Decir que Occidente está sumergido en una profunda y preocupante crisis, viene a ser ya una redundancia. Lo sabe todo el mundo. Pero lo que quiero decir es que también el cine se está haciendo eco de esas dificultades y los cineastas ofrecen su particular visión de tan problemáticos momentos en el devenir de nuestra historia. Son testigos activos de nuestro tiempo.
Una de esas posibles reacciones a la crisis viene a coincidir con las intenciones de Preston Sturges, cuando en 1941 rodó “Los viajes de Sullivan”, cuya tesis venía a decir algo así como “al mal tiempo, buena cara”, que cuando las cosas se ponen feas, la gente no quiere ir al cine a ver sufrir a otra gente, sino a olvidar en lo posible sus propias cuitas.
John Ford afrontó en aquellos mismos años el rodaje de “Las uvas de la ira”, para reflejar en sus imágenes el dramatismo propio de la ocasión, los efectos producidos en las clases más bajas por el ‘crack’ del 29. Pero Frank Capra prefirió impulsar la doctrina del New Deal, realizando películas protagonizadas por gente de buen corazón, con emotivos finales felices que permitieran al público salir de las salas con renovada fe en la humanidad, con renovada esperanza en que todos esos problemas acabarían por solucionarse.
Pues ese es el espíritu que, a mi juicio, ha pretendido insuflar Aki Karismaki a su película “El Havre”, con la que ayer se inauguró la sexta Muestra de Cine Europeo Ciudad de Segovia. Bien es verdad que Kaurismaki nunca reconocerá ninguna influencia del cine americano, sino del cine clásico francés. Sin embargo, Kaurismaki está catalogado como realizador de un cine de inspiración naif que bien puede entroncar con la ingenuidad utópica que desplegó el citado Capra. No obstante, en esta ocasión creo que Kaurismaki está más próximo al sentimentalismo habitual de Charles Chaplin.
“El Havre” concursó en Cannes y de allí se llevó el circunstancial Premio de la Fipresci, es decir, el premio de la crítica, que suele decantarse por proyectos arriesgados, pero no hay que asustarse por eso, sino al contrario en este caso, porque resulta ser una película lineal, sencilla de seguir, muy positiva, muy agradable de ver. Y esto lo digo porque la película vuelve a pasarse el domingo a las doce de la mañana y el lunes a las seis de la tarde, por lo que les animo a que la vean, si no pudieron verla ayer.
Y si usted es un cinéfilo, quizás recuerde que el personaje protagonista, Marcel Marx, es el mismo de “La vida de bohemia” (1982) y que, por tanto, esta película enlaza perfectamente con el resto de la filmografía de Kaurismaki. Pero, aparte de recalcar su estilo característico, han de saber que esa aparente frialdad, ese laconismo, ese afán por crear distancia, terminan por generar una enorme emotividad, culminando en un peculiar final feliz, ajeno sustancialmente a lo que solemos tener por realidad.
Es evidente entonces que Kaurismaki quiere lanzarnos un mensaje de solidaridad con los más desfavorecidos, de lucha para que la gente de buena voluntad termine imponiéndose sobre la violencia y la maldad que amenazan al mundo, de combate contra esa codicia que en estos momentos se hace tan patente.
Y hablo de codicia para enlazar con “5 metros cuadrados”, la película de Max Lemcke que resultó triunfadora en el Festival de Málaga y que hoy, jueves, puede verse dentro de la programación de MUCES. Nos narra el proceso de degradación del personaje que encarna Fernando Tejero, cuando se empeña en luchar con todas sus fuerzas contra la injusticia de quien le está privando de una vivienda a la que tiene derecho, no tanto porque así lo proclame nuestra Constitución, cuanto porque ha pagado la entrada correspondiente.
El estallido de la burbuja inmobiliaria está dejando víctimas, personas normales con ilusiones de lo más corriente. En el otro lado de la balanza, nos cuenta Lemcke, están los empresarios indecentes y los corruptos. Mientras unos se hunden en la miseria y les acecha la enfermedad física y mental, los otros, impunes, se forran sin que nada se oponga al oprobio de semejante inmoralidad.
Resulta evidente el espíritu de crítica de la situación por parte de Max Lemcke. Otra cosa es que su tratamiento convenza a todo el mundo. Particularmente, soy de quienes piensan que el tema merecía mejor resultado fílmico, porque Lemcke nos entrega una película que no está mal pero, de algún modo, fallida.
