta la plaza Mayor. A falta de placa el habla popular secunda a Rafael de León en voz de Estrellita Castro: la calle Reaaaal.
Alardeando de buenos principios, o finales, la iglesia de San Miguel, Infanta Isabel resiste cristianamente los pseudónimos, de los bares, de los vinos, sin catarlo o por sufrirlo.
Segovia se va como por los rayos de una estrella de los vientos (Santo Domingo, Vía Roma, Padre Claret, 3 de abril, San Rafael) y el cuento, fatigado de andar, se interrumpe. Quién sabe si en otra tanda de ocurrencias volverán los oscuros callejones bajo el balcón los pasos a evocar.
