Ya hay revuelo electoral… y se nota. Los partidos a la izquierda del PSOE andan liados en sus debates internos para saber qué hacer con su vida antes de despeñarse electoralmente. Y la cosa no es baladí, ya que en los territorios donde está presente, Sumar aglutina la friolera de quince de partidos; la Chunta, Més per-Mallorca, Alianza Verde, Izquierda Asturiana, Equo, Compromís, IU, Comuns, Más Madrid, Drago… Vamos, el gallinero de una comunidad de vecinos del que se ha desmarcado Podemos, el partido fundado por el hombre que quiso asaltar el cielo cabalgando contradicciones. Y consiguió las dos cosas, sobre todo contradecirse.
Ahora, desde IU se dice por boca de su líder espiritual, Maíllo, que Sumar no logra aglutinar al conjunto de la izquierda. Están preocupados porque no hay suficientes votos para todos y por eso se regularizan inmigrantes y se intenta reducir la edad de voto a los 16 años. Pero el problema no es la ideología ni sus bases programáticas; la percepción es que el lastre son sus contradicciones, los egos y las rencillas, aunque siempre habrá quien lo vista de forma opaca como una forma de mantener la identidad, la libertad de pensamiento, la capacidad de acción… Vamos, la nada. Ahora, al prurito de: “Aquí mando yo” se le llama así. Y es que, de otra forma, casi todos esos partidos quedarían reducidos a la insignificancia y consecuentemente, sus lentejas ya no dependerían de los Presupuestos Generales del Estado. La izquierda es una papeleta electoral rota en cien pedazos que se inmola en los matices y se maquilla en las urnas.
En toda esta sopa de letras ideológica parece que lo importante es justificar el quítate tú, camarada, para ponerme yo. Y para ello ¿qué mejor que la pancarta, el exabrupto, la calle, la demagogia y la decimonónica lucha? También ayuda la palabra fascismo, esa extrema derecha que denigran y de la que se retroalimentan. Pero con consignas es imposible gobernar porque cuando las ponen en práctica se equivocan y, por ejemplo, acaban echando del mercado inmobiliario 20.000 viviendas como ocurrió en Cataluña o rebajando penas a agresores sexuales, pederastas y violadores. No son programas de gobierno; son programas populistas de choque y tentetieso. Así las cosas, algunas —véase a Belarra o Montero— con tal de seguir en el machito son capaces de asegurar que sus propuestas son un avance y una conquista social. ¡Pobres! Son unas incomprendidas y tal vez por eso hiperventilan tanto. Son minorías que cuidan de sus minorías. Y me parece bien, pero que no lo vistan de avances paradigmáticos cuando a ojos de la sociedad —incluso de los profanos ideológicos— el principal interés es estar en posición elegible dentro de las listas. ¡Necesitan bronca para seguir políticamente vivos! Y con esta tesitura no parecen incluir en sus candidaturas a las mejores cabezas —ningún partido lo hace. En la izquierda el último fue Anguita— si no a los que más vociferan después de perennes negociaciones para ver qué logotipo liderará la confluencia de izquierdas en tal o cual territorio —miren a Valencia— y, sobre todo, quién estará en las posiciones para pillar sillón. La disidencia está dentro y el primer combate de la izquierda es contra sí misma. Tal vez eso explique por qué las últimas encuestas reducen su expectativa de voto a la mitad, cerca del 6%. El domingo en Aragón pintará en bastos.
Cierro con una reseña histórica porque la cosa ¡Dios nos libre! me recuerda al Frente Popular del 36, que, directa o indirectamente, aglutinó al PSOE, PCE, POUM, JS, UGT, …. ¡Once! Vale, pero hoy, se están superando, ya van por quince siglas y según IU, necesitan nuevas incorporaciones.
Lo dicho, una sopa de letras dentro de una coctelera electoral.
