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Santo Tomé, un Carnaval de aúpa (I)

por Guillermo Herrero Gomez
25 de enero de 2026
Vaquilla de carnaval.

Vaquilla de carnaval.

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La siempre caprichosa etnografía, dedicada al estudio descriptivo de la cultura popular, tiene una deuda pendiente con Santo Tomé del Puerto: el análisis y puesta en valor de su Carnaval, hasta ahora eclipsado por otras fiestas carnavalescas de la provincia. El olvido del que ha sido objeto debería, en primer lugar, inducirnos a los etnógrafos a entonar el mea culpa y, a renglón seguido, proceder a la reparación de tal desatención en el menor plazo posible. Porque el Carnaval de Santo Tomé del Puerto es, sin duda, una manifestación festiva de aúpa. Y hay que reconocer que si no ha recibido en los últimos años la atención merecida no fue por falta de interés cultural. El de Santo Tomé del Puerto es un Carnaval que tiene historia, mantiene el espíritu primigenio de la función y, además, hasta épocas recientes ha estado poco contaminado por influencias exteriores.

En Santo Tomé del Puerto, el Carnaval “era sagrado”. “Podía caer una nevada hasta la rodilla, pero había que participar sí o sí”, resume María José Ruiz. En tiempos lejanos, cada uno de los barrios del municipio celebraba su Carnaval, de forma independiente. “Villarejo organizaba su Carnaval, Rosuero el suyo y La Rades el suyo”, asegura Antonio Burgos, quien agrega que, eso sí, la fiesta era “similar” en los tres núcleos, con la participación de los mismos personajes (‘la vaquilla’, ‘el oso’, ‘los remudaos’…). De aquella etapa todavía se recuerdan las “luchas de vaquillas” en el puente situado en ‘el Riatejo’, un paraje entre Villarejo y Rosuero. “Era una simulación de lucha entre los vaquilleros de los dos barrios, para ver quién empujaba con los cuernos a la otra vaquilla hacia su terreno”, relata el propio Antonio Burgos.

A pesar de las mil vicisitudes por las que ha pasado el Carnaval, “en Santo Tomé del Puerto nunca se dejó de celebrar”, insiste la octogenaria María del Sagrario Benito. Ni siquiera su prohibición, en plena Guerra Civil, logró erradicarlo. Y los vecinos siguieron remudándose en la dura posguerra. “Aquí se celebraba a escondidas. Y en cuanto veíamos que venía la Guardia Civil –confiesa María del Sagrario Benito-, ¡máscaras fuera!, y nos quedábamos con la ropa normal”.

La concentración de todas las actividades en un único Carnaval se produjo más tarde, ya en la década de los años 60, a consecuencia de que “cada vez emigraba más gente y había menos juventud”. No obstante, se mantuvo, sin grandes cambios, la función pretérita. “El Martes de Carnaval era un día de diversión. Aunque todo el mundo trabajaba por la mañana, después de comer se dejaba el ganado y la gente se remudaba, con cualquier cosa”. Remudar es el verbo fundamental del Carnaval de Santo Tomé del Puerto. Conviene entender el significado de esta palabra. Remudar, según la tercera acepción de la palabra en el diccionario de la RAE, es “ponerse otra ropa o vestido”. Y así era, en efecto. “Aquí no había disfraces –subraya María José Ruiz-; la ropa que te ponías era la que encontrabas en el desván, que ya estaba vieja”. Una combinación de la abuela, el abrigo roto de un tío que estaba allí tirado… “El caso era cambiar de ropa ese día. Y luego te tapabas la cara”. Un atuendo humilde, pero capaz de asustar a los más pequeños. “Cuando los remudaos pasaban por delante de las ventanas de la escuela, nos daba tal susto que nos metíamos debajo de las mesas”.

Grupo de mujeres preparando la vaquilla.
Grupo de mujeres preparando la vaquilla.

La aparición en escena de la ‘vaquilla de Carnaval’, la tarde del martes, resultaba el momento más esperado. Llegados a este punto, conviene recordar que la ‘vaquilla de Carnaval’ no hace referencia a un animal real, como los que se torean en las funciones patronales del estío, sino que es una pantomima de inmemorial origen, consistente en el sacrificio simbólico de una ‘vaquilla’, construida con un armazón de madera, y en cuyo extremo delantero se ponen los cuernos de un toro. ¿Presenta alguna singularidad la ‘vaquilla de Carnaval’ de Santo Tomé del Puerto? La contestación es afirmativa. A diferencia de la vaquilla más extendida en Segovia, que podría denominarse ‘tipo Arcones’ -en la que la estructura de madera se coloca sobre la cabeza del mozo-, la de Santo Tomé del Puerto está cubierta íntegramente por una sábana blanca, quedando en su parte superior una apertura por la que emerge el busto del joven. “Esta vaquilla –explica Aniceto Soriano- va apoyada en los hombros. Para mí, este sistema es mejor que otros que he visto, pues si vas corriendo llevas a la vaquilla bien sujeta”. Así las cosas, podría decirse que la vaquilla de Santo Tomé del Puerto se asemeja al modelo soriano, cuya quintaesencia es ‘la Barrosa’ de Abejar.

Adornada con flores de papel de diversos colores, hechas por las mozas, y con un cencerro en la parte trasera, la vaquilla debía ser acarreada por los quintos del año. Los miembros de ese grupo sorteaban quiénes debían ejercer de ‘vaquilleros’, que así se llamaba al que portaba la vaquilla y sus dos acompañantes. Ese trío se iría turnando para llevar a la vaquilla, en la que dominaban dos colores: el blanco y el rojo. El pantalón y la camisa de los vaquilleros eran totalmente blancos. Y la cara y las manos se pintaban con almazarrón, una arena arcillosa recogida en los pueblos rojos cercanos a Riaza, sobre todo Madriguera, y “usada habitualmente por los pastores cuando debían señalar alguna oveja”.

Durante un buen rato, la vaquilla y sus acompañantes perseguían a los remudaos. Llevaba la vaquilla una cuerda, con la que los acompañantes, cuando lograban prender a un remudao, le ataban y arrimaban por la fuerza hasta el simulado animal, que podía así amurcarle. Cuando finalmente corneaba a un remudao, la vaquilla “te pasaba el cuerno por las nalgas, y no te hacía ninguna gracia”, indica María del Sagrario Benito. Como es lógico, cada año los vaquilleros cambiaban. “Algunos años las cogidas eran más suaves, pero también recuerdo un año que los vaquilleros eran brutos como ellos solos y si no te rompían el cancán no se iban a gusto a casa”. Si el remudao era chica “se ensañaban un poco más”, confiesa Antonio Burgos.

Personaje característico del Carnaval de Santo Tomé del Puerto era ‘el oso’. Pero, a pesar de su denominación, no aparecía caracterizado como un auténtico oso. “En realidad no era un oso. Representaba a una fiera, que iba encadenada”, refiere Antonio Burgos. ‘El oso’ vestía un traje enorme, elaborado con sacos de pita y relleno de hierba, bastante parecido al de los tripudos de Arcones. Y, en la cabeza, portaba una peculiar máscara de contención, a modo de bozal, que evoca, vagamente, la utilizada en la película ‘El silencio de los corderos’ (1991) por Hannibal Lecter. “Aunque ‘el oso’ iba atado, cuando veía críos hacía como que se abalanzaba sobre ellos, y eso les causaba terror”, agrega Antonio Burgos. Según rememoran los vecinos de mayor edad, la mencionada máscara, que descansaba sobre los hombros de su portador, “era como una caja cuadrada”, en forma de cubo, construida con tablas finas, de madera de pino, simulando barrotes. La parte superior de la máscara se tapaba con una piel de oveja, cabra o jabalí. La apariencia animal del personaje se completaba con unos cuernos de carnero, cosidos o atados, que quedaban colgando de la máscara, “como cuando se desuella un bicho”.

La vaquilla, corriendo.
La vaquilla, corriendo.

Aniceto Soriano sostiene que “la máscara se dejó de hacer de madera porque era muy pesada”. “Un año –revive- un chaval que iba vestido de oso se cayó de cabeza a la fuente de la plaza, y no había gitano que le moviera, mientras él no paraba de gritar que se ahogaba”. Tras aquella angustiosa experiencia, se empezó a hacer la máscara de cartón. “Interpretar el papel de oso no era fácil –defiende María del Sagrario Benito-; exigía tener que ir metido toda la tarde en un traje con el que apenas podías andar, y con el que se veía con dificultad”. Por eso mismo, quien ejercía de oso solía ser un hombre mayor, capaz de aceptar de buena gana las órdenes del “domador” (también llamado “el dueño del oso”), que de vez en cuando le pedía que bailara o hiciera alguna pirueta para divertimento del público.

El ‘oso’ de Santo Tomé del Puerto requeriría de un estudio en profundidad, por su relieve. A primera vista, da la impresión de estar emparentado con la larga nómina de personajes carnavalescos de aire demoniaco que recorren gran parte de la Península Ibérica. En esa lista figuran los “zamarrones” de Asturias, los “zafarrones” de la montaña de León o el “zarrón” de Atienza. Julio Caro Baroja asegura que todos ellos son “personajes antiquísimos” y “venga o no venga del árabe la forma medieval ‘zaharrón’ son anteriores a ella sin duda alguna”. Habrá, pues, que seguir investigando…

Aunque hasta aquí se ha hablado del ‘oso’, lo cierto es que habitualmente no era un personaje, eran dos: ‘el oso’ y ‘la osa’. E, incluso, hubo años en el que desfilaron tres ejemplares, como evoca David Soriano.

‘La vaquilla’ y ‘el oso’ acaparaban casi todas las miradas del público, pero los principales protagonistas del Carnaval de Santo Tomé del Puerto resultaban ser “los remudaos”, que básicamente se podían identificar por una sencillísima máscara, llamada por algunos “la talega”, pues se trataba de “una pequeña bolsa de tela de las que normalmente se usaban para llevar la merienda”, a la que, llegado el momento, se hacía dos agujeros a la altura de los ojos. “Era una máscara hecha para salir del paso”, resume María del Sagrario Benito. Algunas veces, la talega se pintaba; pero no era obligado. Desde luego, resulta difícil encontrar algo más simple. Eso sí, no era cómoda, pues “tenías que ir todo el rato tirando de la talega para abajo, a la altura del mentón, porque si te descuidabas un poco los ojos dejaban de ver por los agujeros que habías hecho”. “Como ibas con la cara tapada, te sentías con libertad para hacer bromas”, indica María José Ruiz. Se realizaban, en general, pequeñas bromas que todo el mundo consentía. “Por ejemplo, te llenabas los bolsillos de ceniza, que luego echabas a la gente con la que te encontrabas. O llevabas un cubo de agua y una escoba e ibas mojando la gente. O hacías volar una boina. Ese día valía todo”. José Luis Puerto, pionero en el estudio del Carnaval de Santo Tomé del Puerto, escribe en su libro “Ritos festivos”, que “algunos de los remudaos llevan en los bolsillos papelillos de papel o harina, que van tirando a la gente. Otros llevan una máquina de fotografías que, en vez de sacar retratos de verdad, echa agua y empapa al que se pone delante de ella”.

Estructura de la vaquilla.
Estructura de la vaquilla.

“Un año, en Rosuero –relata Isabel Burgos, a modo de anécdota- fuimos mi madre y yo, que iba remudada, a casa del señor Pedro. Y mi madre le dijo a la señora Consuelo: ‘No se quien será esta remudada, pero se arrimado a mí y dice que tiene hambre y sed’. Y la señora Consuelo salió con un trozo de pan y una tajada de chorizo. Y el señor Pedro con el porrón. Y yo allí, sentada en una piedra, me comí todo y di un trago al porrón”.

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Este reportaje ha sido realizado gracias a entrevistas realizadas a Antonio Burgos (67 años), Serafín de Diego (57), Aniceto Soriano (78), María Dolores de las Heras (58), Concha Revilla (52), Alba de Diego (22), María del Sagrario Benito (80), María José Ruiz (59), Ángel Ruiz (74), Puri Nogales (61), David Soriano (50), Manuela Sanz (81) e Isabel Burgos (74).

(*) Instituto de la Cultura Tradicional ‘Manuel González Herrero’.

Continua en la edición del próximo domingo.

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