La mitología griega es uno de los más valiosos legados de la antigüedad, un vasto compendio de referencias morales y sapienciales al que siempre es posible acudir para, sumergiéndose en él, verse reflejado en sus múltiples personajes.
No soy experto en ese mundo inabarcable y casi olvidado para desgracia de nuestros días, pero el caso es que últimamente me ha dado por repasar la historia de algunos mitos helénicos de los que aún queda memoria. Dos han sido los protagonistas de mis apresuradas lecturas, cuyas vidas —cuyas construcciones literarias— son en cierto modo paralelas. Odiseo (Ulises) y Jasón emprenden sendos viajes que persiguen nobles causas, que en el fondo no son más que excusas para que el vate reflexione y aleccione sobre las contradicciones de la naturaleza humana. Viajes iniciáticos, aventuras que se suceden unas a otras y que, concentradas en un fabuloso protagonista, nos hablan de pasiones, de ambición, de triunfos, miserias y fracasos. No hay que olvidar que los mitos son relatos, creaciones colectivas de un pueblo que, a lo largo de los años, de los siglos, intentan dar sentido y explicar la realidad y las inquietudes nunca resueltas del hombre. Gilgamesh, los 50 capítulos del Génesis o el mito de las Moiras no fueron ocurrencias de una tarde.
Odiseo es uno de los principales protagonistas de la Ilíada. Él es el héroe astuto y multiforme que convence a Hércules para ir a Troya, el guerrero que desafía, aconseja e interviene en numerosos episodios de aquel asedio singular y el que, finalmente, idea la artimaña vencedora del caballo de madera que hará que la ciudad sucumba definitivamente. Después, ya se sabe, la vuelta a Ítaca (la Odisea, propiamente dicha), mezcla de busca de experiencias, de anhelo de regreso al hogar y de sometimiento al capricho de los dioses, padeciendo su cólera y disfrutando de sus favores.
Jasón, por su parte, es el héroe esforzado que, embarcado con los argonautas que él mismo reclutó, supera con arrojo las pruebas a las que se ve abocado en busca del vellocino de oro, El Dorado de la antigüedad. Menos astuto pero igual de sobrado que el viejo Ulises, también culmina con éxito la temeraria empresa y también le espera un retorno a la patria cargado de peripecias recreadas por el mito.
Pero para mí, lo más interesante de ambas epopeyas, tan semejantes en apariencia, es la vuelta a casa de los dos navarcas, una vez pasado el tiempo de la fogosidad y las correrías por tierras extrañas. El cómo afrontan su nueva realidad, el definitivo destino que les aguarda cuando uno y otro han perdido su pletórica juventud.
En un primer momento, a ambos les cuesta reconocer la situación sobrevenida que les convierte en actores secundarios, y —no pueden evitarlo— siguen dando guerra. Así son los héroes, así somos todos. Odiseo, genio y figura, no sabe templarse y hasta el final, demuestra su cara desafiante ante el mundo. La leyenda quiere que, versiones aparte, muera de mala muerte a mano de uno de sus hijos.
Jasón, en cambio, tras la tragedia de Medea, que más bien es la suya —violencia vicaria por parte de la vehemente amada—, pasa sus últimos días solo, anciano (anciano significa sabio), meditando a la sombra del Argo, a modo de último refugio, hasta que la vieja nave (los recuerdos, los errores, lo que fue, lo que no llegó a ser…) se vence, lo aplasta y muere. Penoso u honroso final, decídalo cada cual, pero plenamente humano y atemporal. Es lo que tienen los mitos.
Todos vivimos surcando el Ponto tratando de dirigir nuestra embarcación lo mejor que podemos. Pero no hace falta doblegar ciudades, ni enfrentarse a las harpías, ni matar dragones para que la travesía tenga éxito. El simple hecho de llevar una vida ordenada con su necesaria dosis de riesgo (amar es arriesgarse) ya es una odisea excitante. ¿A qué más podemos aspirar? La cuestión es cómo regresaremos a Ítaca. O a Yolcos. Y, sobre todo, cuánto tardaremos en reconocer que la nave de la que nos creíamos capitanes ya no volverá a zarpar, algo que ni Ulises ni Jasón supieron aceptar una vez retornados a su patria. Porque si somos sabios, o sea ancianos, podremos descubrir que otro viaje más sosegado y provechoso puede comenzar en ese momento, lejos de tanto oleaje. Odiseo no tuvo tiempo de saborearlo. Jasón sí, refugiándose en la sombra de lo que fue.
Los griegos no leyeron a Borges, otro mito de nuestro tiempo. Si hubieran podido hacerlo, Homero habría hecho declamar a alguna de sus criaturas estas palabras del genio rioplatense: «Después de un tiempo, uno empieza a aprender… y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy… Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores».
Borges, en su lúcida ceguera, llama al retiro interior. Y es que puede que este sea el único mástil al que amarrarnos cuando ya estamos de vuelta de todo, la proa privilegiada desde la que observar el mundo sin necesidad de rapsodas que nos adulen una vez que hemos tocado tierra.
Al final va a resultar, quién lo iba a decir, que el personaje más sabio, el mito más revelador es el de Penélope, la mujer prudente y fiel que comprendió que no era necesario partir hacia lo desconocido para encontrar un sentido a la vida. Tejer y destejer. Actuar con pleno dominio de uno mismo, con plena consciencia, con plena libertad. Un día tras otro. A lo mejor no se trata más que de eso. Pero muchos de nosotros, enredados en una urdimbre de deseos y pretensiones, nos daremos cuenta demasiado tarde de esta delicada verdad que los dioses tratan de ocultarnos con sus cantos de sirena.
