El flamenco castellano del siglo XVI lo bailaban las tallas en movimiento de Alonso Berruguete, afirmó en su día el bailarín y coreógrafo Vicente Escudero (1888-1980), a quien el Museo de Arte Contemporáneo Español Patio Herreriano ha dedicado en Valladolid una exposición antológica inaugurada este viernes.
Las bocas de riego y las alcantarillas del Valladolid finisecular, convertidas en improvisados tablados, mitigaron la frustración de un mozo de imprenta absorbido por la danza, a la que dedicó toda su vida desde que a los 16 años marchó a las cuevas del Sacromonte granadino en busca de las raíces del baile flamenco.
Fue el principio de una búsqueda, trayectoria y legado que resume el más de medio millar de piezas de la exposición titulada “Coreografía, bailes y danzas de Vicente Escudero”, que hasta el 10 de septiembre ocupará tres amplias salas del Museo de Arte Contemporáneo Español Patio Herreriano.
“Porque fue un artista total, un auténtico revolucionario, un innovador y vanguardista desde la tradición”, ha argumentado Pedro G. Romero, coordinador de esta muestra que, además del museo vallisoletano, han producido el Centro Federico García Lorca, de Granada, y el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla.
Desde su imaginario, cimentado en la tradición, “nadie duda a estas alturas de que fue muy importante en el flamenco pero fue mucho más allá”, ha insistido Romero al reivindicar a Escudero también como “uno de los artistas plásticos” de la Generación del 27 y de la II República, “un antecedente de las artes vivas” que asomaron durante los sesenta “en forma de perfomance y acción”.
“Fue un artista revolucionario, poco menos que un Dios en París y Nueva York, pero cuando regresaba a España no hacían más que ponerle ‘peros’ a su visionaria creación”, ha añadido el comisario delante del alcalde de Valladolid, Óscar Puente, y de dos sobrinos-nietos del genial bailarín, coreógrafo, cantaor y actor ocasional, también dibujante, pintor y escritor.
Todo eso fue Escudero, amigo de Duschamp, Picasso y Miró, como acredita esta antológica que incluye carteles, discos, partituras, fotografías, cartas, indumentaria, cuadros, planchas de grabados, libros, programas, recortes de prensa, discos y numerosos vídeos donde se aprecia el magisterio de quien, ni gitano ni andaluz, fue el gran teórico de la danza flamenca masculina.
Defensor de su pureza y uno de sus intérpretes más genuinos, de sus normas se declararon deudos y seguidores nombres históricos de la danza española como Antonio Ruiz El Bailarín y Antonio Gades, un clasicismo, sobriedad y originalidad que dejó en letra escrita con su famoso decálogo que leyó públicamente en Barcelona (1951), y que antes desgranó en “Mi baile” (1947), cuya primera edición se expone.
Los carteles de sus espectáculos, en uno de los cuales compartió escena con Anna Pawlowa (1931), cuelgan de las paredes junto a numerosas fotografías.
