El Real Madrid se proclamó campeón del mundo tras derrotar a San Lorenzo de Almagro (2-0) en una final sin historia, dominada desde el inicio por los merengues, y decidida gracias a los goles de Sergio Ramos y Gareth Bale, al final de la primera mitad y al comienzo del segundo acto, en lo que fue la vigésimo segunda victoria consecutiva de los de Ancelotti.
Un triunfo que permite poner el mejor de los broches a 2014, el año natural en que el Real Madrid conquistó más títulos de su historia —Champions, Copa del Rey, Supercopa de Europa y Mundial— y estirar su dulce momento. Un curso imborrable en la memoria de los blancos, que apenas sufrieron este sábado para ganar al equipo del Papa Francisco.
El ideario del Ciclón pasaba por incomodar a los de Ancelotti, sacarles del partido. El ‘abc’ de los argentinos quedó muy claro en los primeros diez minutos. El único objetivo era desesperar a un Real Madrid que tardó mucho menos en evidenciar las diferencias con su rival. Primero fueron Cristiano y Benzema, voluntariosos sin acierto, y luego lo intentó James en la línea de tres cuartos. El colombiano, que regresaba al once tras su lesión, estuvo algo lento, sin la fluidez habitual y restando enteros a la versión más íntegra de Isco, menos arropado que cuando juega Illaramendi, el gran damnificado en la apuesta de Ancelotti.
Dada la situación del tablero, con los argentinos asumiendo su incapacidad frente a la de su oponente, llegó el primer gol del encuentro, obra de Sergio Ramos, que volvió a suspenderse en el cielo para hacer de cabeza el 1-0 y comenzar a marcar el paso.
El gol tranquilizó al Madrid en su empeño por no cometer fallos. Esto desacartonó la rigidez merengue en el centro del campo y permitió mejores minutos del actual campeón de Europa, que salió en la segunda mitad con más frescura en el último pase y, sobre todo, con mucho control del balón. Casillas apenas tuvo que estirarse un par de ocasiones al final.
Nada inquietaba el marcador, pero el 1-0 resultaba demasiado frágil como para llegar al final del partido con tal ventaja. Este problema ni tan siquiera llegó a existir en la cabeza de los jugadores, que mandaron cualquier hipótesis al carajo con el segundo tanto, obra de Bale en un error de Torrico. El británico estuvo asistido por la fantasía de Isco.
El portero argentino no acertó a agarrar el disparo del galés y cerró las esperanzas de la escuadra dirigida por Edgardo Bauza, que lo intentó sin fe en la media hora final. San Lorenzo, minimizado por su afán de querer destruir, llegó perjudicado a los últimos minutos y pudo haber encajado dos o tres más.
Pero al Real Madrid no le hizo falta nada más. Se conformó con jugar a medio gas, sin forzar todo lo que debería forzar en una final de este estilo. El equipo de Ancelotti estuvo a la altura y puso la guinda a la mejor temporada de la historia merengue.
