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Ahmed al Ahmed

por David San Juan
3 de enero de 2026
DAVID SAN JUAN
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UN NEGRO EN LA AMÉRICA HISPANA

Simbiosis

La deuda externa de los países emprobrecidos

Ahmed al Ahmed, este es el nombre del frutero sirio que el pasado 14 de diciembre se convirtió en un héroe para el mundo. Habrán visto las imágenes o habrán oído hablar de él. En pleno tiroteo contra la comunidad judía en la playa de Bondi, en Sídney, este cuarentón se abalanzó sobre uno de los terroristas arrebatándole el rifle con el que disparaba a niños y mayores. A cara descubierta, sin pensárselo, despreciando el riesgo de una muerte más que probable. Pero dándonos mucho material para reflexionar. Para empezar, delante del espejo.

Estos hechos se dan pocas veces. Por eso, cuando ocurren, nos deslumbran. Admiramos, porque nosotros no seríamos capaces de actuar con semejante arrojo, la valentía de quien toma una decisión en segundos jugándose la vida para salvar la de otros. En este caso, un sirio jugándosela para salvar las de sus hermanos judíos, lo que, tal como está el mundo, multiplica el valor de su acción. Doble lección de heroicidad y fraternidad. Sus declaraciones en el hospital donde estuvo ingresado (finalmente, recibió dos balazos en un brazo) conmueven por su naturalidad: «Lo que hice, lo hice desde el corazón. La gente merece ser feliz». Un héroe. No de los de capa cegadora de las revistas de antes, ni de los de márquetin prefabricado de ahora, sino de los que transforman el mundo desde dentro. De los de verdad. De los que pesan quilates, aunque ni ellos mismos lo sepan.

Hay otros casos similares. ¿Recuerdan al «héroe del monopatín?». Ignacio Echeverría murió en Londres en 2017, mientras se enfrentaba, pertrechado únicamente con su tabla, a varios terroristas que acabaron con su vida. De nuevo, una reacción instintiva que salvó la de muchos. El mérito es parejo, aunque, tristemente, Ignacio tuvo peor suerte que Ahmed.

También existen otros muchos héroes de menor impacto mediático con los que confrontar nuestra propia valía y que también merecen todo el reconocimiento del mundo. Pienso en los que, en situaciones de catástrofes y de emergencia, lo dan todo para ayudar a sus semejantes en esos primeros minutos u horas de angustiosa necesidad. Y después, en las que van apareciendo tras la inmediatez de la primera respuesta. En este caso no se trata —no suele tratarse— de jugarse la vida en unos segundos, sino de demostrar la generosidad y el carácter para ponerse manos a la obra sin importar el tiempo que haya que echarle, ni el desgaste físico y mental, ni la porquería que va uno a traer a casa pegada a la ropa y al cuerpo. En España, en los últimos tiempos, hemos aprendido bastante sobre esto. Hablamos de los héroes de los atentados de Atocha, de los del COVID, de los de la dana, de los del volcán de La Palma, de los de los incendios forestales. Vecinos, conciudadanos que no dudaron en arriesgarlo todo por el bien de los demás. Es en los momentos de zozobra cuando aflora esa conciencia social y solidaria, consistente en la suma de pequeñas heroicidades, que saca lo mejor que habita en el corazón humano. Unos lo hacen con una pala o un cepillo entre las manos, otros afianzando estas a un volante para trasladar personas o material, otros confeccionando mascarillas de urgencia en el salón de su casa… Siempre, en cada uno de los casos, probando que la responsabilidad puede ganarle la partida a la impotencia.

Por supuesto que los profesionales de este tipo de intervenciones entran también dentro de la categoría de héroes, porque lo demuestran cada vez que se los convoca cumpliendo su obligación y, casi siempre, yendo más allá de lo que cabe exigirles. Militares, bomberos, policías, agentes forestales, médicos, enfermeras… Ya sólo su vocación es garantía y adelanto de su entrega cuando el caso acaba presentándose.

Vocación —y abnegación— que también mueve a los protagonistas de otras muchas hazañas cotidianas, a los héroes más anónimos, a los más discretos, a los que pasan desapercibidos y no aparecen ni en los telediarios ni en Youtube y de los que casi nunca se habla, pero que fermentan la masa. Aquí, seguro que pueden poner el nombre de algún familiar o conocido. Incluso, el suyo propio.

A saber: los que conviven con dependientes en su casa y los cuidan con amor. Los voluntarios en pequeñas o grandes labores, sean o no reconocidos por ello. Las familias de acogida. Los misioneros. Los cooperantes. Los donantes de sangre. Los de órganos. Los que, sin pensárselo, echan una mano en un accidente de tráfico del que han sido testigos y lo hacen de manera eficaz. Los que visitan a los enfermos. Los que saben escuchar. Los que regalan flores. Los que se conduelen de corazón con las desgracias ajenas. Los que, cada noche, apagan la lámpara de la mesilla con la satisfacción del deber cumplido, siendo conscientes de que aún se puede hacer un poquito más y se prometen a sí mismos que lo van a intentar…

Honor a todos nuestros héroes. Desde aquellos que aparecen en las redes sociales protagonizando un acto de valor insólito hasta los que, desde el silencio, hacen la vida más fácil a los que tienen cerca. En esta sociedad a veces mezquina, a veces espléndida, nos hacen falta más héroes y menos mangantes, conseguidores y mercachifles.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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