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Elogio a unos familiares libres

por Javier Gómez Darmendrail
1 de febrero de 2026
JAVIER GOMEN DARMENDRAIL
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Hay silencios que el poder cree poder administrar, pero hay quienes que se niegan a ser administrados. Las fortaleza silenciosa de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz — al forzar un funeral católico frente al diseño laico que el gobierno pretendía imponer— han pronunciado, sin alzar la voz pero con una gran dignidad, una de las acusaciones más severas que pueden hacerse a un poder satisfecho de sí mismo, evidenciando que no todo les pertenece. Se han negado a un funeral laico y lo han hecho acorde a sus creencias.

Desde Sófocles sabemos que el conflicto entre el poder y los ritos no es menor. Por ejemplo, Antígona, heroína trágica de la mitología griega, desafía al rey Creonte para enterrar a su hermano basándose en las leyes divinas y familiares por encima de las humanas y discute el derecho a enterrar a los muertos conforme a la conciencia.

En una época en la que el Estado aspira a regularlo todo (el lenguaje, el símbolo, la pedagogía del duelo) los familiares de estas víctimas han recordado algo elemental, como que la dignidad no se delega, ni siquiera después de la muerte. El funeral no debe ser un acto administrativo ni una escenografía de consenso obligatorio. Es un rito de sentimiento porque a muchos la oración les reconforta. Y el sentimiento no se decreta en un consejo de ministros.

La intervención de la joven Liliana que habló en nombre de las víctimas del accidente fue tan emotiva que ya es un tesoro para los tiempos que corremos. Entre otras cosas dijo: “Somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad. Porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que en los brazos de la Virgen ahora duermen y el regazo de una madre que los quiere es quien los mece”. También agradeció a todos los que habían ayudado sin olvidar a nadie. Un gran testimonio de fe y esperanza de las familias de las víctimas así como un gran ejemplo de dignidad y serenidad que contrasta con otras actitudes que todos recordamos.

Se invocaba por parte del Gobierno una neutralidad mal entendida para justificar la intromisión. Pero ya Cicerón advirtió que el derecho llevado a su extremo se convierte en injusticia. La neutralidad auténtica consiste en no imponer, en no sustituir la conciencia ajena por un protocolo. El laicismo que protege es liberal; el que suplanta es dogmático. Aquí no se trataba de imponer una fe a nadie, sino de respetar la fe de quienes la tienen.

Durante unos días, las víctimas de Adamuz han sido tratadas como un problema de agenda, un inconveniente para el relato, una interferencia para la foto correcta. Pero se ha querido convertir su muerte en un acto del gobierno. Y, sin embargo, han ganado. Han ganado porque su despedida no ha sido un acto del poder, sino de ellos. Porque su memoria no ha quedado secuestrada por consignas y porque su muerte no ha servido para blanquear la soberbia de quienes creen que el Estado es dueño del alma pública.

Hay algo obsceno en que, tras arrebatar la vida — sea por negligencia, por abandono o por fatalidad mal gestionada—, se pretenda arrebatar también el último gesto de libertad. Como si la muerte autorizara al poder a terminar el trabajo. Como si el dolor ajeno fuera una materia prima más. Frente a eso, estas víctimas han impuesto un límite. Han dicho: hasta aquí. Aquí empieza lo que no os pertenece. Y un funeral católico no es una provocación política, es una forma concreta —antigua, humana— con que los católicos encomendamos el alma del difunto a la misericordia de Dios.

Tocqueville temía a los poderes que no oprimen con violencia, sino con tutela; que no prohíben, pero sustituyen. El intento de apropiarse del duelo es exactamente eso, una tutela moral que infantiliza a la sociedad y degrada a las víctimas. No se gobierna mejor porque se decida cómo deben llorar los demás.
Este escrito no es una defensa de una confesión frente a otra. Es una defensa de las víctimas frente al poder. De los muertos frente a los vivos que mandan. De la conciencia frente a la pedagogía obligatoria. Porque hoy han sido ellos; mañana puede ser cualquiera.

Descansen en paz.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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