Vibraciones irregulares o aperiódicas. En román paladino: ausencia de ruidos. Qué poca, qué prosaica, qué triste definición. Transito por los cementerios, donde hablan los nombres, algunas fotos. Trepo a las cumbres, donde relente o ventarrón apenas se callan. Confundido por las calles, su rumor adormecería si no se tuviera que poner un paso detrás de otro. Algunas veces el amanecer, la noche se le parecen tanto. Si el viento viaja para allá, si los autos refrenan su ímpetu por la circunvalación.
Reconozco que el silencio imperfecto de los conciertos me pone de los nervios. A menudo una tos extemporánea retumba en el fondo, rúbrica del aburrimiento. O tos compulsiva, irrefrenable, moquera constante, frufrús del bolso con el pañuelo del moco, el papel del caramelo. A veces un paraguas aterriza rasgando el ensueño, la butaca antigua, cuyo ministro también desatendió la renovación de las infraestructuras, gime cuando la espalda cae en la cuenta de que se escurre y pone en peligro las lumbares. Si los tardones son cautos en su acople (ay la puntualidad, virtud tan barata que muestra el respeto al tiempo de los demás). Silencio imperfeto.
Hoy, aleluya, he encontrado el silencio. Anida en la partitura de Edín Solís “Pasaje”. Se cobija entre la primera y la segunda parte. Más maduro cuanto más largo, más evidente cuando aparece el brío de la segunda. Allí te quisieras haber quedado relamiéndote de esa suave brisa con que se inicia la obra. El torrente de notas se va llevando la añoranza.
Todo eso si el aplaudidor de turno, ignorante o desinformado, no lo rompe con su estridente percusión de manos. Mira que pienso que algunos van al concierto a aplaudir. A mí, que me gustaría seguir viajando dentro de las melodías, me parece de una violencia rayana con guerra civil. Descansa hombre, disfruta, deja reposar. Mécete en el rebufo mudo que dejan las notas transportándote por el éter. O echa al ver el recogimiento del guitarrista, del instrumentista, sumido en el paraíso de la música.
Durante un tiempo una voz en off, si no un presentador amable, pedía que se apagaran los móviles. Podría añadirse: y demás ruidos molestos. Con palabras o con gestos exhibiría un pañuelo en la boca donde las toses, voluntarias o involuntarias, amortiguan decibelios.
No. Pariente, amigo, entusiasta, apasionado. Cuando no afectado de impostura. Aplauso para que no piensen que no se ha enterado. Aplauso porque los otros aplausos han despertado de la adormidera dulce en la que cayó con el arrullo musical, mecedor o incomprensible.
Para remediar estos males Edín Solís con su “Pasaje” recrece el silencio entre los dos bazos de su obra. Cuanto más largo lo hagáis os resultará más placentero. Los medios actuales permiten buscarlo por el internet (recomiendo la interpretación de Berta Rojas) e ir entrenando, disfrutando, para que cuando se comparezca en el directo se disfrute o no se interrumpa.
Por supuesto que yo prohibiría los aplausos. Al menos sugeriría, como la gran organista Monserrat Torrent, que no se aplaudiera, sino al final del concierto. Pero no todos tenemos una catedral para hacer sonar el instrumento. Y con el aplauso la música, tan inmaterial, ratifica el gozo de algunos y la recompensa, siempre escasa, para los músicos.
Venga, que sí, que podéis aplaudir todo lo que os dé la gana. Pero mientras suena, por lo menos, calladitos y en evitación de posibles siniestros, digo, ruidos añadidos. Gracias.
