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El undécimo mandamiento: no estorbar

por Fco. Javier López-Escobar Anguiano
1 de febrero de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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Elogio a unos familiares libres

EL HUMOR DE GALIA

CORRUPCIÓN: EL ARMA MÁS LETAL DEL MOMENTO ACTUAL

En cierta ocasión coincidí con un personaje que sostenía que las primeras tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí contenían once preceptos, pero sólo nos llegaron los diez de la segunda versión. Las originales, recordemos, acabaron hechas añicos tras un arrebato del profeta al ver a su pueblo postrado ante el becerro de oro. Tras el sofoco, hubo de subir de nuevo a por unas planchas nuevas, ya con un mandamiento menos, perdido para siempre en la leyenda.

Aquel compañero sostenía que aquel mandamiento perdido era: no estorbar, y le parecía uno de los más útiles del endecálogo. Decía afanarse en cumplirlo, quitándose de en medio a la menor oportunidad.

Desde la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos italianos han durado una media de poco más de un año. De los más de setenta ejecutivos que han tenido hasta hoy, varios no alcanzaron ni los seis meses. Nadie ha completado los cinco años que allí dura una legislatura. La República Italiana ha vivido, prácticamente desde su nacimiento, en crisis de gobierno permanente.

Sorprendentemente, esa inestabilidad no ha provocado el colapso económico del Bel Paese: mientras la política se agitaba, la economía seguía su curso y la ciudadanía continuaba con su vida. A eso se le llamó la «italianización de la política».

Italia ha demostrado que, cuando los gobiernos no estorban, ya sea por convicción o incapacidad, las cosas, si no mejoran, al menos no empeoran durante un tiempo.

La actual legislatura española adolece en cierta medida del mismo problema. El gobierno más estable de la democracia, como gusta de repetir nuestro amado líder, se encuentra en realidad en una situación análoga a de la península hermana. No hay crisis de gobierno, pero es como si no estuviera. Es incapaz de acometer reformas de calado o de sacar adelante proyectos de envergadura, empezando por los Presupuestos Generales del Estado.

Paradójicamente, el gobierno más intervencionista que hemos tenido –obsesionado con controlar cada resquicio institucional– se ha transformado en el más liberal, pero no por convicción, sino por agotamiento. Ha dejado de hacer, y al dejar de hacer, ha dejado también de estorbar. Mientras tanto, la economía, dicen, «va como un cohete», impulsada por una avalancha de fondos europeos que, en La Moncloa, presentan como milagro personal del amado líder.

Escribe Daniel Gascón en un conocido periódico de tirada internacional: «liberarse de la engorrosa tarea de gobernar permite que el Gobierno dedique su energía a otras cosas». Y así es: nuestro gobierno se aplica con entusiasmo a la propaganda, al retuiteo disciplinado de la última ocurrencia de su ejército de asesores o a hacer oposición a la oposición, mientras despliega un arte sin igual en la producción de cortinas de humo, cada vez más elaboradas, para tapar sus vergüenzas incluso con un «house tour por el Palacio de La Moncloa, en plan Isabel Preysler».

Ciertas reformas legales, intencionadas o por error, han tenido efectos indeseados: la excarcelación anticipada de perfiles que, por no cargar las tintas, la mayoría considera especialmente sensibles. Concluida la rehabilitación simbólica del viejo dictador en la mente colectiva y blanqueado el pasado incómodo de ciertos socios, nada queda por hacer salvo resistir.

En esa resistencia lo mejor es que nada cambie, que no se legisle, que no se reforme, que no se transforme, que no se construyan viviendas, que no funcionen los trenes o que los cauces del levante sigan su curso sin intervención. Desde el autoexilio virtual en el que se mantiene impertérrito, tras el muro que levantó para dividir a los españoles, le basta con llamar negacionistas o fascistas a los otros, mencionar a la presidenta madrileña, culpabilizar a los jueces o echar otra palada de barro sobre el expresidente de Valencia.

El undécimo mandamiento –no estorbar– era un buen consejo, pero no un programa de gobierno. Gobernar poco puede ser prudente; gobernar nada, letal. Tal vez haya llegado la hora de buscar un nuevo timonel que, sin estorbar más de lo necesario, recuerde que está a bordo y tenga la cortesía de gobernar para todos.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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