De nuevo me he visto obligado a dejar pasar unos días. El dolor y la profunda consternación han vuelto a “okupar” la vivienda de mi sentir ubicada en el edificio de mi pensar. Mis condolencias a familiares y amigos de los cuarenta y cinco fallecidos a día de hoy y de todos los heridos y desaparecidos.
Parece que fue ayer, pero han pasado ya unos años desde que el tren comenzó a ir más rápido por aquí. El Talgo de los sesenta y, más adelante, la alta velocidad, aprovechó la expo de Sevilla para instaurar en 1992 la marca AVE como punto de inicio de una gran infraestructura digna de admiración, en un primer momento. Una época expansiva, no exenta de sus “mordidillas” y “trampillas”, pero dentro de unos límites más o menos asumibles.
A partir de 2005, la Red estatal única, se dualizó en ADIF, que administra, construye, mantiene y paga las infraestructuras, y RENFE, que opera con los pasajeros pagadores.
De un tiempo a esta parte, en los últimos veinte años, pero muy especialmente desde 2018, la corrupción ha ido colonizando el devenir de nuestra vida, atacando directamente a la raíz sobre la cual todo se sostiene. Educación, sanidad, justicia, ideología, moralidad, espiritualidad, tradición; en definitiva, nuestra vida sacralizada ha venido sufriendo el envenenamiento por la falsedad, la mentira y el dominio de la información cambiando, en muy poco tiempo, todo un devenir milenario.
Concentrando la mente en este último doloroso acontecimiento, nos encontramos con una serie de circunstancias que, sin que supongan juicio alguno de quien suscribe (es pronto aún) emanan un olor nauseabundo.
Koldo se reunió con Azvi, al menos en tres ocasiones antes de licitarse, entre otras, la obra del tramo del accidente. Azvi contrató a Koldo y a su esposa Patricia, la cual nunca trabajó, por seis mil euros mensuales a cada uno más porcentajes de adjudicación. Curiosamente la empresa consiguió la contrata del arreglo y mantenimiento del tramo siniestrado por más de cincuenta millones de euros, certificando su finalización el pasado año. Se dedicaban a soldar railes esencialmente y, al parecer (repito, al parecer y a la espera de un peritaje más técnico), la soldadura del tramo adjudicado no es la más adecuada a la alta velocidad ni la más ajustada al precio abonado por ello.
Áridos Anfersa también contrató a Patricia, la esposa, que tampoco trabajó allí jamás. Fue la adjudicataria, entre otras, de la contrata de los travesaños en el tramo en cuestión, por más de cinco millones de euros. La citada mercantil se encuentra relacionada con Ábalos, con Tracsa, la cual va a cobrar ingentes cantidades de fondos europeos.
No podemos olvidar que el ex ministro y su mano derecha, se encuentran imputados y acusados a la espera de juicio por un posible delito, entre otros, del embolso de nuestro dinero en su bolsillo aprovechando su puesto en la adjudicación de contratas. No deja de pasarse por nuestra mente que, quizá, este enriquecimiento injusto se haya logrado, no ya sólo a costa de nuestra seguridad, sino incluso de nuestra vida. Es muy probable, cierto podría decirse, que una gran infraestructura de transporte ferroviario adolezca, por su deficiente ejecución y nefasto mantenimiento, de una enfermedad mortal de muy complicada y carísima solución, y que la inmensidad de la mordida se extienda a toda una banda organizada porque, este modo de actuar, se extiende más allá de los trenes: a las carreteras, las obras públicas, las presas, la gestión de fondos…y así podríamos seguir hasta el infinito.
El “jefe” sale por su televisión comprada. Tranquiliza a quienes aún le escuchan y creen afirmando que ha constituido una comisión de investigación. El caso es que dicha comisión, compuesta por ellos mismos, ha sido puesta en entredicho por la Agencia Ferroviaria de la Unión Europea, la cual ha manifestado que no fue independiente en su informe en el caso del accidente del Alvia del Angrois, ocurrido hace más de once años, sobre el que los familiares de las víctimas siguen derramando lágrimas a la espera de que Estrasburgo solucione el desaguisado de la justicia española.
Todo esto se tapa con la destrucción de la ley, a decretazo ilegítimo del desgobierno, y se diluye en un proceso de cataclismo de la justicia, a la que he dedicado mi vida profesional. La modificación de las normas organizativas del sistema judicial supone el colapso que lo va a llevar de la agonía a la muerte. Sin lugar a dudas, el fallecimiento de la justicia es la causa creada por los corruptos para lograr el efecto de su salvación.
Indaguemos en la profundidad el problema. El mundo es el resultado de la construcción mental de los individuos que lo componen. En tanto en cuanto las mentes se permitan ser manipuladas, ideologizadas, enfermadas por el miedo, asentadas en la comodidad, la egoicidad, el supuesto bienestar malvendido por los podridos, sustentado en el dinero, la posesión, el disfrute de lo externo que nos venden para ser deseado, la destrucción de los pilares de nuestra tradición, de los cimientos que soportan el devenir ordenado de lo justo, saludable, educado, culto, auto indagado y auto experimentado, nos va a conducir, irremisiblemente, a acostumbrarnos a vivir bajo este desorden insostenible. Es como un río de fuerza invencible que se lleva por delante la sacralidad, inunda a la población ahogándola, descarrila el tren por el que discurre su vida, quema los bosques que oxigenan las células del cuerpo en el que viven, los mata de hambre, lobotomiza (estando prohibida esa cirugía) sus mentes adormeciendo su pensamiento crítico y los inocula la enfermedad del pavor.
La corrupción es el arma letal más peligrosa de la actualidad. Nos está aniquilando. La verdad de los corruptos no es la verdad. Al final, sólo saldrá a la luz lo que quieran que conozcamos.
La bondad, la compasión, la entrega, aunque pretendan sepultarlas, permanecen adormiladas, pero vivas en nuestro interior. Siempre resurgen ante la tragedia. En todo caso, creo que ¡ya está bien! Es el momento de despertar y defender la memoria de nuestros muertos. Así que, levantémonos y despertemos de esta pesadilla irreal, escenario en el que los corruptos quieren que nuestras vidas discurran.
