El pasado mes de junio tuvo lugar —en el Museo Esteban Vicente— la conferencia impartida por Dominica Contreras sobre su padre, que se enmarcaba dentro del ciclo Segovianos que hablan de Segovia, organizado por la Asociación de Amigos del Patrimonio. Con la sala abarrotada, mucha gente se quedó fuera por falta de espacio. Por este motivo, este diario ha considerado de interés su publicación, en tres entregas.
La obra poética de mi padre fue la primera gran pasión de su vida. Oigámosle a él mismo cómo valora esta etapa juvenil:
“He sido ingrato con mi obra poética surgida en un cuarto de siglo (de 1910 a 1935, aproximadamente), porque ella fue la alegría y la emoción de mi juventud, y ha influido favorablemente a lo largo del curso de mi vida. Hace algunos años, con motivo de un cursillo de Arte que pronuncié en la Academia Hispano-Americana de Cádiz, José María Pemán hizo mi presentación con muy elocuentes palabras. Recordaba en ellas que durante nuestra juventud, sentados en sillones contiguos en la Biblioteca del Ateneo de Madrid, intercambiábamos nuestros versos. Pero, al correr del tiempo, sobre mis cuartillas, cubiertas de renglones cortos, se iban amontonando los libros de Historia y de Historia del Arte. “No importa -decía Pemán- en el fondo de la tarea universitaria de Juan Lozoya están siempre los versos de su juventud”.
(…) Mi buena fortuna hizo que naciese (30 de junio de 1893) en una de las más bellas ciudades de España, en un caserón vetusto en el cual el paso de los siglos ha dejado vestigios de todos los estilos. La casa tenía un jardín umbrío sobre la muralla medieval incrustada de lápidas romanas que pedían que la tierra fuese leve sobre segovianos muertos hace veinte siglos. Éramos seis los hermanos que jugábamos en aquel jardín, que era nuestro paraíso y los seis teníamos notable facilidad para versificar, heredada sin duda de nuestro linaje materno, que es el del Canciller Ayala (…). Recuerdo la ocasión de mi primer poema, cuando tenía siete u ocho años de edad. En la casa frontera a la mía, la fortaleza edificada por los Marqueses de Moya, vivían los administradores; un joven matrimonio con dos hijos, niño y niña, de muy corta edad. En pocos meses murieron los padres y los huérfanos, vestidos de negro como era uso entonces, venían a jugar con nosotros en nuestro jardín. La niña era de una belleza extraordinaria, y su presencia enlutada me emocionó tanto que la dediqué un breve poema en cuartetos”.
Esta etapa feliz, viviendo en su casa de Segovia con su adorada, no duró mucho. Curiosamente se inició más o menos a la vez que la etapa de poeta de Antonio Machado y acabó también por los mismos años.

Machado era 18 años mayor que él, nació en 1875, pero empezó a escribir poesía mucho más tarde, mientras mi padre empezó a escribir asombrosamente pronto. Machado publicó Soledades en 1903 y, un poco antes, hizo mi padre su primer verso. Eran dos personajes que tenían mucho en común, a pesar de tener idearios políticos distintos, pero no tan distintos: los dos eran enormemente humanos y, por lo tanto, gente moderada. Para mi padre Machado fue un enorme descubrimiento y pidió que se lo presentasen. Machado se interesó varias veces por “ese joven poeta que hace unos sonetos tan inspirados y redondos”.
Se vieron dos o tres veces, pero no tuvieron tiempo de intimar: Machado pasaba los inviernos en Segovia, con sus clases y, -en cuanto acababa el curso- salía despepitado para Madrid, y mi padre pasaba el invierno en Valencia, con su cátedra, y volvía en verano a Segovia.
No cabe duda de que algo muy importante tenían en común; solamente con ver el característico aspecto -algo desaliñado- que portaban los dos se da uno cuenta; Machado, amando y cantando a Castilla desde su origen periférico, como Unamuno,
Tú me levantas, tierra de Castilla
En la rugosa palma de tu mano
A lo más alto.
o como Azorín o el pintor Zuloaga; y mi padre amando y cantando a Castilla desde su origen castellano; lo cual implica unas leves diferencias entre ellos. Los andaluces, levantinos y vascos, con mayor carga de materia; el castellano, con un acento espiritual que lo toca todo.
Los dos poetas, académicos de San Quirce, lo dejaron a la vez, y sospecho que por motivos también comunes: por una parte, la irrupción, como un espléndido bombazo, de los brillantes, coloristas, impresionistas, novedosos, fuertes, poetas de la generación del 27, a la que no creyeron poder incorporarse.
Mi padre abandonó la poesía, creía que para siempre, después de una crisis de conciencia en que consideró que era demasiado feliz en Segovia y dedicado a versificar, con enorme éxito en ese momento, mientras España gemía de dolor. Pienso que Machado debió sentir igualmente que era llegado más el tiempo del pensamiento que el de los versos. Ese transvase al pensamiento sin abandonar del todo la poesía ocupó precisamente su tiempo en Segovia.
Ambos poetas son considerados, y con razón, como pertenecientes o epígonos de la Generación del 98, coinciden en el tiempo y en los temas (todos ellos ocupan el primer tercio del siglo XX) aunque hay quien piensa, como Montero Padilla, en una generación intermedia entre el 98 y el 27. La poesía de mi padre se puede encuadrar junto a la de otros poetas, muchos y muy diversos en su importancia, sus estilos y su significación: una especie de 98 menor (que no tiene nada de menor) que -desde el comienzo del siglo pasado- tuvieron a Castilla como tema insistente de sus versos y a los que, en cierta manera, cabe denominar “descubridores de Castilla”. Carlos Fernández Shaw, José María Gabriel y Galán, los hermanos Machado, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina y varios más, que algún día aprenderemos a volver a gustar, así como valoramos ahora la música con una dosis de sentimiento, un poco al estilo del siglo XIX, sobre la técnica químicamente pura que ha prevalecido durante años; los valoramos porque valen mucho la pena, aunque reaccionen al desastre del 98, la pérdida definitiva del imperio ultramarino, refugiándose en la Historia de un pasado esplendoroso.

¿Por qué los autores del 98 más conocidos lo son? Porque aparte de hacer novela o poesía tenían una ideología, eran pensadores, porque pensaban en el presente y futuro de España aunque, como Azorín, cambiaran a menudo de criterio, pero pensaban; no han persistido los que se refugiaban en la nostalgia.
En este último grupo habría que encuadrar a mi padre, aunque mi padre lo hiciera con espíritu original, que hiciera escribir a D. Ángel Ossorio y Gallardo “¡Qué estupenda poesía La Querella! No son unos versos, son una raza”.
El mundo rural, con sus paisajes todavía bucólicos y sus personajes inolvidables, de fuerte carácter, está siempre presente en los poetas del principio de siglo, como si previeran que su existencia tenía los años contados.
El libro de mi padre “Sonetos espirituales” recibe en seguida entusiastas elogios de la crítica. Como muestra podrían valer las palabras del crítico e historiador de literatura Julio Cejador: “Los Sonetos espirituales son las mejores poesías místicas compuestas en España desde mucho tiempo ha, de verdadero misticismo español, sincero, sentido y de exquisita hechura”.
A partir de 1918 y durante varios años publica asiduamente poemas en las páginas del diario El Debate. Ello contribuye al creciente y cada vez más extendido prestigio de mi padre como poeta. Su nuevo libro “Poemas castellanos”, de 1920, es distinguido por la Real Academia Española de la Lengua con el Premio Fastenrath, el más prestigioso de su tiempo. La notoriedad del poeta es máxima en estos momentos y unánimes las alabanzas de los críticos y comentaristas de poesía.
El “bando de los poetas”, como les llamaban los socios del Casino, admiraba apasionadamente a los grandes poetas de América: Rubén, el neosegoviano, Amado Nervo, Santos Chocano. Rubén Darío era nacido en Las Segovias, una región de Nicaragua donde llegó a haber dos Nuevas Segovias que sucumbieron sucesivamente a los terremotos, pero quedó el nombre en la región.

Lozoya se emocionaba también con los poetas franceses del 1900, como Rostand, autor del Cyrano de Bergerac (al que traducía y recitaba diciendo que el verso -en general- sonaba mejor en castellano que en francés).
Cuenta mi padre en el prólogo de una recopilación poética: “El bando de los poetas (…) (Julián María Otero, de exquisita sensibilidad; Juan José Llovet, que alcanzó con sus lecturas en el Ateneo triunfos resonantes; Mariano Quintanilla, una de las figuras más insignes en la historia cultural de Segovia) nos entusiasmábamos con los versos y con la prosa de quienes nos habían enseñado a ver nuestra propia tierra. Colaborábamos asiduamente en la “página literaria” de El Adelantado y en las revistas, de efímera vida, que surgían de nuestras tertulias, que se celebraban en el estudio de alguno de los artistas que formaban parte de nuestro grupo: Eugenio Torreajero, en el Taray, con balcones sobre las alamedas del Eresma; Fernando Arranz, que desde la antigua iglesia de San Gregorio dominaba las choperas del Clamores. Comenzaron a tomar parte de nuestros cenáculos jóvenes escritores foráneos establecidos en Segovia: Marcelino Álvarez Cerón, Alfredo Marquerie”.
Consideraba su amigo del alma al también poeta Luís Martín García Marcos, autor de un famoso soneto que es lo mejor que se ha escrito sobre el Acueducto.
VENDIMIA
(Poesía de Juan de Contreras)
Hasta que no quisiste que comiera
del rubio moscatel de que comías
con codicia infantil, nunca creyera
se dejasen comer las pedrerías.
Vendimiando amatistas y topacios,
mozos y mozas, en alegre coro,
lanzaban su cantar a los espacios
entre la pompa del viñedo de oro.
Seguimos conversando junto al río.
por las olmedas hondas y desiertas,
flotilla de oro sobre el caz sombrío,
bogaban hacia el mar las hojas muertas.
¡Tarde otoñal! La calma del ambiente
fue penetrando en mi sentir de mozo,
y el corazón, latiendo locamente,
se quería romper de puro gozo.
Dejáronme esas horas, tan tranquilas,
tanto dulzor en corazón y boca,
que aún se nublan un poco mis pupilas
cuando la mente su recuerdo evoca.
XVIII
(Poesía de Juan de Contreras)
Yo conocí a un anciano, tan anciano,
que en los profundos surcos de su frente
vislumbrábase un siglo, y en la ingente
barba, y en el cabello undoso y cano.
Yo he besado una flaca y larga mano
siempre leal, que peleó valiente,
y que volvió, muy suave y doctamente,
rimas del Dante en verso castellano.
Alguna tarde que en mi alegre huerto
buscaba sol para su cuerpo yerto,
le dio mi brazo reverente auxilio.
Era yo un niño, y por la vez primera,
llegóme al alma, de su boca austera,
la plácida cadencia de Virgilio.
EL LEBREL “AMADÍS”
(Poesía de Juan de Contreras)
Como un perro fiel
velaré tu sueño.
Yo seré el lebrel,
tú serás mi dueño.
Las dulces cadenas
en tu mano, ten
Que hasta el Tiempo vencen
los que quieren bien.
Mis ojos leales
no verán al verte
la huella que dejan
el tiempo y la muerte.
Te verán tan bella
como ahora te ven
Que hasta el Tiempo vencen
los que quieren bien.
Si tu imagen fuese
piedra blanca y fría
yo también en piedra
me convertiría.
¡Así el sueño eterno
velaré también,
que hasta el Tiempo vencen
los que quieren bien!
