Como ocurre en muchos otros talleres artesanales, en el interior de la botería de los Hermanos Moneo, situada a las afueras de Covarrubias (Burgos), parece como si se hubiera detenido el tiempo. Las materias primas, las herramientas y la maquinaria que en ella se utilizan son prácticamente las mismas que hace medio siglo, no en vano el taller ha preservado el arte de la fabricación artesanal de botas de vino «a lo largo de cinco generaciones», según explica Ángel Moneo, quien actualmente comparte el oficio con su primo Fidel, un consumado curtidor.
Inclinar la bota hacia el rostro al tiempo que se aprieta su parte inferior. La teoría para beber vino de un pellejo parece fácil, pero es un arte que si no se domina puede acabar en lamparón bermejo sobre inmaculada camisa blanca de domingo. Lo mismo ocurre con su fabricación, un oficio típicamente español que se ha preservado gracias a los pueblos, sus bodegas, sus fiestas y sus artesanos. Toda la piel que pasa por la botería de los Hermanos Moneo es exclusivamente «de cabras extremeñas», la mejor para este menester, tal y como apunta Ángel, sentado a una máquina de coser tan curtida como los cueros que desfilan bajo su gruesa aguja.
Tras el curtido, la piel se corta en piezas con la característica forma de la bota, que se hilvanan y se cosen de dos en dos. Es en ese momento cuando, en un proceso tan rápido como oscuro para el no iniciado en este arte, Ángel Moneo da la vuelta a la bota, ya cosida, para que el pelo del animal quede hacia adentro. Una vez secada, la bota se rellena con pez para garantizar su completo sellado. Precisamente, la misma pez que emplean en su taller los Moneo es la misma que suministran para la fiesta de El Vítor de Mayorga de Campos (Valladolid), en la que cada 27 de septiembre se queman viejos pellejos de vino para conmemorar la llegada al pueblo de las reliquias de Santo Toribio de Mogrovejo, uno de los principales evangelizadores de la América colonial.
Son muchos los refranes que la sabiduría popular ha dedicado a la bota y al caldo que guarda como oro en paño ésta, inseparable compañera de Sancho Panza, quien la empinaba en sus correrías junto a Don Quijote «con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga» .
