Soy un ferviente seguidor de Carlos Alsina, del que he leído críticas a derecha y a izquierda por aquello de que no suele tener demasiado sesgo a la hora de pensar por sí mismo, y tampoco acostumbra a morderse demasiado la lengua cuando comenta la actualidad, pero siempre con la educación debida, que no hace falta ser un malhablado para que quede constancia de tu crítica.
Hace ya un año, me llamó la atención la manera en la que interrumpió al ministro Óscar Puente cuando éste le indicó que había puesto a su equipo a trabajar para detectar todos los insultos que se le proferían desde las columnas de opinión de los medios de comunicación. “¿Y qué utilidad tiene ese trabajo para los ciudadanos?” le espetó el periodista. Y con esa pregunta tan inocente, o no, el ministro acabó mostrando la ‘patita’: “Lo tiene para mí”.
Dedicar recursos que no son tuyos para montar una cruzada en la que solamente tu ego está en juego suele medir bastante bien la catadura moral de quien considera que un puesto elegido tras un proceso más o menos democrático se adquiere en propiedad. Es lo que se llama ‘disparar con pólvora del Rey’, que no suele tener demasiadas consecuencias para el que dispara, ya que no pierde su dinero, que parece tener tiempo de sobra para invertirlo en sus guerras personales y que se siente amparado por una organización que (de momento) cubre sus gastos.
Pero mientras usas los recursos de tu organización para tus asuntos personales, desatiendes los temas que sí te competen. Recaudas muchos millones en multas, pero no te ocupas de tus infraestructuras, los trenes se retrasan y las vías se rompen, y a pesar de ello sigues sin hacer caso a tus usuarios… hasta que llegan los accidentes.
Aun así, algunos siguen sin pensar en lo que pudieron hacer mal, embarcándose en una nueva cruzada de nuevo gastando la pólvora del rey, buscando a alguien a quien culpar de su propia incompetencia.
