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Epidemias en Aguilafuente en el siglo XVIII

por Juan Jesús Díez Sanz (*)
12 de enero de 2026
Santo Cristo_de_La_Peña._Aguilafuente. Foto de José Antonio Santos.

Santo Cristo_de_La_Peña._Aguilafuente. Foto de José Antonio Santos.

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Una vez analizados los siglos XVI y XVII en mi artículo “La Peste y otras epidemias en Aguilafuente (Segovia), S.XVI y XVII”,  publicado en el Adelantado de Segovia de fecha 22 de Agosto de 2021, queremos adentrarnos en el siglo XVIII, ya que contamos con los libros parroquiales de difuntos, al completo, sin que nos falte ningún año, de las dos parroquias, San Juan y Santa María, las dos en plena actividad religiosa a lo largo de todo el Siglo XVIII.

También contamos con diferentes censos de población para corroborar el aumento o disminución  de la misma.

Así en 1693 tenemos el censo publicado por Felipe Ruíz Martín en que nos aporta la cifra de 84 vecinos que multiplicado por 5 nos da 420 habitantes. (1)

El Catastro del Marqués de la Ensenada nos comunica un censo, en 1752, de 210 vecinos que multiplicado por 5 nos da 1050 habitantes. En 50 años se ha duplicado la población. (2)

El otro censo que disponemos es de 1772, obtenido de los datos que los curas párrocos mandaron al obispo de Segovia Don Juan José Martínez de Escalzo y publicado por la Sociedad Económica de Amigos del País de la provincia de Segovia, con la cifra de 233 vecinos que multiplicado por 5 nos ofrece la cifra de 1165 habitantes. En 20 años hay una ligera recuperación de la población, no tan fuerte como en la primera mitad del siglo.

En todos los años del s. XVIII hay grandes epidemias, pero también años de recuperación, donde los matrimonios son frecuentes, pues los hijos heredan las propiedades del padre y se pueden casar, y las viudas jóvenes también se vuelven a casar, por lo que los nacimientos son más abundantes, hay una recuperación natural.

La bibliografía en la que me he  apoyado, además de la “Historia de Aguilafuente (Segovia). Causa de la Imprenta Española”, 3ª Edición, Alcalá de Henares 2003, de Juan Jesús Díez Sanz, donde tenemos, en su página 153, la relación de difuntos desde  1700 a 1808, sumadas las dos parroquias, ha sido la obra de Vicente Pérez Moreda “Las crisis de mortalidad en la España interior. Siglos XVI-XIX” publicado por la editorial Siglo XXI, Madrid 1980.También se ha consultado a Joaquín de Villalba en “Epidemiología española, o historia cronológica de las pestes, contagios, epidemias y epizootias que han acaecido en España, tomo II, Madrid 1803.

Las mortandades en Aguilafuente hacían que los campos no se trabajaran por falta de mano de obra, lo que traía malas cosechas y sus posteriores hambrunas, influyendo en un aumento de la mortalidad. Ante esta frecuente influencia de las malas cosechas en la alimentación y falta de resistencia a las epidemias, he trabajado la obra de Gonzalo Anes Álvarez “Las crisis agrarias en la España moderna”, Madrid 1970.

A comienzos del siglo XVIII hay unos cinco años de tranquilidad, donde se da la tasa menor de fallecimientos de todo el siglo, en 1700, con solamente 14 fallecimientos. También es verdad que la población, como hemos visto, era de aproximadamente 500 habitantes.

A partir de 1702 a 1713 pasamos a tasas superiores a los 30 muertos anuales, con algunos respiros como en 1705 y 1710, los años más letales son 1708 con 54 muertos y 1711 con 51 muertos.

Si hacemos caso a los estudios de Vicente Pérez Moreda, que ha consultado numerosas fuentes, la Guerra de Sucesión Española (1700-1715) hizo mucho daño en los campos, allí por donde pasaba, además de propagar el tifus, y esto sucede a partir de 1706, en que pasaron por la zona centro, Madrid, Guadalajara, Soria.

Las enfermedades propias del invierno: gripes, catarros, enterocolitis, etc. Además de las malas condiciones climáticas, por culpa de la sequía en 1705-1706, las lluvias torrenciales y el frio en 1708-1709. “Honda depresión en la cosecha de trigo, cebada y centeno en Mozoncillo y Otero de Herreros de 1705 a 1710”, muy cercanos a Aguilafuente. (3)

Coincidiendo con el final de la Guerra de Sucesión, en el tratado de Utrecht de 1713, tenemos 5 años  de tranquilidad hasta 1718 en que aparecen cifras elevadas de 61 muertos, pudieron ser debidas a las malas cosechas y a un elevado porcentaje de la mortalidad infantil con sus enfermedades propias.

Nuevamente entre 1719 y 1725, la normalidad se mantiene durante 7 años. Las campanas de las torres de las iglesias comienzan en 1726 a tocar más de lo habitual durante 10 años seguidos hasta 1736, con un año de excepción 1728 con sólo 27 muertos, cuando en esta década hay años de 92 y 88 difuntos como en 1729 y 1730.

La causa de esta epidemia 1726 a 1736, según Vicente Pérez Moreda, la achaca a epidemias locales de tifus y gripes, “fiebres malignas”, “enfermedad epidérmica catarral”, “peripneumonías”, son fenómenos de carácter menor, independiente de las crisis agrarias, ya que fueron años afortunados en lo que a producción agraria se refiere. (4)

Nuevamente y después de un pequeño periodo de normalidad de 4 años, 1737 a 1740, vuelve la mortalidad infantil a disparar las cifras de difuntos en el periodo central del Siglo XVIII, desde 1741 a 1753, coincidiendo con los meses de invierno, dada la falta de condiciones de habitabilidad de las casas y las escasas medidas higiénicas, que repercutían en el sector más débil de la sociedad: la infancia.

Las enfermedades que más afectaban a la población de “párvulos”, es decir los nacidos en edades inferiores a los siete años, edad del comienzo del raciocinio, según la iglesia católica, eran: la viruela, el sarampión, la tosferina y la difteria que era superada mejor por la población adulta.

Remiten las epidemias durante 5 años, de 1754 a1758, y vuelven entre 1759 a 1771, aquí la causa principal fue el paludismo. (5)

Aguilafuente con numerosas fuentes públicas y rodeado de lagunas por su parte occidental y muy  cercanas a la población, el paso de arroyo Malucas por medio de la villa, malas medidas higiénicas en las calles y en las casas, permitían la propagación de mosquitos en los periodos calurosos, convirtiéndose, con el tiempo, en una enfermedad endémica y muy difícil de erradicar.

Al paludismo también se le conoce como “fiebres tercianas”, daban la cara al tercer día de incubación y se producían en “lagunas podridas” cuyos “vapores” eran malignos. (6).

Afectaba el paludismo a los menores de 5 años, pues la población adulta resistía mejor la enfermedad, llegando al 50% de las defunciones totales producidas en la villa a lo largo del año.

La medicina curativa del paludismo se había reducido exclusivamente al uso de refrescos y al abuso de vomitivos y sangrías, incluso con el uso de vinagre.

Pero el remedio más eficaz, conocido, era la “quina”. Tenía propiedades antifebriles y ya se conocía en España desde 1631, a través de los jesuitas que lo observaron en los indios del Perú.

En la primera mitad del siglo XVIII hay un intenso tráfico de quina, por lo que empieza a escasear o bien se adultera con otras sustancias, teniendo problemas con la población afectada.

Entre 1772 a 1777 hay 6 años de normalidad en el número de muertos, que se altera entre 1778 a 1781, produciéndose la cifra más alta de mortandad de todo el siglo XVIII, 117 muertos solamente en el año 1780, cuando lo normal era la muerte de 25 personas. Las campanas de las iglesias se rompían de tanto “tocar a muerto”.

La causa de esta crisis fue la combinación de las fiebres tercianas o paludismo, endémico en la villa, con las enfermedades infantiles de la viruela, sarampión, tosferina y difteria.

Nuevamente se vuelve a la normalidad entre los años 1782 a 1785, cuatro años solamente, volviendo el paludismo con todo su rigor en la década de los ochenta y noventa, desde 1786 a 1798, con dos años de relativa calma, 1796 y 1799, quizás podemos sospechar que pueden ser despistes de anotación en niños “párvulos” a los que no se daba importancia.

“En Escalona (Segovia), las tercianas han sido pocas porque se ha tenido sumo cuidado de precaverse de los corrales, muladares y estanques de aguas corrompidas”. (7)

En Pedrajas de San Esteban (Valladolid), “Era su vecindario de 300 vecinos y en el año 1786 hubo un grande contagio o enfermedad que se cerraron cien casas, mediante la mortandad que hubo en dicha villa”. (8)

Además del paludismo, como enfermedad endémica, tenemos en Aguilafuente en el S. XVIII, la viruela que afectaba, principalmente, a los más pequeños, pero también a mayores. Producía la muerte o dejaba deformaciones físicas y sobre todo la ceguera. Se propagaba por contagio directo  interpersonal, a los afectados se les recluía en sanatorios llamados “lazaretos”, ya que la peste estaba fuera de la Península.

El descubrimiento de la vacuna por el francés Jenner en 1796, hizo que en España se introdujera en 1800 y rápidamente se aplicó en nuestro país y en las colonias americanas.

Las vacunas son la solución más importante para combatir las epidemias. Por eso después de ver el sufrimiento de la población española y en particular la villa de Aguilafuente en el siglo XVIII, tenemos que mentalizarnos para aceptar la vacunación como una necesidad prioritaria.

_______

Juan Jesús Díez Sanz, Cronista Oficial de Aguilafuente (Segovia)

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