Swami Satyananda Saraswati, maestro hindú, enseñando verbalmente la filosofía Advaita Vedanta, manifiesta: “En la plenitud del Silencio, nada falta, nada sobra, todo es sublime”.
Lo cierto es que, de ese Silencio pleno, original, emanan las deidades de las letras que forman la palabra, el lenguaje, el concepto, la mente compleja, con sus funciones de pensar recordar, percibir, sentir, razonar, hablar y escribir. He permanecido en silencio durante un año y un mes, porque no existen palabras para describir lo indecible, inferir la profundidad de lo más sensible, percibir la dureza de lo dolorosamente recordado y almacenado para la eternidad en los surcos de mi soporte memorístico. Hoy, pasado un año y un mes, del Silencio brota la verdad. Esa verdad que han tratado de velar tras la cortina de un discurso falso y manipular desde la insostenibilidad que no puede ocultar lo ocurrido ni cambiar lo sucedido.
Veintinueve de octubre de 2024. La lluvia cae sobre Paiporta.
“Aquí no hay nadie, Ángel. Estamos solos”, me dicen mis amigos.
Un policía fuera de servicio llevando alimentos y medicinas a los ancianos atrapados en los pisos de arriba, sancionado. Un helicóptero particular, salvador de diecisiete vidas, jugándose la propia, condecorado por una asociación americana, aquí silenciado. Millares de mandos y soldados de nuestro ejército, adrenalina en sangre, deseosos de entrar en acción, acuartelados. Drones, tanques, helicópteros, aviones, grúas, vehículos, material de salvamento, obligatoriamente parados. Perros rastreadores, encerrados. Medios de comunicación, salvo un tal Iker, callados. Bomberos y fuerzas de seguridad de países que ofrecen su ayuda, rechazados. Presidente de la Comunidad, de comilona. Ministra de Defensa, ordenando la inmovilización, pues “no están para estas cosas”. La de Medio Ambiente, discurseando insensateces y colocada en Bruselas, para que no la líe. Ministro de Interior, en casa. Presidente del Gobierno, haciendo el indio porque, “si necesitan ayuda que la pidan”. Jefe del Estado y de los Ejércitos, arreglando los desaguisados zarzueleros. ONGs oficiales, reteniendo las donaciones. Administraciones públicas, prohibiendo el reparto de lo enviado hasta el logro de su podredumbre. Policía Local, impidiendo la entrada de voluntarios, multando a sus vehículos mal aparcados, retirándolos con las grúas no usadas en lo necesitado.
Hileras interminables de buena gente, retirando barro con sus manos, repartiendo el chóped que para comer se habían llevado. Con el fango hasta la cintura, calados. Trabajando sin descanso, callados. Organización de patrullas ciudadanas para defenderse de los impunes robos y atropellos, porque a quienes pagamos para protegernos se encontraban acantonados.
La inferencia me lleva a la conclusión de que me encuentro ante un plan preconcebido (todo viene de antes, de una política pseudo verde que derriba presas y multa por limpiar tus montes), con tintes de criminalidad, complicado de acreditar en el estado caótico al que los posibles culpables tratan de dirigir el funcionamiento o la organización del poder judicial.
He cumplido la pena de un año y un mes, encarcelado en el centro penitenciario de mi propia indignación. Una parte de los fondos han volado a sus paraísos fiscales. Mientras, los empresarios siguen pagando los impuestos derivados de sus negocios anegados, improductivos, cerrados. Los préstamos se devuelven con intereses. Las casas se reconstruyen con las manos de sus propietarios.
Estamos solos. Y la soledad es esa deidad que nos encamina hacia la acción desinteresada, la devoción y el recuerdo de ese orden sagrado que, en último extremo, guía los designios de lo sucedido y al conocimiento de quiénes somos, quiénes son y qué ha sido realmente lo que ha pasado. Y es que la soledad nos lleva al silencio. A ese silencio interior que tiene la capacidad de proteger a la mente de la reacción violenta ante la indignación razonada que surge de la ignominia, llevándola a actuar con discernimiento y a no reaccionar con violencia. Ahí reside el testigo que da fe pública de lo ocurrido, como un notario eficiente que escritura la realidad existente.
Es posible que, con el cumplimiento de los años, abramos nuestro corazón al sol, para que energetice nuestras células e ilumine nuestro modo de ver las cosas y que por ese motivo, se la llame “Sol – Edad”.
Resulta curioso observar el modo en el que la enfermedad llama a su querida amiga Soledad. Todos salen corriendo de la enfermedad ajena y eso le permite a uno intimar un poco más con ella. Porque la soledad nos presenta a la compañera inseparable de la vida, a la muerte, con quien siempre, en algún momento, nos vamos a encontrar.
Mis íntimas y profundas conversaciones con la soledad, durante el cumplimiento de mi pena de un año y un mes, me han acercado al conocimiento de saber quién soy. Ese que coronaba la entrada del tempo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Curiosamente, no es el cuerpo ni la miente, sino quien los habita. Y ello te lleva al conocimiento de quiénes sois y de lo que estáis haciendo. Así que, ¡dejad de contarme cuentos y mentiras!, porque a estas alturas ya no cuelan. Porque la soledad lleva al silencio, a ese silencio en el que “nada falta y todo es sublime”.
Todo saldrá a la luz, por mucho que tratéis de taparlo con barro. La soledad y la auto indagación en uno mismo, abren la zanja que permite contemplar lo que estáis tratando de tapar.
Un año y un mes. ¿Para qué más?
