Desde que se inventó la rueda han quedado en desuso muchos tipos de transporte terrestre. Díselo a los aurigas que corrían por las magníficas vías romanas sobre zahorra o jabre, no sobre losas, con sus correspondientes caballos, por supuesto sin herraduras.
Partidario de la inventiva de tantos genios aplicados a la mecánica me quedo pasmado con el número de personas que mueren por inhalación de gases que desprenden los motores de combustión. En cambio, saludo al motor diésel, que arrastra la fama de ser uno de los más contaminantes, en una de sus evoluciones menos nociva. Por cierto: cuando el eléctrico haya exterminado al de combustión ¿no nos caerán nubes de veneno desde los aviones, los barcos gigantes no se pedorrearán por los océanos?
Sé que la humanidad, por no decir Europa, había llegado a las más altas cumbres del motor de combustión, por ejemplo: Amable Liñán Martínez, ¡ahí va!, un español de León, recientemente fallecido, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1993. Lamento las secuelas nocivas del petróleo, las víctimas del tráfico.
Aquí, en este rincón del planeta, bajo los arcos del Acueducto, se registra un lugar muy contaminado. Como en nuestros lares escasea la actividad industrial sospecho que, limpios los cielos europeos, cautivo y desarmado el diésel, nuestras plazas se dejan invadir por el humo sin freno que produce Asia, América. Y eso que África no está todavía en plena producción.
¿En qué piensa un eurodiputado? ¿Se refugia en las faldas de doña Bruselas o se deja llevar por la inteligencia China? A pesar de que primero no se iguala el número de electrolineras al de gasolineras, del precio alto, de la poca autonomía, del exagerado tiempo de recarga, de la no menor toxicidad, de menor disposición de electricidad (no se construyen nuevas centrales eléctricas, se cierran nucleares) se decreta eléctrico. Puede que termine venciendo.
Siempre fue más fácil, menos fatigoso, rendirse. Compartimos el miedo a derramar sangre, sobre todo la nuestra. Voy a llevarme la contraria al proponer: trabajar, inventar, ilusionarse. Pensar que puede haber una alternativa. Me cachis: es que para eso hay que esforzarse. Ya estamos: que si viejo, que si niño, que no me da la vida, que inventen ellos. Pues así nos pondrán de huevos las gallinas (si quedan después de esta gripe).
Cómo no os voy a comprender si me siento más cigarra que hormiga, más contemplativo que activo y, aunque rehúyo la predicación, para rematar, me ha dado por enhebrar palabras, otro auto que lleva a rastras su colección de botes vacíos. Ya me gustaría a mí que de tanta fabulilla volviera a salir un James Wat emulando la máquina de vapor, un Henri Ford al Ford T, un Béla Barényi al escarabajo de volkswagen o un Tesla que nos diera corriente alterna, alternativa para cargar todos los eléctricos gratis. Por supuesto, un Rudolf Diésel con su motor diésel, alimentado con diésel. O con zumo de cardos corredores, más el sudor tan ahorradoramente acumulado de todos los vagos que nos refugiamos en las utopías.
Ah. Que no. Que tu equipo juega el domingo y vas a ver si contratas un autobús para unos cuantos. Será diésel.
