La confluencia de sacudidas históricas en Estados Unidos durante los años setenta (Watergate, magnicidios, Vietnam, crisis energéticas…) desencadenó un estilo cinematográfico singular que mostraba la desazón social del momento. Esos filmes se alejaban de las corrientes comerciales y abordaban asuntos candentes en clave conspiranoica. El periodista Javier Márquez (Sevilla, 1978) ha dedicado su último libro (Las Sombras del Poder en 35 MM, editorial Muddy Waters Books) a analizar aquel fenómeno cultural que rima perfectamente con las turbulencias del mundo actual.
El género conspiranoico (fusión de conspiración y paranoia) es primo hermano del cine político y vivió su esplendor en los años setenta del siglo XX. Se puede saber cuál es el tipo de espectador (y/o lector) al que está dirigido cuando se lee una de las dedicatorias del libro: “Para todos aquellos que ponen en duda cualquier certeza”. Como se señala en el texto, “las películas conspiranoicas, más que vender entradas con giros argumentales, pretendían organizar el desconcierto. Y quienes las crearon entendieron que, más allá del éxito, lo que estaba en juego era un modo de compromiso, no partidista ni panfletario, pero sí profundamente moral: la certeza de que el poder debe ser observado con desconfianza, incluso cuando se presenta con rostro democrático. No era una moda. Era una necesidad”.
Para Javier Márquez, el cine conspiranoico “responde a una necesidad emocional colectiva” y “su mayor logro, quizá su gran legado, es haber sabido traducir al lenguaje cinematográfico el desconcierto moral y existencial de una sociedad que ya no sabía en qué creer”. Y añade el autor: “El tipo de desconfianza que narra -la institucional, la tecnológica, la mediática- no ha desaparecido, se ha transformado”.
Como cualquier obra de arte, las películas son hijas de su tiempo. Explica el escritor que “el asesinato de John F. Kennedy se convirtió en la piedra fundacional de la cultura conspiranoica contemporánea, el punto de partida donde el ciudadano estadounidense medio, por primera vez, empezó a mirar a su gobierno con recelo”.

En menos de cinco años se produjeron cuatro magnicidios en Estados Unidos: los asesinatos de los hermanos John y Robert Kennedy, más los de Martin Luther King y Malcolm X. Márquez destaca que “todos ellos con un mismo mensaje implícito: la reforma desde dentro no es posible. Quien sueña con cambiar el sistema termina con la cabeza reventada”. Considera que “en los años 70 las películas made in Hollywood eran capaces de poner en solfa el relato oficial sin por ello abrazar el delirio antisistema”. Y remacha: “A partir de ahí, el cine dejó de preguntarse qué había pasado y empezó a preguntarse: ¿qué nos están ocultando?”.
Se describe en las 326 páginas cómo “el cine norteamericano, en este tránsito de los años 50 a los 60, empieza a mirar al Estado con una mezcla de fascinación y pánico. La idea de que el poder pudiera mentir, manipular, incluso asesinar, ya no parece tan inverosímil. Todavía no se ha perdido la inocencia, pero algo se ha quebrado”. Y concluye: “Quizá el rasgo más distintivo del cine conspiranoico de los 70 es que no propone soluciones, sino que escenifica la impotencia”.
Escribe Márquez que “el poder en las sombras, ese que permanece inalterable más allá de mandatarios y directores ejecutivos, es hoy más peligroso que nunca, gracias a que ha conseguido convertir en cómplice silencioso a parte de la ciudadanía a través de su apatía sumisa”. De esa forma, “en los 70, el cine funcionó como un espejo colectivo que obligaba al espectador a enfrentarse a verdades incómodas. Hoy, cuando la mentira y la manipulación se han normalizado, necesitamos recuperar esa capacidad de incomodarnos”. La sentencia es tajante: “La verdad puede ser sustituida si la mentira está bien contada. Y eso, en los años 70 era una sospecha. Hoy, es una certeza”.

También se habla en Las Sombras del Poder en 35 MM de algunos protagonistas que modelaron el cine conspiranoico. El director Alan J. Pakula (realizador de Klute, El Último Testigo y Todos los Hombres del Presidente) es uno de los nombres esenciales del cine político moderno, al igual que Sydney Lumet (Network, Serpico o Veredicto Final, entre otras). Ambos “encarnan el espíritu del cine conspiranoico mejor que nadie” y son “los que mejor entendieron el malestar de su época”.
Como “actor-referente del cine conspiranoico, el libro señala al recientemente fallecido Robert Redford, con obras como Los Tres Días Del Cóndor, Todos los Hombres del Presidente, y más tarde en proyectos como Quiz Show / El Dilema (1994), Leones por Corderos (2007) o Pacto de Silencio (2012). Márquez explicó en la puesta de largo de su libro que “todos los Hombres del Presidente es una película histórica que se estrena en 1976. Nixon ha dimitido muy poquito antes y la guerra de Vietnam ha terminado también recientemente. Es una película que está caliente y no pudo contar la conclusión del caso Watergate, porque aún no había concluido. La producción de esta película requirió de la implicación de Robert Redford, el más fuerte en el elenco. El hecho de que él diese el paso adelante fue clave para que la producción se desarrollara. Es como si aquí en España nos planteamos en el 2005 una película sobre los atentados de Atocha de 2003”.
Y menos visibles, pero de trascendencia innegable, detrás de este fenómeno hay guionistas como David Mamet, Mike Gray, Dalton Trumbo o Paddy Chayefsky que también son esenciales para comprender la fuerza alcanzada por este tipo de películas en su día y su vigencia actual. Como señala Javier Márquez, “si algo distingue a este grupo de cineastas, guionistas y actores es que no se acercaron al género porque se tratase de una moda, sino por convicción. Volvieron a él una y otra vez porque para ellos no era un subgénero más, era una forma de mirar”.
El autor explicó durante la presentación de su ensayo algunos rasgos del espectador actual: “Cuando se sienta delante de una pantalla, no quiere tener que plantearse si los gobiernos actúan bien o actúan mal o si debería salir a la calle y manifestarse a favor o en contra de la guerra en Gaza. O quiere ver a cuatro superhéroes o a esta señora liándose con aquel señor y punto, y quedarse dormido en el sofá”.
Aparte del cambio de los públicos, el libro apunta también a los canales de distribución audiovisual como elemento decisivo para explicar el modelo cinematográfico de hoy: “Las plataformas tienen básicamente un aire o una intención de apaciguar, de adormecer. Mientras las películas que se abordan en Las Sombras del Poder resultan combativas, las plataformas están jugando en la liga contraria”.
El autor se preguntaba en la puesta de largo de su obra: “¿Qué nos aportaban esas películas? ¿Un lenguaje distinto? ¿Una imagen distinta? ¿Una jerarquía de combate? Voy a ser políticamente incorrecto. Por decirlo en terrenos taurinos, el sistema ha conseguido llevarse el toro a su presencia. Se ha llevado la población al sofá, le ha puesto la mantita encima y una pizza en la puerta de casa. ¿Y quién sale a manifestarse a las calles con lo calentito que se está en casa y lo a gusto que se está en el sofá? ¿Quién quiere, estando en un sofá calentito, ver un melodrama sobre un polaco perdido en la guerra de Irak?”.
También explica la influencia de la crisis periodística en el proceso del cambio de hábitos ciudadanos: “Hay muchísima gente, pero muchísima gente, que pasa por completo de ver el informativo de televisión, el periódico y la red, pero antes el informativo era lo que tenías en todas las cadenas a la hora de comer o a la hora de cenar. Si querías ver la tele, tenías que tragártelo y luego ya se veía lo que fuera. Pero ahora no, como están en la plataforma, te pones la serie o la película, con lo cual ya pasas por encima de la información”.

El volumen resalta también que “una de las cosas que nos trajeron las películas de los 70 era que tenían otro formato, otro lenguaje y otra estética. Y luego también la potencia simbólica, que es una de las cosas tratadas”. La idea inicial del libro era escribirlo entre varios autores, “hacer un libro coral”, y entonces” pensé escribir un par de capítulos, para definir el tono y me puse a ello. Me lo pasé tan bien que acabé escribiéndolo solo. Lo primero que redacté fue Los Tres Días del Cóndor, y luego Network (‘una de las películas proféticas jamás escritas’). Me lo pasé tan bien, que me puse con el tercero, Acción Ejecutiva (considerada por muchos historiadores de cine como la pionera absoluta del thriller conspiranoico moderno). Me estaba divirtiendo, porque me obligaba a ver las películas, a documentar el momento histórico y cultural, y luego analizarlas y reflexionar mucho. A continuación, me puse con Z, de Costa Gavras. Total, que al final comenté con mis amigos con los que iba a hacer el libro que ya había escrito el libro entero. Yo soy de los partidarios de cultivar con alguien con las obsesiones, pero salió así”.

El cinéfilo autor confiesa que “el motor del libro era reflexionar sobre por qué se hicieron aquellas películas y por qué no se hacen hoy ese tipo de películas. Muchas de las advertencias que lanzaron esos films se han cumplido: la manipulación mediática, la conspiración política, la degradación democrática, la indiferencia ciudadana…”.
El epílogo lleva por título “Va un candidato perdedor y asalta el Capitolio…” y enlaza aquellas experiencias fílmicas setenteras con las turbulencias del tiempo presente, medio siglo más tarde: “En los 70, el malestar encontraba un cauce cultural, una expresión artística que convertía el miedo en relato compartido. Hoy, en cambio, el malestar se dispersa en redes sociales, en quejas aisladas, en bulos que refuerzan trincheras ideológicas pero rara vez producen obras capaces de generar un debate colectivo”. Cree el autor que el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 “podría haber salido directamente de un guion de Sydney Lumet o Alan J. Pakula”, y se pregunta “¿qué gran película ha surgido de ese episodio?”, lo que de alguna manera supone la constatación de que el cine de evasión “ha ocupado todo el espacio, asfixiando cualquier intento de construir relatos críticos con el presente”. Tras advertir de que hoy “la indignación se consume rápido y la mentira no tiene coste político” o que “la mentira ya no destruye carreras, se convierte en estrategia”, Márquez piensa que “las profecías del cine conspiranoico se han cumplido con una precisión escalofriante. La televisión narcotiza, los gobiernos conspiran, las corporaciones deciden nuestro destino, el periodismo se tambalea y la ciudadanía ha caído en una peligrosa indiferencia. No se trata ya de advertencias, es la descripción de nuestra vida cotidiana”.

Doce películas sin piedad
Javier Márquez Sánchez señala que uno de los trabajos más complicados del libro ha sido la criba de películas idóneas para desarrollar con coherencia la tesis de la obra. “La lista es infinita y efectivamente había que seleccionar”, explica. En total, se han tamizado doce títulos cuyo arco temporal abarca desde 1969 hasta 1982.
Las películas que finalmente aparecen en negro sobre blanco son las siguientes: Z (1969), Punishment Park (1971), Acción Ejecutiva (1973), Serpico (1973), La Conversación (1974), El Último Testigo (1974), Los Tres días del Cóndor (1975), Todos los Hombres del Presidente (1976), Network, un Mundo Implacable (1976), Capricornio Uno (1978), El Síndrome de China (1979) y Veredicto Final (1982). Estos filmes los valora como “manuales éticos, modelos estéticos, huellas culturales que aún hoy siguen irradiando verdad”.
Al autor le afligió no incluir películas como Missing (“la tuve que dejar fuera y me dolió horrores, pero tenía que redondear el número”) o Estado de Sitio, ambas del director franco-griego Costa-Gavras. En todo caso, el texto está salpicado de títulos que giran en órbitas similares a los seleccionados, como El Mensajero del Miedo (1962), de John Frankenheimer; Siete Días de Mayo (1964), también de Frankenheimer; The War Game (1965); Marathon Man (1976); El Príncipe de la Ciudad (1981); JFK: Caso Abierto (1991); Copland (1997); Enemigo Público (1998); Training Day (2001); La Vida de los Otros (2006); La Sombra del Poder (2009), o La Verdad (2025), entre otros muchos.

