Durante muchos años, hemos escuchado que la sal, ese ingrediente imprescindible en muchas de nuestras comidas, es la enemiga por excelencia de aquellos que tienen una tensión alta, hasta el punto de que es casi algo prohibido para quienes quieren tener una dieta saludable. A pesar de esta creencia tan arraigada, el el doctor Rodrigo Arteaga ha querido hacer una serie de aclaraciones sobre el tema y poner el foco en algo que solemos pasar bastante por el alto, y es que el verdadero culpable de la mayoría de casos de hipertensión es el exceso de azúcar y no la sal. Y es que este ingrediente se encuentra en prácticamente cualquier comida.
Según explica el especialista, el problema no es tanto la sal como la incapacidad del cuerpo para gestionarla correctamente cuando los riñones empiezan a fallar, punto en el que entra en juego el azúcar. El consumo elevado de este ingrediente altera la función renal, dificulta la expulsión de sodio y provoca que el organismo retenga más líquido del que debería, por lo que el resultado final es una tensión arterial más alta, pero no por culpa de la sal, sino por los efectos silenciosos y acumulativos del azúcar.
La sal y los riñones y cómo siempre se hemos entendido mal su relación
Lo que plantea el doctor Arteaga obliga a revisar conceptos que hasta ahora parecían incuestionables. Y es que la sal es esencial para la vida, ya que regula funciones tan básicas como la hidratación, la actividad muscular o el equilibrio de minerales en el cuerpo; unos niveles bajos de sodio pueden ser incluso más peligrosos que un consumo moderado de sal, porque nos llevaría a un estado conocido como hiponatremia, capaz de comprometer la salud en muy poco tiempo.
Los riñones son los encargados de mantener ese equilibrio, ya que funcionan como un filtro que gestiona cuánta sal se queda en el organismo y cuánta se expulsa. Pero el problema aparece cuando esta maquinaria empieza a funcionar de forma menos eficiente, algo que se agrava notablemente con una dieta cargada de azúcar, de tal forma que el cuerpo retiene más sal de la necesaria, aumentando el volumen sanguíneo y, con ello, la presión arterial.
Entonces, ¿qué más provoca la hipertensión?
El azúcar no solo afecta a la gestión de la sal, sino que también desencadena una serie de desajustes que, combinados, elevan la tensión de forma sostenida. Por un lado, nos encontramos con que provoca inflamación crónica, un estado que termina impactando en las arterias y que favorece que la presión suba; por otro, altera el metabolismo y la respuesta hormonal del cuerpo, afectando a cómo gestionamos la energía, la grasa corporal y la insulina.
El resultado es que el azúcar y la sal se convierten en una combinación peligrosa cuando el organismo no puede manejar bien la segunda por culpa de la primera, a los que se le suma que el azúcar se camufla en alimentos que no asociamos con lo dulce, como salsas, panes de molde, precocinados, embutidos… y que muchos consumimos casi a diario sin darnos cuenta.
Por eso, lejos de seguir demonizando la sal, lo que recomiendan cada vez más especialistas es revisar los productos que llenan nuestra despensa, ya que reducir azúcares añadidos permite que los riñones recuperen parte de su capacidad para gestionar correctamente la sal, algo que no solo mejora la tensión arterial, sino que influye en la energía, el peso, el descanso y la salud general.
En palabras del propio Arteaga, “malamente culpamos a la sal por lo que hizo el azúcar”. Y lo cierto es que su reflexión nos invita a todos a mirar nuestra alimentación con otros ojos. Quizás la clave no esté en eliminar la sal, sino en entender qué hay detrás de esos alimentos aparentemente inofensivos que consumimos sin pensar.
