La periodista y escritora venezolana Carol Prunhuber (Caracas, 1956) ha dedicado gran parte de su carrera a documentar la historia y la lucha del pueblo kurdo, uno de los grandes olvidados en los conflictos de Oriente Medio. Tras décadas de trabajo periodístico y varios libros centrados en esta realidad, publica ‘De Venezuela al Kurdistán, crónicas de un destino’, una obra de memoria y testimonio en la que relata su experiencia junto a los guerrilleros que combatieron al régimen del ayatolá Jomeini en los años ochenta.
Prunhuber estará en Segovia mañana, miércoles 11 de febrero, en el Bar El Ojo (Plaza de San Martín) a las 19.30 horas, donde presentará este libro de no ficción narrado con pulso novelesco, en el que entrelaza historia, vivencia personal y reflexión política.
-¿Cómo empieza su historia con el pueblo kurdo? ¿Qué llevó a una venezolana a un lugar tan distante?
Yo no sabía ni siquiera quién eran los kurdos. Lo único que sabía los kurdos es que por ahí había pasado Alejandro Magno. A mí me interesaba el arte, la literatura, el cine. Entonces fui con una amiga al festival de Cannes y fui a ver la película Yol. Más tarde conocí a su director, Yilmaz Güney, que era uno de los hombres más famosos de Turquía y a través de él conocí la diáspora kurda en París y a su jefe, Abdul Rahamán Ghasemlú, que peleaba contra el ayatolá Jomeini y me invita para ir al Kurdistán.
-Una mujer sola, joven… ¿no sintió miedo al moverse entre guerrilleros?
Muy pocos medios se ocupaban de ellos. La prensa prácticamente los ignoraba. Así que el simple hecho de que alguien se interesara por su situación generaba una enorme gratitud. Yo sentía eso constantemente. Eran grandes anfitriones. Me sentí cuidada todo el tiempo. No vigilada, sino protegida, acompañada, pendiente de que todo estuviera bien. Esta es una pregunta que me hacen a menudo, y siempre respondo lo mismo: fueron muy respetuosos. Las condiciones en la montaña con la guerrilla no eran fáciles, pero eso no tenía nada que ver con que yo fuera joven, mujer o venezolana.
-¿En qué momento sintió que su historia personal con el Kurdistán debía convertirse en un libro?
Hubo un momento clave. Yo me hice muy amiga de Abdul Rahman Ghassemlú, el líder kurdo iraní. Un hombre profundamente moderado, culto, que creía que la política no debía resolverse por las armas. Tomó las armas solo para defender a su pueblo de la violencia del régimen iraní.
En 1989, durante unas negociaciones de paz en Viena con representantes del gobierno islámico de Irán, fue asesinado. Aquello fue una trampa. Lo mataron a él y a varios de sus compañeros. Fue un crimen de Estado que quedó impune.
Muchos años antes, cuando yo le había traducido un texto, me dijo algo que nunca olvidé: “Si algún día muero, quiero que escribas sobre mi vida y la de mi pueblo”. Cuando lo asesinaron, esa frase volvió con una fuerza tremenda.
En su entierro, en París, al ver a miles de personas y lanzar una rosa sobre su tumba, pensé: tengo que escribir ese libro. No sabía aún cómo ni cuándo, pero sabía que tenía que hacerlo. Acabé escribiendo una biografía de este líder, pero a través de su vida explico la situación de los kurdos en Irán, la historia de la Revolución Islámica, el papel del terrorismo de Estado. Es un libro periodístico y académico, publicado en 2019.
Después llegué a otro momento vital: empecé a escribir desde un lugar más personal, de memorias. Ese es este libro.
-En el libro mezcla crónica, memoria y testimonio. ¿Cómo encontró el equilibrio entre lo íntimo y lo histórico?
No fue fácil. Durante muchos años escribí desde la periodista: artículos, análisis, una biografía muy extensa de Ghassemlou, un libro de más de quinientas páginas, muy documentado, académico y periodístico.
Pero llegó un momento en que sentí la necesidad de escribir desde otro lugar: desde la memoria personal. Desde mi experiencia directa. Este libro no es solo la historia del pueblo kurdo; es también la historia de mi relación con ellos.
Por eso decidí no hacerlo de manera cronológica, sino a través de personajes. Cuatro figuras que atraviesan el libro -Ghassemlou, el cineasta Yilmaz Güney, su esposa y su viuda- me permiten contar la historia de sus países y, al mismo tiempo, la mía. Así encontré el equilibrio: dejando que las vidas hablaran por sí solas.
-¿Qué vínculos ve hoy entre la historia de Venezuela y la del pueblo kurdo? ¿Cree que el momento actual del país guarda semejanzas con lo vivido allí en los años ochenta?
En el Kurdistán iraní observé cómo un territorio riquísimo en recursos era empobrecido deliberadamente: sin universidades, sin carreteras, sin desarrollo. El Estado extraía todo y dejaba a la población en la miseria. Eso mismo lo vi después en Venezuela.
También vi paralelismos en las técnicas de represión. En Irán existen los ‘basij’, milicias paramilitares utilizadas para reprimir protestas. En Venezuela aparecieron los colectivos. Cambian las culturas y las religiones, pero la lógica del poder es la misma: corrupción, militarización, violencia y miedo.
-Abdul Rahman Ghassemlou aparece como una figura central en su vida. ¿Qué le enseñó, más allá de la política? ¿Y Yilmaz Güney?
Ghassemlou me enseñó el valor de la democracia. Decía algo que me marcó para siempre: “La peor democracia siempre es mejor que la mejor dictadura”. Era un hombre cultísimo, hablaba cinco idiomas, tenía un doctorado y una enorme capacidad humana. Tenía humor, carisma, una inteligencia política impresionante. Era un verdadero hombre de Estado. Lo mataron precisamente por eso. Los regímenes autoritarios no pueden permitir líderes moderados y tolerantes. Les rompen el esquema.
Yilmaz Güney, por su parte, fue otra figura fundamental. Un cineasta extraordinario, un creador que convirtió el cine en una herramienta política y humana. A través de él entendí el poder de la cultura como forma de resistencia.
-¿Qué le gustaría que el lector se llevara al cerrar este libro?
Que diga: “Quiero saber más sobre los kurdos”. Eso es todo.
Me ha pasado con este libro. Periodistas, lectores que no sabían nada del Kurdistán, que nunca habían leído sobre el tema, me han dicho que ahora quieren investigar, entender, aprender. Ese era mi objetivo: escribir un libro accesible, que se lea como una novela, pero que abra una puerta a una realidad ignorada.
-Si pudiera hablarle hoy a la joven periodista que viajó por primera vez al Kurdistán, ¿qué le diría?
Le diría que lo vuelva a hacer. Sin dudarlo.
Tenía veinticinco o veintisiete años y viví situaciones límite: guerra, miedo, muerte. Eso te transforma para siempre. El hombre que me ayudó a cruzar la montaña, un peshmerga que me tapó con una manta para que no pasara frío, fue asesinado pocos días después. Fue la primera vez que sentí la muerte tan cerca.
Después vinieron más pérdidas, más asesinatos, más injusticia. Todo eso me marcó y me unió definitivamente al pueblo kurdo. Y sin darme cuenta, aquella promesa que hice, contar su historia, se convirtió en la obra central de mi vida.

