El retorno de Trump ha desatado movimientos impensables hace pocos meses. Son tiempos de acelerón histórico. La guerra de aranceles, la fugaz tregua y vuelta a la barbarie en Gaza, la humillación americana a Zelenski en horario de máxima audiencia, la tensión en Groenlandia, el realineamiento británico con el eje franco-alemán o las negociaciones para acabar la guerra en Ucrania son hitos trascendentales que se acumulan en un plis plas, pero quizá lo más relevante es la apuesta por el rearme como fórmula para reactivar las economías del viejo continente.
La placa tectónica norteamericana se aleja constantemente de la placa euroasiática desde hace unos 200 millones de años, milenio arriba, milenio abajo. No mucho, pero se alejan. Los científicos calculan que la distancia entre esos continentes crece al ritmo de un par de centímetros cada año. Estas mediciones se apoyan en la teoría de la deriva continental que alumbró Alfred Wegner, pero quizá algún día los geólogos demuestren que ese apartamiento se aceleró en los primeros compases del siglo XXI, al menos en términos políticos y financieros.
Las economías occidentales no levantan cabeza desde la crisis de 2007-2008. Los crecimientos del PIB resultan muy limitados en su conjunto, sobre todo si se comparan con los de otras latitudes asiáticas. Las autoridades españolas alardean de ser campeones de la Unión Europea (un 3,2% de alza el año pasado), pero el dato suena más a atractiva cola de león que a cabeza del rey de la selva: la zona euro ha registrado un escuálido aumento del 0,9 %. Un año más, el lastre de la gran depresión impide alzar el vuelo a los grandes de la UE. No han funcionado como se esperaba ni las sanciones a Rusia ni el apoyo militar a Zelenski durante el conflicto ucraniano. Los datos cantan. China acaba de publicar su informe de 2024 sobre importaciones de gas: el 33% llegó desde Rusia, seguido de Kazajstán, Turkmenistán, Uzbekistán y Myanmar. De demografía, casi es mejor no hablar. Igual que aquí se agrava el fenómeno de la España Vaciada, la Comisión Europea calcula que el porcentaje de población europea en el planeta va cuesta abajo y sin frenos: en 2070 el peso de los europeos en el mundo bajará desde el 6% actual hasta un 4%: la Europa Vaciada llama a la puerta.
El presidente Pedro Sánchez ha declarado este marzo pasado que no le gusta la palabra rearme para referirse al crecimiento de los presupuestos militares. Opina el líder español que lo correcto es hablar de seguridad y defensa en el marco geopolítico del siglo XXI. Algunos críticos dicen que eso es como llamar a una violación “hacer el amor unilateralmente”, pero lo cierto es que el aparato de activar miedo a las poblaciones está a toda máquina. Los medios han puesto el foco en el Kit de supervivencia (aunque ya estaba anunciado en el Informe Draghi presentado en septiembre) y se multiplican los mensajes para señalar a Rusia como un enemigo a punto de desplegar sus tropas en París. La intensidad propagandística ha crecido desde la escenificación en la Casa Blanca de cuánto importa a Trump la opinión de los 27 países apartados de las negociaciones de paz en Ucrania. “Europa nos estafa”, acaba de declarar esta semana la cabeza del mundo libre.
Los negocios armamentísticos viven su momento de máxima gloria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Europa ha encajado mal la marginación impuesta por la Administración estadounidense. El debate ha pasado en semanas de cuánto deben aumentar los presupuestos militares entre los europeos a plantear cuál es la velocidad con la que deben engordar los recursos de los ejércitos del viejo continente.
La exministra de Defensa alemana Úrsula Von der Leyen, también presidenta actual de la Comisión Europea, ha anunciado la necesidad de poner 800.000 millones de euros sobre la mesa castrense, porque “estamos en una era de rearme y Europa está dispuesta a impulsar masivamente su gasto en Defensa”. La interrupción de la ayuda de Estados Unidos a Ucrania ha espoleado el nuevo plan denominado -a pesar de los matices lingüísticos de Sánchez- “ReArmar Europa”.
Detrás de estas dos palabras que dan nombre al plan hay un cartucho de dinamita que vuela las reglas tradicionales de la Unión, desde suspender las normas de déficit fiscal para autorizar el endeudamiento de tipo militar hasta la compra conjunta de material bélico (tras el precedente de las vacunas por el Covid), además de préstamos de 180.000 millones de euros para alentar este tipo de adquisiciones. Se considera que las necesidades son de todo tipo: adquisición de sistemas de defensa aérea y antimisiles, sistemas de artillería, misiles y munición, drones y aparatos antidrones…
¿Quiénes se benefician de esa barra libre para rearme? Precisamente los países más grandes y con menor crecimiento económico, como por ejemplo Francia. El presidente Macron se frota las manos, porque cree que la industria francesa romperá así el techo de su raquítico crecimiento del 1,1%, tanto el año pasado como en 2023, y espera recuperar la calificación de su deuda por parte de las agencias, cuyo coste en los mercados sube mucho más rápido que el crecimiento galo.
La macroeconomía es una cosa, y el malestar social, otra. Encuestas rigurosas señalan que uno de cada dos franceses valora su situación económica como incómoda, con un tercio del total cubriendo a duras penas sus necesidades básicas. Como explica el sociólogo Rubén Juste de Ancos en la prestigiosa web CTXT, “Francia se ha convertido en el segundo exportador de armas a nivel global, solo por detrás de Estados Unidos. Cinco de sus empresas se sitúan entre las 50 mayores del mundo (Thales, Dassault, Naval Group, Safran y CEA). Estas empresas se caracterizan, dentro del ecosistema global, por tener una participación estatal de control por parte del gobierno francés y el Ministerio de Defensa. Esto beneficia a ambas partes de la carrera armamentística, pues asegura un crecimiento de pedidos por parte del Estado y aumenta su recaudación. Sólo en 2024, los beneficios por la venta de armas de Thales aumentaron un 45%”.
Alemania tampoco está para echar cohetes (de los festivos, claro) con sus datos económicos. El fin de los combustibles rusos baratos ha perjudicado seriamente su producción industrial, que ha caído un 3% durante 2024. Las cuentas están en números rojos (o crecimiento negativo, como traduciría el presidente Sánchez) desde 2023. Pasando de lo macro a lo micro, los alemanes lo pasan mal por la subida de precios energéticos tras el recrudecimiento de la guerra en Ucrania. El índice de pobreza energética afecta ya al 8,2% de la población germana. Pero España gana a Alemania no solo en crecimiento de PIB, sino también en esa falta de calor en el hogar: un 20,8% de los españoles no puede calentarse como necesita.
El giro empresarial hacia el dinero de las armas, al igual que en otros países como España, ya se ha dado. Nombres con resonancias históricas como las corporaciones Thyssen y Rheinmetall han registrado beneficios espectaculares en los últimos años y salivan ante el escenario guerrero. El ejemplo para entender ese viraje lo ofrece el grupo Rheinmetall, que está negociando la compra de una planta de Volkswagen, en Osnabrück, para abandonar la fabricación de automóviles y especializarla en tanques.
El caso de Gran Bretaña es más llamativo, sobre todo tras el acercamiento del país a las tesis dominantes en Europa por primera vez desde el referéndum del Brexit, en 2016. Como dicen los franceses, rassemblement des alliances. El primer ministro laborista Starmer apoya sin fisuras el envío de tropas, aviones de combate y soldados a Ucrania, una línea roja para el Kremlin. Ahora, siguiendo la línea de eufemismos vigente y tras la severa advertencia rusa, ha pasado a renombrar esa eventual escalada como “contingente de paz”.
El británico ha reafirmado el compromiso de alcanzar el 2,5% del PIB en gasto militar. Para bastantes empresas la cifra suena a música celestial, porque siete de las cien mayores firmas de defensa en el mundo son británicas. Resulta particularmente significativa BAE Systems, cuya especialización la sitúa en posición de ventaja para beneficiarse del rearme europeo: misiles, vehículos de combate y transporte, sistemas de comunicación… Según CTXT, esta compañía aporta el 17% de las ventas de la industria militar y de defensa europea. Curiosamente Bruselas ha abierto la puerta a empresas de armamento y defensa británicas, aunque también a Turquía.
Las ingentes inyecciones de dinero público y privado para el rearme alimentarán las cuentas de resultados de esos grupos empresariales dedicados a la defensa y a salvaguardar los intereses de sus accionistas, con los omnipresentes fondos de inversión a la cabeza. Bruselas espera un tirón bélico que permita salir a la UE del marasmo económico y plantar cara a los desafíos geoestratégicos que crecen como enanos en un circo peligroso y determinante para el futuro.
¡¡Más madera (inversora), esto es la guerra!!
Las finanzas europeas han puesto en el punto de mira al dinero más temeroso de sus mercados. El capital de los ahorradores siempre es reacio a las aventuras, pero Bruselas quiere utilizar esas huchas poco productivas para el plan de rearme como madera para sus inversiones. Militares, por supuesto. Como señala el blog El Territorio del Lince, esas cuentas corrientes tan conservadoras “tienen que transformarse en un capital de riesgo e inversión para apoyar los planes estratégicos de la UE. Y, para ello, hay que meter miedo con que vienen los rusos”.
La Unión Europea va a movilizar 800.000 millones de euros, un golpe de timón hacia una economía de guerra. Recientemente, en diciembre de 2024, una callada noticia se anticipaba a los acontecimientos: la creación del Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSR Bank). Su objetivo consiste en “impulsar la producción de defensa, asegurando que las cadenas de suministro estén equipadas para satisfacer las demandas de seguridad modernas”. El apoyo tradicional del Banco Europeo de Inversiones se queda corto para la ambición de rearme actual. La nueva institución financiera multilateral se perfila como una herramienta financiera para la OTAN y algunos expertos ya la llaman abiertamente “el banco de la OTAN”. O de la Alianza Atlántica, como se prefiera.
El anuncio se adelantaba a las recientes fricciones entre Europa y Estados Unidos escenificadas en las últimas semanas. Se prevé que ese banco DSR Bank esté en marcha en 2027 y los trabajos se aceleran estimulados por las negociaciones en Arabia Saudí entre Estados Unidos y Rusia. Europa sigue atentamente la evolución de los encuentros de esas potencias a través de la televisión de plasma, como en los tiempos de inolvidable transparencia mediática de M.Rajoy.
El 18 de marzo, la Comisión Europea prosiguió sus avances y presentó la Unión de Ahorro e Inversión (UAI). Los documentos oficiales explican que “la UAI es un facilitador transversal que creará un ecosistema de financiación en beneficio de las inversiones en los objetivos estratégicos de la UE. Como se destaca en la Brújula para la Competitividad, la capacidad de Europa para hacer frente a retos actuales como el cambio climático, las rápidas mutaciones tecnológicas y las nuevas dinámicas geopolíticas exige inversiones considerables, que el informe Draghi calcula en una cifra de entre 750.000 y 800.000 millones de euros suplementarios al año de aquí a 2030, además de las repercusiones del aumento de las necesidades de defensa”. Y añaden: “Muchas de estas inversiones adicionales están relacionadas con las pequeñas y medianas empresas (pymes) y las empresas innovadoras, que no pueden depender únicamente de la financiación bancaria. Mediante el fomento de unos mercados de capitales integrados, además de un sistema bancario también integrado, la UAI puede conectar eficazmente las necesidades de ahorro y de inversión”.
También en marzo, el Parlamento Europeo ha aprobado el Libro Blanco sobre el Futuro de la Defensa Europea. En ese texto, se indica que la non nata UAI (atentos a estas siglas en lo sucesivo) ayudará a “canalizar más inversión privada hacia el sector de la defensa» y se insta a los Estados de la UE a que “apoyen la creación de un banco de defensa, seguridad y resiliencia que sirva como entidad de crédito multilateral diseñada para conceder préstamos a bajo interés y a largo plazo que puedan apoyar prioridades clave en materia de seguridad nacional como el rearme, la modernización de la defensa, la labor de reconstrucción en Ucrania y la recompra de infraestructuras críticas actualmente propiedad de terceros países hostiles”. Es probable que el término “terceros países hostiles” haga referencia a los BRICS.
La preocupación para ahorradores se dispara (nunca mejor dicho) cuando los mandatarios europeos recuerdan que la “UE cuenta con una mano de obra con talento, empresas innovadoras y una amplia reserva de ahorros de los hogares por valor de unos 10.000 millones de euros en depósitos bancarios. Estos son seguros y de fácil acceso, pero suelen ofrecer menos rentabilidad que las inversiones en los mercados de capitales. La UAI puede sustentar el bienestar de los ciudadanos europeos al ofrecerles la opción y la oportunidad de perseguir un mejor rendimiento haciendo fructificar sus ahorros en los mercados de capitales”.
Malos tiempos también para los pensionistas. Se está facilitando el paso desde los ahorros seguros al capital riesgo para apoyar los planes de Defensa europeos. La UE lo aclara un poco más: “Los ahorradores minoristas ya desempeñan un papel central en la financiación de la economía de la UE a través de sus depósitos bancarios, pero deben tener la oportunidad, si así lo desean, de invertir una parte mayor de sus ahorros en instrumentos del mercado de capitales que les ofrezcan más rendimiento, también con vistas a la jubilación”.
