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«Sigo tan apasionada por este oficio como cuando empecé»

por Redacción
17 de enero de 2011
/ Daniel Dicenta Herrera

/ Daniel Dicenta Herrera

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Pero también la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos, escribió Jaime Gil de Biedma en uno de sus poemas sin duda más afortunados. Y es muy cierto, como sabe cualquiera que en su momento invirtiera en el Betamax doméstico: rara vez nos salen las cosas como pensábamos, pero en no pocas ocasiones es incluso mejor que sea así. Esas, digamos, pequeñas e íntimas decepciones no solo nos demuestran que la vida es espléndidamente imperfecta, además de bastante puñetera, sino que nos permiten tener oportunidades que, de otra forma, quizá no hubiéramos tenido. No se las puede dejar escapar, aunque sean ellas las que nos atrapan. Por ejemplo, a la hora de buscar nuestra vocación, podemos hallarla en el sitio más inesperado e insólito, de la misma forma que nunca hubiésemos pensando que en aquel bar en el que una noche entramos con algo de desgana, simplemente porque ya era el último abierto, íbamos a encontrar una cintura a la que nos abrazaríamos cada noche. Digamos que está bien tener planes lo suficientemente ambiciosos como para escribir la gran novela americana o para conquistar las lunas de Júpiter, pero tampoco hay que despreciar la inevitable capacidad de sorpresa que, con su particular incertidumbre, nos ofrece la vida. Más que nada porque probablemente no haya otra forma de vivir. Sin brújula y sin guión, solo con unas pocas intuiciones, a la espera de que esa mezcla entre la voluntad y el azar vaya trazando, de mejor o peor manera, la ruta y el papel. Paciencia y barajar:

«En mi casa siempre hubo inquietudes artísticas. Mis padres no se dedicaron a esta profesión, pero eran muy creativos. Además, les gustaba mucho el teatro y el cine. No en vano, mi madre, que también tenía muy buena voz, venía de una familia en la que se iba mucho al teatro».

¿Quería ser artista desde pequeña?

Nunca tuve esa fijación, no. A los 12 años gané varios premios cantando, pero, desde luego, no recuerdo pensar en aquellos momentos que quería dedicarme a ello. Había manifestaciones. Pero lo he ido descubriendo por el camino.

¿Cuándo lo tiene claro?

En Radio Valladolid hice programas, además de cuñas. Con el tiempo me fui a Madrid. No sé explicar todavía por qué, pero necesitaba más oxígeno. Me hizo una prueba Antonio Calderón, y me metió en el cuadro de actores de Radio Madrid como protagonista. Ése fue mi trampolín a los escenarios, pues me propusieron hacer un personaje de la radio en el teatro.

Y cuando ya encuentra qué quiere ser.

Siempre me había gustado ese mundillo, pero, después de mi estreno con El campanero, de Edgard Wallace, con el que sería mi suegro, Manolo Dicenta, fue cuando descubrí que sentía algo en el escenario que no me había pasado en otro sitio.

Entonces fue algo, por así decirlo, natural.

En efecto. Por ejemplo, aprendí ese desdoblamiento que se produce en el escenario sin haberlo estudiado en los métodos. Me pasaban cosas muy atractivas. Tanto que renuncié al proyecto que tenía Antonio Calderón en la radio y me decidí por la inseguridad del teatro.

¿Sigue sintiendo lo mismo cuando interpreta?

Muchísimo más. Esas sensaciones se han convertido en una pasión que ha crecido sin límite en el tiempo. Sigo tan apasionada con mi oficio como cuando empecé. Lo quiero tal y como es, sin adornos. Es una profesión muy dura, pero la acepto y la amo.

A veces se olvida ese sacrificio…

El que se sienta en la butaca lo único que quiere es que le cuenten una historia y creérsela. Nada más. Sin embargo, éste continúa siendo un trabajo de ir día a día, minuto a minuto. Es una carrera de fondo. Siempre hay que trabajar.

La incertidumbre puede ser un incentivo.

Para mí lo ha sido. Me han ofrecido cosas para tener una situación más estable. Por ejemplo, una vez me quisieron contratar para hacer doblajes, en el 61. Y dije que no a un trabajo que me habría dado muchísima más seguridad.

No es lo habitual.

Tampoco sé explicar qué razonamiento me hice, creo que fue algo instintivo, para defender mi libertad de manera inconsciente. La inseguridad te pone alerta y por ello defiendes siempre tu trabajo como si estuvieras empezando.

Sin dormirse…

Porque siempre empiezas de cero, aunque tengas cierta antigüedad. El que se duerme es porque es idiota. A este oficio hay que ponerle todo el entusiasmo. Y cuando se acabe, tienes que irte a tu casa. No entiendo la profesión de otra manera.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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