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Con el alma en una nube. Donhierro (I)

por José Luis Casla
21 de agosto de 2023
Jose Luis Casla
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Durante un tiempo, para mí inolvidable, ejercí de maestro de escuela en tres pueblecitos de la provincia de Segovia, recién terminada la carrera de magisterio en la Escuela Normal de esa hermosa e incomparable ciudad, con apenas veinte años, con toda la ilusión puesta en el empeño y, por supuesto, sin la menor experiencia. No tenía ni la menor idea de lo que me esperaba. He decidido recopilar estas experiencias vividas y pasarlas al papel. Me ha proporcionado una gratificante alegría recordar aquellos maravillosos y épicos tiempos que nunca olvidaré, y que pueden amenizar el tiempo de aquellos lectores, que conmigo, se decidan a conocer las andanzas de un maestro de escuela que lo fue de Donhierro, Moral de Hornuez y Duruelo, por este orden, donde llevé a cabo el sufrido ejercicio de maestro en condiciones a veces realmente penosas, en otras llevaderas, en ocasiones en medio de una soledad aplastante y en conjunto y pese a todo de hermosos y nostálgicos recuerdos imborrables, que forman parte de lo mejor y más amable de mi existencia.

Cuando al final de este periplo rural entré a formar parte del profesorado de un colegio privado en Madrid, me di cuenta de lo que había perdido y de lo que había dejado atrás. El contraste fue brutal y pese a que todas las condiciones en general mejoraron ostensiblemente, añoré profundamente mis pueblos, mi escuela con sus niños de otro mundo y sus afables y respetuosas gentes.

No es ni mucho menos mi caso el más digno de destacar, ya que cuantos maestros y maestras de mi generación y, sobre todo, de anteriores generaciones sufrieron lo indecible en aldeas y pueblos sin la menor de las comodidades exigibles. Recuerdo a una antigua compañera que estuvo destinada en una minúscula aldea cerca de Riaza. Se alojaba en una casucha entre las ruinas de un antiguo castillo. Pasó tanto miedo y en unas condiciones tan espantosas que al cabo de poco tiempo tuvo que renunciar al destino. Después la enviaron a un pueblecito no muy lejos de allí, que cuando llovía, las calles embarradas y en pésimas condiciones suponían un serio obstáculo para lograr llegar hasta la escuela situada en un lugar inaccesible del pueblo.

Por aquel entonces las escuelas eran unitarias. Los niños en una escuela con el maestro y las niñas en otra con la maestra y, por supuesto, de todos los cursos. Un trabajo ímprobo a realizar, facilitado, eso sí, por unos alumnos ejemplares, casi sumisos, sin malicia, y por unos padres absolutamente respetuosos con el maestro, a los que desde aquí, envío un caluroso, sincero y emocionado reconocimiento de gratitud y afecto.

Una fría mañana de invierno, llegué a Donhierro, un encantador pueblecito cuya escuela se encontraba justo en el límite de las provincias de Ávila, Valladolid y Segovia. Una piedra o mojón señalaba el lugar exacto de la conjunción de las tres provincias.

Sin saber qué hacer ni por dónde empezar, me despedí de mi padre que me había llevado en el seat seiscientos desde Muñoveros, también de Segovia, donde residía.

Mi primer pueblo, con veinte años, sin experiencia alguna y en un lugar recóndito y apartado en plena meseta castellana. Recordé entonces aquellos versos de Patxi Andión: Con el alma en una nube/y el cuerpo como un lamento/llega el problema del pueblo/llega el maestro.

Por aquel entonces las escuelas eran unitarias, es decir, los niños en una escuela y las niñas en otra. Desolador panorama; treinta niños para mí, el maestro y treinta para ella, la maestra. Como Dios manda. De todos los cursos y de ocho a catorce años. No lo recuerdo, pero imagino que sentiría un irrefrenable impulso de abandonar y salir corriendo.

Lo que sí se me quedó grabado fue lo primero que hice; arreglar un cristal roto y encender la gloria, calefacción muy extendida por entonces en las escuelas y que consistía en unos túneles que recorrían el subsuelo. La leña se introducía por una boca de entrada practicada en la parte posterior de la escuela, se empujaba hacia el interior y se cerraba con una puerta metálica. Al cabo de media hora, yo y mis expectantes e inquisitivos alumnos disfrutábamos de una agradable temperatura.

Conseguí salir adelante organizando lo mejor que pude aquel desbarajuste de los cinco ó seis cursos que tenía. Era el responsable único de mi escuela y de mis niños con los que hacía excursiones frecuentes a deliciosos lugares de los alrededores como uno próximo, muy conocido, donde se encontraban con facilidad restos arqueológicos como puntas de flecha y otros utensilios con los que logramos formar una estimable colección y que me permitieron impartir varias clases de ciencias naturales al aire libre.

Fueron duras las primeras semanas, apesadumbrado por una soledad que me sobrepasaba por momentos. No obstante, no tardé mucho en trabar amistad con los pocos jóvenes y menos jóvenes con los cuales y de vez en cuando, me acercaba a Arévalo, un importante y animado pueblo situado a pocos kilómetros de Donhierro. Recuerdo también las partidas de mus en la única tasca del pueblo. Buenas gentes, afables siempre y a las que desde aquí, rindo testimonio de gratitud.

Nunca he sido animal religioso, pero como maestro estaba obligado a asistir a misa los domingos acompañado de los niños de la escuela. Nos situábamos a ambos lados del altar mayor presidiendo la ceremonia. Inimaginable para mí, pero creo que lo afronté dignamente.

El maestro por aquel entonces era toda una institución, valorado y respetado por los niños y por los padres. Parece mentira, pero hoy, treinta y cinco años después, algo ha cambiado en este aspecto.

Deseo dedicar un especial recuerdo a la patrona que me acogió en su casa. Una señora que me trató con todo el respeto y la mayor de las deferencias. Me hizo sentir como un marqués, abrumándome con sus cuidados. No recuerdo su nombre, pero agradecí y agradezco profundamente el maravilloso trato de todo tipo que me dispensó.

Poseía una magnífica casa en la placita del pueblo, un lujo para lo que me esperaba en el pueblo siguiente adonde fui destinado.

No se me olvidará jamás una anécdota relacionada con la Virgen que colgaba de la cabecera de la cama que decidió descolgarse y propinarme un severo golpe en la frente cuando me encontraba en pleno sueño. Quizás decidió reconvenirme por mi falta de religiosidad. Impagable el curso que pasé en Donhierro. Dedico un emocionado recuerdo a sus gentes y a los niños de entonces, mujeres y hombres de hoy.

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