En esta época navideña, también es necesario tener un recuerdo con los países más pobres. Del 30 de junio al 3 de julio de 2025 se celebró en España la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo de la ONU, que abordó entre otras cuestiones el problema de la deuda externa. El mismo Papa Francisco en su bula Spes non confundit pedía en el año jubilar 2025 la condonación total o parcial de la deuda externa de los países más pobres. La comunidad internacional ha alertado a la opinión pública sobre el volumen y el rápido crecimiento de la deuda externa del Sur y que intensifica la pobreza de las poblaciones de los países afectados.
Al igual que en los años setenta del pasado siglo, donde comienzan sus antecedentes, la deuda externa se ha convertido en una limitación para el desarrollo económico de los países menos desarrollados. Por lo que, si no se aborda el problema de la deuda de los países pobres, su volumen comprometerá el futuro desarrollo y crecimiento económico de estos países.
La deuda pública mundial ascendió a 102 billones de dólares en 2024, y la deuda de los países en desarrollo representó la cantidad de 31 billones de euros (1/3) del total: Asia y Oceanía concentran el 24% de la deuda pública mundial, seguidas de América Latina y el Caribe (5%) y África (2%). El problema es que muchos países del Sur, extremadamente endeudados en relación con su capacidad económica, son incapaces de pagar su deuda sin mermar las condiciones de vida de sus poblaciones. Según los datos de 2025 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la deuda pública en los países en desarrollo ha crecido al doble de velocidad que en los países más ricos desde el año 2010.
En el año 2024, los países en desarrollo pagaron un récord de 921.000 millones de dólares solo en intereses netos por la deuda pública. En total, 61 países en desarrollo destinaron al menos el 10% de sus ingresos públicos al pago de la deuda, poniendo en grave riesgo la prestación por estos países de los servicios sociales, educativos y sanitarios. De hecho, unos 3.400 millones de personas (más del 40% de la población mundial) viven en países que gastan más en pagar los intereses de la deuda que en sanidad o educación, la gran mayoría en el llamado Sur global.
En África, entre 2021 y 2023 por ejemplo, el gasto medio en intereses de la deuda (70 dólares per cápita) superó al gasto en educación (63 dólares) y salud (44 dólares), lo que ha generado que una docena de países no hayan podido pagar y más de treinta países pobres tienen graves dificultades para cumplir con los pagos de la deuda. El mayor número de incumplimientos en la última década.
El volumen abultado de la deuda deriva de diversos factores. En primer lugar, la desigualdad existente en el sistema económico mundial a nivel de desarrollo, al mismo tiempo que los países pobres se endeudan con la esperanza de obtener ingresos futuros que activen su desarrollo y permitan además la devolución de la deuda. Sin embargo, al ser unas economías eminentemente agrícolas, extractivas, aquella expectativa de ingresos se difumina por la volatilidad de los precios de las materias primas, muchas veces sometida a prácticas especulativas.
El segundo factor ha sido el atractivo de los tipos bajos de interés entre 2010 y 2022 lo que alentó la suscripción de préstamos por los países en desarrollo, sin embargo ahora estos países han de pagar tipos de intereses dos o tres veces superiores a los pagados por E.U.A por su deuda.
Otro factor ha sido la entrada del sector privado en esa financiación, según el Fondo Monetario Internacional (FMI) de los 250 billones de dólares de la deuda pública total, 150 millones están en manos privadas, la mitad de la deuda, mientras que el sector multilateral (FMI o el Banco Mundial) es titular del 37% y los Estados solamente el 15%. El cuarto factor son las prácticas políticas de los propios Gobiernos del Sur que toman préstamos con escaso rigor, con desvíos de fondos, corrupción, el inicio de megaproyectos sin asegurarse su rentabilidad, toma de decisiones por regímenes no democráticos, compra de armas para mantenerse en el poder, etc.
La deuda de los países del Sur por tanto es una cuestión compleja, que ha de reconducirse a su verdadera naturaleza, constituir un mecanismo de desarrollo de los países, como ha subrayado la actual Mesa Redonda sobre la Deuda Soberana Mundial, creada en 2023 por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el G20, que exige una reforma de la arquitectura financiera internacional que rompa el yugo de la deuda de los países pobres. Es necesario encontrar un sistema de financiación transparente y justo, evitando los efectos de tipos de interés variables, de la revalorización unilateral del valor de moneda de referencia. Al mismo tiempo que evitar los préstamos que pongan en peligro las coberturas sociales de los países en vía de desarrollo, como la educación, la salud, la seguridad social y la alimentación.
En efecto, los préstamos originarios fueron dedicados a fines distintos del desarrollo de los países, sin prever la capacidad de obtener ingresos futuros poniendo en riesgo la viabilidad económica del desarrollo de los países del Sur. También resulta necesario el establecimiento de unas normas de disciplina presupuestaria que impidan un sobreendeudamiento, de unos mecanismos contra la fuga de capitales nacionales al exterior, de un sistema tributario que reduzca las diferencias abismales entre las clases más desfavorecidas y la mayoría abrumadora de la población. La pregunta es si esa población ha de pasar hambre para que sus países paguen la deuda exterior. Una pregunta difícil de contestar, pero realmente esa población no ha sido la causa del sobreendeudamiento de aquellos países.
La deuda pública global en 2024 ascendió a 102 billones de euros y representa el 93% del PIB mundial. El endeudamiento en las economías del G7 se acerca a niveles nunca vistos, generando en algunos países una incapacidad para generar crecimiento económico. La situación más alarmante corresponde a Estados Unidos con 34 billones de dólares, con una ratio del 124 del PIB, lo que refleja el enorme desafío financiero. La extensión de exenciones tributarias, el aumento del gasto público y la presión por financiar áreas clave como la defensa, la sanidad y los servicios sociales, han elevado las previsiones de déficit fiscal de Estados Unidos, en un entorno en el que el coste financiero de la deuda se ha incrementado por la subida de los tipos de interés.
Japón por su parte cuenta con la mayor deuda pública del mundo, con un 263%de su PIB en 2025, resultante del envejecimiento de la población, la baja recaudación fiscal y las ayudas sociales.
Alemania, a pesar de su freno constitucional al déficit, también se ve presionada por las reclamaciones de mayor inversión pública para renovar infraestructuras y sostener la transición energética y digital. Francia acumula una deuda de 3,2 billones de euros, que representa el 112% de su PIB, lo que ha generado una crisis política y económica: sin presupuestos, con un Gobierno débil y una economía bajo presión.
Por su parte Italia cuenta con una deuda pública que supera el 137%, consecuencia de un gasto público elevado, décadas de bajo crecimiento económico y falta de reformas estructurales.
Por último, la deuda pública de España asciende a 1,710 billones de euros, que representa el 103,2% del PIB en septiembre de 2025 con un crecimiento interanual del 4,5%. Sin presupuestos en tres años, bajo una presión del aumento del gasto público para satisfacer las reivindicaciones de determinados grupos sociales, España también padece el riesgo de una crisis de la deuda como la estallada en 2010. Sin acometer reformas estructurales, el aumento de la presión fiscal no puede compensar el aumento constante del gasto público, lo que puede generar un aumento del déficit público en el caso de una reducción del crecimiento económico en los próximos años.
