No ser fino de oído no es impedimento para tener una afición para la que el tímpano es uno de los principales protagonistas, me refiero a la música y en esta ocasión a la música orquestal, llamada hábilmente clásica. El tener en el programa de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León un repertorio que no tienes en tu más o menos variada discoteca no te produce más desacuerdo que utilizar “internete” y encontrar en su amplio fondo dicha interpretación. Esto me ha ocurrido con Variaciones para orquesta, op. 56ª de Arnold Schönberg. En mi teca tengo Noche transfigurada, versión para orquesta de cámara y Sinfonía de Cámara nº1 para 15 instrumentos solistas, por Tapiola Sinfonietta, pero respecto a la pieza nombrada que ha sido tocada en el Auditorio Miguel Delibes en la sala principal Jesús López Cobos hay que hacer caso a Stravinski:” No basta con oír la música; además hay que verla”. Es lo que ocurre cuando asistes a una sala de conciertos y tienes la suerte de conocer a un buen número de los maestros que interpretan las partituras. Al mixto plantel musical los has escuchado en anteriores repertorios en el Teatro Carrión, en el Teatro Calderón y en diferentes grupos de cámara, con miembros de la orquesta, en el Teatro Lope de Vega, actualmente en plena reforma, y esto te acerca un poco más a la música sinfónica, a través de la amistad con ellos y con ellas. De ahí que ha sido deleitoso estar presente en una butaca de dicho Auditorio escuchando las Variaciones de Schönberg, por la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.
Junto a este dodecafónico concierto hemos podido escuchar: Variaciones sobre un tema de Haydn en si bemol mayor, op. 56ª de Johannes Brahms y el siempre majestuoso Ludwig van Beethoven y la Sinfonía n.º 8 en fa mayor, op. 93. A la que él llamaba “mi pequeña sinfonía en fa”. La interpretación de la octava sinfonía recibió bravos y calurosos aplausos, teniendo que salir el director Erik Nielsen más de tres veces y agradecer con la Orquesta el respeto al público asistente. Gracias.