Jesús Riaza es uno de esos sacerdotes que saben ganarse a la gente. Un hombre culto, polifacético, de ademanes serenos y aficiones mundanas de las que disfruta con sencillez. Un hombre del pueblo, alegre, paciente y comprensivo, que nunca da una voz más alta que otra, pero que siempre es escuchado en la diócesis y al que sus feligreses —sus vecinos— acuden en busca de un consejo o una palabra de aliento. Un cura que sabe hacer parroquia. Un cura, además, resolutivo y trabajador, de una espiritualidad encarnada, que nos regala unas homilías entusiastas que son pequeños compendios de sabiduría, bajando el Evangelio a la tierra, mirándonos a los ojos y hablándonos con palabras de estar por casa. Sin adornos eruditos, sin alargarse en el tiempo y sin tentaciones moralizantes; nada más lejos de su forma de ser. Como todo buen maestro, se le nota que lo que dice, se lo cree. Y esto no se aprende ni se entrena: esto sale de dentro.
—Nació en Brihuega a mediados de la década de los 50. ¿Qué le hizo a un joven seminarista de Guadalajara recalar en Segovia a principios de los 80?
—Empecé a formarme para sacerdote en el seminario de Sigüenza, en mi tierra. Tras un breve periodo allí, decidí cambiar de aires y continuar los estudios de teología en Salamanca. Cuando los terminé, no estaba adscrito a ninguna diócesis, así que tuve que buscarme una. A través de amigos que conocí en el teologado, logré entrevistarme con don Antonio Palenzuela, a la sazón obispo de Segovia, que me acogió en la diócesis. Éste me envió dos años a Cuéllar para que me integrara en el equipo sacerdotal de entonces. Tras cumplir con el trámite de la mili, pasé un año más con Jesús Sastre por los pueblos de la zona del Duratón. Aprendí mucho en aquel tiempo que recuerdo con cariño: en Cuéllar, sobre la intensa vida pastoral de una parroquia muy activa. Luego, sobre la vida en los pueblos pequeños, tan distinta. Finalmente, me ordené sacerdote en 1984. Mi primer destino fue el arciprestazgo de Ayllón, donde estuve sirviendo diez años. Después, otros 18 en la parroquia de San Frutos, de la capital, junto a Fernando Mateo. Actualmente, soy el párroco de El Cristo del Mercado y de Santa Teresa.
—Los curas de su generación son “hijos” de don Antonio Palenzuela, el obispo que trajo el Concilio Vaticano II y la renovación eclesial a Segovia.
—Es que don Antonio era un hombre de un talante especial. Brillante, profundo en su interpretación del Evangelio y de la realidad. Y a la vez, sencillo, acogedor, que recibía en su casa y que —y esto no se lo he visto a ningún obispo— se interesaba por los pequeños detalles de la gente, por su vida real, especialmente en el campo. ¿A cuánto os han pagado la leche? ¿Cómo va la cosecha? ¿Qué precio os ofrecen por la cebada?
Don Antonio nos enseñó una forma de ser. Ahora se habla mucho de sinodalidad (caminar juntos en la Iglesia; hacer a los laicos corresponsables de su labor), pero don Antonio ya nos urgió a aplicarla hace 40 años, aunque no se llamara así. Los sacerdotes de entonces creamos pequeños grupos en nuestras parroquias que supusieron un gran impulso para la diócesis. La sinodalidad no es nueva en Segovia.
—Párroco del Cristo del Mercado, después del paso de Domiciano, de tan feliz recuerdo. Su estilo pastoral es muy similar…
—Domiciano era un hombre abierto, dialogante y sobre todo muy sencillo, que le daba a la parroquia un espíritu distinto. Tenía una forma muy original de ser cura: ocurrente, creativo, divertido. Yo no llego a eso, soy mucho menos imaginativo, aunque sí hay algunas cosas que he heredado de él. Es sólo un detalle, pero me gusta desear buenos días o buenas noches al tiempo de acabar las misas, como él hacía. Creo que la gente agradece estas pequeñas cosas.
—Desde hace casi un año, tenemos un nuevo obispo en Segovia, que debe afrontar grandes retos en el corto y medio plazo. ¿Qué nos dice de don Jesús Vidal?
—Pues que está haciendo un buen trabajo. Por una parte, está demostrando tener una gran actitud: es cercano, sabe escuchar y está dispuesto a todo lo que se le pide. Por otra, tiene buenas ideas y es realista. La verdad es que le estamos exigiendo mucho en estos primeros meses. A lo mejor, haríamos bien en cuidarlo más. Dejarle trabajar y no desgastarlo. Esperemos que esté muchos años entre nosotros…
—Sinodalidad, responsabilidad compartida… ¿Y el lugar de la mujer en la Iglesia? ¿Es el momento de dar un paso adelante?
—Yo creo que sí, porque llevamos muchos años dando vueltas al asunto, pero seguimos poniendo parches. El Papa Francisco lo hizo muy bien, abriendo a la mujer los dicasterios y consolidando nuevas formas de participación, pero falta algo. Sigue faltando algo.
—¿Qué falta?
—El que la mujer tenga acceso al ministerio, al sacerdocio. Es cierto que la Iglesia tiene una tradición, pero creo que es hora de renovarla. Es una cuestión de dignidad. Hombres y mujeres tenemos la misma dignidad, esto es incuestionable. Ya lo recoge el Génesis en los relatos de la creación. Y no olvidemos que a Jesús le acompañaban tanto un grupo de hombres como de mujeres. Estamos viviendo una época de renovación en la Iglesia. No será fácil, pero es el momento de abrir ese camino. Estoy convencido de ello.
—Una de sus pasiones es la historia bíblica. Ha estado muchas veces en Tierra Santa, incluso ha vivido un año en Jerusalén. ¿Qué le hace ir allí? ¿Qué se trae consigo?
—La primera vez que fui lo hice con bastante escepticismo, tengo que reconocerlo. Pero una vez allí, dejas de pensar en la estricta historicidad de cada pasaje bíblico, dejas de necesitar la certeza preconcebida de que estás pisando los mismos lugares en donde acontecieron episodios concretos, y te sumerges en un mundo de emociones y en un paisaje que te conmueve. Por eso pensé en volver acompañando a la gente de mis parroquias para que pudieran tener esa experiencia. He organizado muchos viajes y he podido comprobar en otros esa misma conmoción que yo siento cada vez que voy. La gente vuelve transformada.
Después, entre 2015 y 2016, pude disfrutar de un año sabático en el que estudié un máster de geografía y arqueología bíblicas en Jerusalén, lo que para mí fue una experiencia fantástica, tanto por el contenido de los estudios, en los que intenté emplearme a fondo, como por poder integrarme en la vida de la ciudad: pasear, coger el autobús, ir a la peluquería… Me tocó vivir en un barrio palestino casi marginal, desde el que se comprende mejor la realidad de aquellos lugares. Aprendí mucho.

—¿Le gustaría volver?
—Me encantaría, aunque ahora la cosa está más difícil. Pero Tierra Santa me apasiona. Pisar aquel suelo te hace comprender mejor el Evangelio, que cobra una dimensión nueva. No es lo mismo intentarlo desde aquí.
—A pesar de serlo nunca va vestido de cura: va de “paisano”, sin camisas oscuras, sin alzacuellos. Todo comunica.
—Es que nuestra generación, la que bebió del Concilio, interpretaba el ministerio queriendo ser uno más dentro de la comunidad, sin buscar preeminencia ante los demás. El prescindir del clériman, el ir con ropa de calle, era una forma de desmarcarse de la jerarquización anterior. La relación era más familiar, la gente empezó a llamarnos de tú.
Por supuesto, entiendo que otros compañeros vistan de otra manera, ahora y antes, y que los sacerdotes más jóvenes tiendan a un atuendo más tradicional; es cierto que es una forma de dar testimonio. Pero yo creo que, en el día a día de la parroquia, del barrio, no hace falta. La gente ya nos conoce. Un cura debe ser uno más del pueblo.
—Es un hombre de gran sensibilidad social. De hecho, es el consiliario de Cáritas desde hace años. Háganos una breve reflexión sobre la realidad social de Segovia.
—Pues es muy triste. La situación en los pueblos es distinta a la de la ciudad, es verdad, pero en esta, junto a una clase “funcionarial” que vive muy bien, hay personas que lo están pasando verdaderamente mal. Y no sólo inmigrantes; empieza a haber gente con un puesto de trabajo con el que casi no llegan. El vivir de alquiler se está volviendo imposible. Es para estar preocupado.
—Ha colaborado y colabora con medios de comunicación locales y nacionales. Incluso ha dirigido un programa de radio y ha sido responsable de la Revista Diocesana de Segovia. Y mantiene una columna de opinión quincenal en El Adelantado. ¿Vocación de periodista?
—Pues mira, es curioso: mi padre, que tenía una gran visión de futuro, me animó a que estudiara periodismo. Me repetía que el periodismo me sería muy útil cuando fuera sacerdote. No le hice caso y ahora veo que fue un error; era una buena idea. Las cosas que, mal que bien, he hecho en medios, las he hecho de modo autodidacta, sin tener una formación profesional específica. Pero estoy muy satisfecho de ellas.
—Le he oído decir muchas veces que le encanta el tiempo de Navidad. ¿Es este un sentir general o va a contracorriente?
—Yo creo que a la mayoría de la gente le gusta muchísimo la Navidad. Para mí, la Navidad es entrañable. Es el anuncio del Dios con nosotros, es la vida en familia, es la añoranza de la infancia. Todo me parece hermoso. Es cierto que hay personas a las que puede asaltarles la melancolía y a otras puede hacérseles más dura la soledad, pero yo creo que, por encima de esto, prevalecen el cariño y los sentimientos agradables.
—Además de lector y viajero impenitente, es un entendido en el séptimo arte. De hecho, lleva casi 20 años organizando las Jornadas de Cine con Valores de Segovia. Háblenos de cine.
—Casi todo el mundo busca en el cine una forma de entretenimiento, pero yo lo veo como una manifestación artística muy completa. La expresión cinematográfica integra texto, música, fotografía, interpretación. A mí lo que me gusta es descubrir la complejidad que encierra el hacer una buena película. Y los detalles: una banda sonora que te hace evocar imágenes, un fragmento inesperado que puede llegar a desbordarte… Y no me interesa tanto lo que va a terminar pasando como cómo se cuenta lo que va a pasar. De hecho, no me importa que me hagan espóiler (risas). Es más, muchas veces intento enterarme del final. El conocerlo te ayuda a comprender la obra desde una perspectiva distinta, a descubrir los entresijos del guion, de la película y cómo esta te va llevando. No importa tanto el desenlace, sino cómo el director ha logrado llegar hasta ahí. De esta manera, descubres si la película está bien hilada o si, por el contrario, se descose ante esta nueva mirada.
—Un director.
—Sin duda, John Ford.
—Una película.
—Centauros del desierto. Una obra sin descosidos. De John Ford, claro.
—Otra afición que lleva dentro: el fútbol. Me han dicho que es madridista perdido. Nadie es perfecto…
—Me gusta mucho el fútbol, sí. Y ya sabes que cuando el Madrid juega en Europa, procuro llegar pronto a casa para no perdérmelo. Además del simple entretenimiento, del fútbol me gustan las estrategias, el juego de cómo ocupar los espacios… Es verdad que también se manifiesta lo más rastrero de la condición humana: el fingimiento, la mentira. Pero frente a esta, también la verdad de un buen regate, una buena parada, una internada por la banda…
—Es socio de la Gimnástica Segoviana.
—Desde hace varios años. Y procuro ir todos los domingos, salvo que algún compromiso familiar u otra causa me lo impida. De hecho, antepongo el fútbol al cine si me veo obligado a elegir. Las películas se pueden ver en otros momentos; el fútbol no.
—Dicen que los curas nunca se jubilan. ¿Cómo lleva el peso de los años en este oficio?
—Pues me encantaría jubilarme, la verdad. Estoy muy contento siendo cura, pero a veces te agobian las responsabilidades, la dedicación continua a la parroquia. Y te gustaría pasar a un segundo plano colaborando, apoyando desde atrás, dejando el protagonismo a gente más joven. Pero esto va a ser difícil. La situación de la Iglesia en Segovia es la que es.
—Es el arcipreste de la ciudad de Segovia, que no lo habíamos dicho, y un vecino al que todos reconocen por la calle. Estamos acabando la entrevista. Deme un titular.
—Es cierto, me encanta saludar a la gente por la calle. Pararse y que te paren; preguntar y que te pregunten. Y quedar con quien te lo pida. Cuando viene alguien a hablar conmigo, desconecto el teléfono y cierro la puerta del despacho. ¿Un titular? Pon el que quieras. Lo que sé es que lo más importante del ministerio de un cura es escuchar a la gente. Es lo mejor que podemos hacer. Sentirse escuchado sana.
