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Pugna geopolítica por los seis materiales que mueven el mundo

por Miguel López
11 de enero de 2026
materiales
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El petróleo es uno de los grandes protagonistas en la reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Trump repitió una veintena de veces la palabra que designa al combustible fósil durante la rueda de prensa donde explicó la captura (ilegal, según The New York Times) de Maduro. La importancia mundial del oro negro se conoce de sobra tras las crisis energéticas del pasado, pero conviven junto al petróleo otros cinco elementos mucho menos apreciados que explican las convulsiones geopolíticas del planeta: arena, sal, cobre, hierro y litio. Las grandes potencias necesitan esas materias primas más que nunca para destacar en el nuevo mapa del poder que se dibuja ahora.

La base de nuestra civilización está formada por materias físicas y no solo por software o desarrollos galopantes en la Inteligencia Artificial. La información, las comunicaciones y la era digital no podrían continuar ni un minuto más sin los cimientos materiales por los que circulan, algo que se constata dolorosamente en períodos de guerra, escasez o crisis. Gigantes famosos como Apple, Tesla, Amazon o Google dependen por completo de empresas prácticamente desconocidas como Wacker, CATL, Codelco, Shagang o TSMC, dedicadas a convertir las ideas en realidad tangible.

Las materias sobre las que se sustenta el latido cotidiano en países como España y resto de economías desarrolladas son seis, como plantea el economista y escritor Ed Conway en su reciente libro Material World (Editorial Península). El autor expone dos preguntas al comienzo de su obra: “¿Cuáles son las materias de las que realmente dependemos? ¿Cuáles son los ingredientes físicos sin los cuales la civilización se detendría y de dónde proceden en realidad?”. La respuesta se encuentra en esos materiales sobre los que gira la historia presente y ofrece las claves del mundo tecnológico en ciernes: arena, sal, cobre, hierro, petróleo y litio.

Los medios de comunicación suelen orillar la importancia de los recursos físicos frente a la deificación de intangibles como el software, la gestión de datos (y la nube donde millones de personas los almacenan) o la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, prácticamente nada en el mundo moderno funciona sin la intervención de esos seis materiales esenciales mencionados. Por eso la agenda mundial está marcada por convulsiones entre potencias por dominar esos recursos.

Ed Conway no se limita a ofrecer una crónica tradicional de historia, economía o ciencia, sino que plantea un reportaje sobre el terreno que engloba análisis históricos y geopolíticos. Las narraciones que articulan sus páginas se desarrollan en escenarios como minas, fábricas e instalaciones industriales en todos los continentes. La conclusión de Conway es clara: no habría civilización moderna sin estas seis piezas de la naturaleza y la pugna por su control define el presente. Cada uno de los seis materiales tiene biografía propia y además se mezclan con una o varias de las otras materias primas. Son las siguientes:

La omnipresente y subestimada arena

Incluir la arena entre los seis componentes absolutamente esenciales parece a primera vista extravagante. Pues no. Su abundancia sobre la corteza terrestre puede engañar, pero no todas las arenas son iguales. Su importancia en el mundo moderno se debe a que el ingrediente principal es el silicio.

Sin arena no habría ciudades (imprescindible para el hormigón), carreteras (ídem para el asfalto) ni otros muchos elementos de la infraestructura física moderna, como los vidrios de alta calidad, materiales perfectos para tubos de ensayo, vasos de laboratorio y viales médicos (un gran obstáculo en la pandemia de Covid fue localizar envases para transportar las vacunas).

Pero es que además el silicio resulta necesario para fabricar los chips de silicio (llamados semiconductores) de teléfonos móviles y ordenadores o las fibras ópticas que sustentan Internet. Explica Conway que “desde que sale de una cantera hasta que acaba dentro de un smartphone, un grano de silicio habrá dado la vuelta al mundo varias veces. Se habrá calentado a más de 1.000 grados centígrados y luego enfriado, no una ni dos, sino tres veces. Habrá pasado de ser una masa amorfa a una de las estructuras cristalinas más puras de universo. Habrá sido golpeado con láseres alimentados por una forma de luz que no se puede ver y que no sobrevive a la exposición a la atmósfera”. Resulta paradójico el contraste entre la profusión de la arena y la escasez de silicio con la calidad que requieren las empresas de alta tecnología, lo que ha disparado su demanda en las últimas décadas.

La extracción de arena para las más sofisticadas aplicaciones se ha convertido en un negocio tan enorme como devastador para el medio ambiente. Existen mafias cuya actividad sand-mining degrada costas, ríos y hábitats naturales. En países como la India, Vietnam o Marruecos, la arena se extrae de ríos y costas de forma ilegal, bajo el control de redes criminales armadas. Son muchos los periodistas y activistas asesinados por denunciar estas prácticas. Parece difícil de creer, pero desaparecen las riberas de aldeas enteras durante la noche.

La sal como motor del comercio y la política

La sal no debe valorarse como un mero condimento para las comidas. Este mineral es en realidad un motor histórico del comercio, la política y la guerra. Y no solo ahora, sino desde hace milenios. Este material ha estado en el centro de transformaciones culturales y económicas durante milenios. Por ejemplo, la palabra “salario” proviene del latín (salarium) y significa pago de sal, porque en la antigua Roma fue la retribución para soldados y funcionarios, además de producto muy valioso para conservar alimentos y símbolo de riqueza.

Hoy por hoy, las propiedades de la sal no se limitan a la conservación de alimentos. Su verdadero valor se ha desplazado al uso para procesos químicos modernos, desde productos farmacéuticos hasta la fabricación de cloro e hidrógeno. Sin sal no habría cloro ni, por tanto, agua purificada ni paneles solares. El cloruro sódico se ha convertido en un protagonista callado de la civilización. Existen enormes minas de sal a cientos de metros bajo tierra. Algunas albergan curiosamente almacenes de archivos nacionales, centros de datos e incluso instalaciones estratégicas. Gobiernos y empresas confían a la sal la custodia de información crítica, aprovechando su estabilidad geológica. La sal, símbolo de lo primitivo, se convierte así en guardiana del futuro digital.

Hierro: la columna vertebral de la infraestructura

Se considera a la Edad del Hierro como la última etapa de la Prehistoria, tras la Edad del Bronce. Durante ese periodo, se extiende el uso generalizado del hierro para fabricar herramientas y armas. Supuso avances como la agricultura intensiva, la aparición de las primeras ciudades, la jerarquización social o el nacimiento de la escritura. Mucho más cerca en términos históricos, la dependencia por parte del Reino Unido de la importación del mineral obligó a reconfigurar rutas marítimas bajo amenaza constante de submarinos alemanes en la II Guerra Mundial. El hierro no solo forjó armas y tanques: condicionó estrategias militares y alianzas internacionales.

La humanidad consiguió dominar a gran escala este metal y ese conocimiento abrió paso a grandes transformaciones industriales. A partir del hierro se produce el acero, la columna vertebral de rascacielos, puentes, trenes y maquinaria pesada. Conway documenta viajes desde las minas en Australia hasta los altos hornos más avanzados, explicando cómo el hierro ha sido central en cada revolución industrial.

Además del papel tecnológico, el hierro tiene una dimensión económica y geopolítica. Países enteros han ascendido o decaído en función de su acceso a este recurso. Hoy permanece sin merma la importancia el hierro en nuestras cadenas de suministro globalizadas.

Cobre, protagonista invisible de la electricidad

El hierro dibujó los contornos de la era industrial, pero hoy es el cobre el metal que se eleva como pilar básico de la era eléctrica y moderna. El planeta viviría a oscuras sin este elemento determinante para la generación y la distribución de la electricidad. Se encuentra cobre en cables, motores o en sistemas de telecomunicaciones, por lo que la práctica totalidad de las tecnologías electrónicas depende de él.

La electricidad lo mueve casi todo. La vida común actual no se comprende sin el cobre, material con el que se transporta la electricidad que llega a los hogares merced a su matriz atómica. Las economías desarrolladas funcionan gracias a circuitos y cables en los que apenas reparan los ciudadanos, salvo cuando faltan. Se ha comprobado en las últimas crisis que han sacudido el planeta, desde la pandemia hasta la guerra de Ucrania. Cuando se quiebran las cadenas de suministro, todo cruje.

La iluminación casera o urbana, los trenes, ascensores, aires acondicionados o cualquier interruptor dejan de operar si el cobre desaparece. La omnipresencia de ese metal se extiende también a los automóviles. Como se publicó en El Adelantado de Segovia (11/5/2025), un coche estándar alberga en su interior un kilómetro y medio de cables de cobre, indispensables para las conexiones de componentes eléctricos y sensores que permiten el funcionamiento normal. La cifra se multiplica por cuatro cuando el vehículo es eléctrico.

Para los trenes de alta velocidad, las necesidades de cobre son aún mayores. Como escribe Ed Conway, “no podemos fabricar ni distribuir esta fuerza crucial y esencial sin cobre. De hecho, seguimos generando la mayor parte de nuestra electricidad del mismo modo que lo hizo Michael Faraday en 1831: girando un imán alrededor del cobre, o viceversa, para convertir el movimiento en electricidad”.

El país que procesa más cobre del mundo es China. En concreto, funde y refina prácticamente la mitad de la oferta mundial de ese metal que da vida a la industria y los servicios. Ese cobre procede en gran medida de la República de Chile, país que posee minas de extraordinaria importancia (como la gigantesca de Chuquicamata) y las explota desde hace siglos. El país andino está en primera posición entre los productores y exportadores de cobre, con más de un tercio de la fabricación total. Pero (siempre hay un pero) la cantidad de piedra que debe moverse para producir una tonelada de cobre ha pasado de 50 a 800 toneladas en un siglo, al igual que la cantidad de agua para procesarla.

Todos los caminos conducen al petróleo

El petróleo ocupa un lugar especial entre las materias primas que mueven el mundo, porque es simultáneamente símbolo de modernidad y de sus contradicciones. Ha sido un ingrediente fundamental para el milagro económico occidental, pero esa misma riqueza ha estado acompañada de corrupción, dependencia y conflictos armados. Ha sido salvación y también maldición. El oro negro alimentó desde muy pronto automóviles (probablemente el objeto de consumo más significativo del siglo XX), aeronaves y maquinarias. También catapultó economías enteras y, hoy como ayer, ha provocado conflictos geopolíticos muy graves.

Conway traza la historia del petróleo desde los pozos originales hasta la complejidad de la industria petrolera global. Una perspectiva alicorta se limita a contemplar el petróleo como gasolina para los vehículos, pero del crudo depende la producción de plásticos, fertilizantes y productos químicos. No obstante, por su origen fósil, es una fuente de energía no renovable que ha agudizado en las últimas décadas ciertas contradicciones ambientales. La dependencia petrolera es una de las principales causas del cambio climático, lo que plantea la necesidad de transiciones energéticas que inevitablemente implicarán el auge de materiales como el litio.

El viaje del litio desde la medicina hasta la energía

El litio se ha asociado tradicionalmente a la medicina, sobre todo a los tratamientos para trastornos del ánimo. Pero este metal ligero y blando, de color blanco plateado, resulta en la actualidad clave para la fabricación de baterías recargables de vehículos eléctricos y la electrónica. Sus propiedades convierten al litio en un mirlo blanco por la alta capacidad de almacenamiento de energía, algo trascendental para la transición energética.

El uso del litio se extiende a aleaciones, vidrios y lubricantes, obteniéndose principalmente de salmueras y rocas, con Chile, Argentina y Australia como grandes productores. La extracción en Suramérica se realiza evaporando agua durante meses bajo el sol. Y ahí salta una contradicción aún no resuelta. El discurso global de la energía verde y la transición energética chocan contra la realidad local de las zonas donde se concentra el litio. Son ecosistemas frágiles y sus comunidades indígenas pierden su habitual acceso al agua. Sin embargo, este material se consolida año tras año como el sendero por el que transitará el futuro energético del planeta. Un ejemplo: el litio es el corazón de las baterías recargables que alimentan desde teléfonos inteligentes hasta vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía renovable.

Desde las piscinas salinas de las que se extrae litio, este material se ha convertido en un recurso estratégico, generando tensiones y oportunidades económicas. A diferencia del petróleo, el litio representa una posibilidad de transición hacia un sistema energético menos dependiente de combustibles fósiles, aunque también acarrea desafíos ambientales.

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