El 15 de agosto de 2011 quedará grabado con letras de oro en la historia de la Iglesia Diocesana de Segovia como el día en el que más de 3.000 jovenes procedentes de casi medio centenar de países de los cinco continentes llenaron la Catedral para realizar una singular demostración de la vitalidad del mensaje del Evangelio en la Eucaristía que sirvió para poner fin a los «Días en las diócesis» celebrados con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).
A las 12 del mediodía, llegados de todas las parroquias de acogida de la capital y de la provincia, los peregrinos ocuparon prácticamente toda la superficie en torno al altar mayor del templo catedralicio para tomar parte en la celebración religiosa presidida por el obispo de Segovia, Ángel Rubio Castro y que concelebraron cerca de un centenar de sacerdotes tanto de la diócesis como de los que acompañan a los distintos grupos de jóvenes acogidos en la capital.
En la presencia de las autoridades locales y provinciales que asistieron a la eucaristía, Monseñor Rubio dedicó su homilía -cuya traducción en varios idiomas se entregó a los peregrinos no hispanohablantes- a animar a los jóvenes a mantenerse «firmes en la fe», tal y como reza el lema de la JMJ, así como a no «desorientarse con las atrayentes promesas del éxito fácil, de la apariencia y del apego a las cosas materiales para renunciar a descubrir la verdad».
El obispo invitó a los peregrinos a «conocer la fe de manera precisa como un especialista en informática conoce el sistema operativo de su ordenador o un músico conoce su composición musical, para que podáis afrontar con fuerza y decisión las tentaciones de este tiempo». Para ello, sugirió el estudio del Catecismo «con pasión y constancia, bien en el silencio de vuestra habitación, leyéndolo con un amigo o formando grupos de trabajo», y avanzó que en la diócesis de Segovia se pondrán en marcha próximamente iniciativas tendentes a fomentar el conocimiento del texto que resume y compendia la doctrina cristiana.
Uno de los momentos más significativos de la celebración llegó en el momento del ofertorio, donde jóvenes de varios países plantaron varias plantas con tierra procedente de sus respectivos lugares de origen, como símbolo de la unidad de todos los cristianos.
