Es importante recordar a las personas que, en su tiempo, contribuyeron a mejorar la vida y las relaciones humanas y con Dios y que pueden ser un referente para los tiempos actuales, a pesar de los siglos transcurridos. Es lo que ha hecho el Papa Francisco al publicar hace unos días una Carta apostólica titulada “Grandeza y miseria del hombre”, referida a Blaise Pascal, que nació en Clermont, en el centro de Francia, el 19 de junio de 1923 y murió con sólo 39 años, el 19 de agosto de 1662, en París, a quien define como «infatigable buscador de la verdad», «pensador brillante», «atento a las necesidades materiales de todos», «enamorado de Cristo», «cristiano racional fuera de lo común» y de «inteligencia inmensa e inquieta».
Buscador de la verdad
“Desde niño y durante toda su vida buscó la verdad. Con la razón rastreó sus signos, especialmente en los campos de las matemáticas, la geometría, la física y la filosofía. Realizó descubrimientos extraordinarios desde muy tierna edad, hasta el punto de alcanzar una fama considerable. Pero no se detuvo ahí. En un siglo de grandes progresos en muchos ámbitos de la ciencia, acompañados de un creciente espíritu de escepticismo filosófico y religioso, Blaise Pascal se mostró como un infatigable buscador de la verdad, y como tal permaneció siempre “inquieto”, atraído por nuevos y más amplios horizontes.
Abierto a la realidad que vivía
“Apertura a otras dimensiones del conocimiento y de la existencia, apertura a los demás, apertura a la sociedad. Por ejemplo, estuvo detrás de la creación, en 1661, en París, del primer sistema de transporte público de la historia, los “Carruajes de cinco centavos”. Si recalco este suceso desde el principio de esta carta, dice el Papa, es para insistir en el hecho de que ni su conversión a Cristo, a partir sobre todo de su “Noche de fuego” del 23 de noviembre de 1654, ni su extraordinario esfuerzo intelectual en defensa de la fe cristiana lo convirtieron en una persona aislada de su época. Estaba atento a las cuestiones que en ese entonces eran más preocupantes, así como a las necesidades materiales de todos los que componían la sociedad en la que vivió.
Una mente científica excepcional
«En 1642, a los diecinueve años», escribe el Pontífice, «inventó una máquina de aritmética, antecesora de nuestras calculadoras». Así, Pascal «nos recuerda la grandeza de la razón humana y nos invita a utilizarla para descifrar el mundo que nos rodea». Su «espíritu de geometría», práctica confiada de la razón natural, «lo hacía solidario con todos sus hermanos en busca de la verdad, le permitirá reconocer los límites de la inteligencia misma y, al mismo tiempo, abrirse a las razones sobrenaturales de la Revelación».
Fuera del amor, «no hay verdad que valga la pena
Pascal, «hombre de inteligencia prodigiosa», se preocupó de hacer saber a todos que «Dios y la verdad son inseparables», pero también que «fuera de los objetivos del amor, no hay verdad que valga la pena». «No hacemos un ídolo con la verdad misma, porque la verdad sin la caridad no es Dios y es su imagen y un ídolo al que no hay que amar ni adorar». “Conocemos la realidad no solo con la razón, sino con el corazón”.
El tema del sentido integral de nuestra vida
El Papa recuerda que el tema que más interesaba al hombre de su tiempo y también de hoy es «el del sentido pleno de nuestro destino, de nuestra vida y de nuestra esperanza, el de una felicidad que no está prohibido concebir como eterna, pero que sólo Dios está autorizado a conceder». En los Pensamientos encontramos el principio fundamental de que «la realidad es superior a la idea», y debemos recordarlo, escribe Francisco, hoy que » las ideologías mortíferas que continuamos padeciendo en los ámbitos económico, social, antropológico y moral mantienen a quienes las siguen dentro de burbujas de creencia donde la idea ha reemplazado a la realidad”.
Lo reflejado en este artículo es un aperitivo de lo que dice la Carta del Papa referido a Pascal. Les invito a saborearla íntegramente. Es un buen alimento.
