Villacastín es, a primera vista, un alto en el camino. Está donde la meseta se estira, entre Segovia y Ávila, y durante siglos ha sido eso: un lugar de paso, de cruces y de encuentros. Pero basta con salirse un poco de la inercia de la autovía para descubrir que aquí el viaje cambia de ritmo. Villacastín no se visita con prisas; se saborea como esos pueblos que guardan más historia de la que presumen.
El gran imán es la iglesia de San Sebastián, un monumento que sorprende por su escala y su presencia. Su silueta domina el casco urbano y, cuando uno se acerca, entiende por qué: es una de esas construcciones que hablan de una época en la que la fe, el dinero y las rutas comerciales se daban la mano. Recorrerla con calma es leer piedra y madera como si fueran páginas: retablos, capillas, detalles que invitan a mirar dos veces. Es el tipo de visita que, incluso para quien no sea especialmente de iglesias, termina funcionando como una lección de arte y de historia local. Mejor llamar a Turismo para concertar la visita, porque no abre todos los días. Alrededor del templo, el pueblo conserva un aire castellano sobrio y fotogénico: calles tranquilas, plazas donde todavía apetece sentarse y observar, y ese equilibrio entre lo cotidiano y lo antiguo que hace que la cámara del móvil trabaje sola. El paseo por el casco es sencillo pero agradecido, ideal para una parada larga o para una mañana de domingo con vermú incluido.

Los tiempos de la trashumancia han dejado huella y quedan vestigios de la riqueza que trajo a la zona. Estás las casas nobiliarias de las familias de la Torre y los Pérez de la Concha, el palacio de los Madrazo, el de los Condes de Alba Real y el de los Condes de Campo Alanje. La fuente de San Juan y el puente de las Merinas vieron pasar los rebaños y los pastores rezaban en las ermitas de la Virgen del Carrascal, la de los Esclavos, la de La Caridad, el Santo Cristo del Valle o el Cristo de la Veracruz. Es un destino perfecto para quienes buscan turismo tranquilo: aire, silencio y esa sensación de espacio que en las ciudades se echa tanto de menos.
Y luego está la gastronomía, que aquí se entiende como parte del viaje. Villacastín es un buen lugar para sentarse a comer sin postureos: cocina castellana, platos contundentes cuando toca, y ese gusto por lo sencillo bien hecho. Si el plan es de fin de semana, merece la pena llegar con hambre y dejar que el menú haga el resto.
Villacastín no compite por ser el pueblo más nada. Su encanto está en lo auténtico, a la sombra en su iglesia monumental, en su paseo sin artificios, en su paisaje abierto y en la calma de una Castilla que se muestra tal cual. Para el viajero que sabe que los mejores destinos a veces son los que no se anuncian a gritos, Villacastín es una sorpresa serena y muy agradecida.
