Todos hemos experimentado alguna vez la alegría que se vive con un nuevo nacimiento. Es algo verdaderamente sorprendente. Alguien totalmente nuevo, que hace nueve meses no existía, ahora está presente delante de nosotros y genera fuertes sentimientos de alegría y amor. No es un ser extraño, es nuestro hijo, hermano, primo o sobrino… Pero al considerar esto, nos damos cuenta de que aún más sorprendente es para nosotros el misterio de nuestro propio nacimiento. Antes no existíamos y ahora sí, estamos aquí, conscientes y llenos de deseos y aspiraciones, de esperanzas, de miedos, de dolores y decepciones. ¿Quién soy yo y por qué existo?
El mismo asombro por un nuevo nacimiento debió experimentar Juan el Bautista cuando estaba bautizando en el río Jordán y vio acercarse a Jesús de Nazaret, su pariente. Ya en el seno de su madre Isabel había saltado de alegría al intuir la presencia de Jesús, también en el seno de su madre; cuanto más, al ver que se acercaba a él en ese momento. Juan intuía que algo nuevo iba a suceder.
Ese estado de exaltación fue el que posiblemente llevó a la confusión entre Juan el Bautista y Jesús. Cuando este llega al Jordán y se dispone a ser bautizado por Juan, él se resiste e intenta disuadir a Jesús. No es Juan quien debe bautizar a Jesús, sino que, al revés, Juan debería ser bautizado por Jesús. La razón de la confusión es precisamente la novedad que Juan intuye. Nos encontramos en el paso de lo antiguo a lo nuevo. Juan ofrecía un bautismo de conversión, de penitencia, de preparación del corazón para recibir al Mesías. Como él mismo dice en otro lugar, él bautiza con agua, pero detrás de él viene otro que bautizará con Espíritu Santo y fuego. Al ver a Jesús, reconoce que este es el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego. Jesús no necesitaba ser bautizado en el agua.
Pero Jesús confronta a Juan. Él sabe lo que viene a hacer. ¿Cuál es la razón que le da Jesús para convencerle de que deben hacerlo así? «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Este es el camino que ha elegido para él el Padre. Jesús, al recibir este bautismo de Juan en agua, asume el antiguo rito y cambia su significado. Al ser sumergido y salir del agua, se abre el cielo y el Espíritu Santo desciende sobre Jesús. Toma el signo (ser sumergido en agua) y lo transforma. Tras su muerte y resurrección, una vez que él, muerto y resucitado, haya derramado el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego sobre la Iglesia naciente, este gesto de ser sumergido en agua significará y realizará el bautismo en Espíritu Santo y fuego. Con palabras de Benedicto XVI, «toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo para librarnos de la esclavitud de la muerte y “abrirnos el cielo”, es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría».
A lo largo de este tiempo de Navidad hemos escuchado repetidas veces el prólogo del Evangelio según san Juan. Allí leemos que aquellos que acogen al Hijo de Dios hecho carne, vivirán un nuevo nacimiento, porque han nacido de Dios. En el bautismo de Jesús el cielo se abre como se abre el seno de una madre para un nuevo nacimiento. Así, de este cielo abierto, desciende el Espíritu Santo y la Palabra del Padre. Esta Palabra es la misma Palabra creadora que al principio de los tiempos hizo de la nada todo lo creado. Es una Palabra con poder creador y por eso puede generar en nosotros un nuevo nacimiento de lo alto.
Hoy es un día muy apropiado para sorprendernos por nuestra propia existencia, recordar nuestro bautismo, y no dejar de pedir a Dios que nos conceda vivir la vida nueva que nos ha regalado en su Hijo.
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* Obispo de Segovia.
