Vayamos al grano: El hilo del toreo, escrito por José Ala-meda, es uno de los libros más hermosos que se pueden leer sobre la tauromaquia. Con un estilo transparente y poético, como un fanal iluminado en mitad de la noche, cuenta por qué cada torero no es sino la consecuencia de todos los que le han precedido. Pero lo que Alameda no contó en su magnífico ensayo es que es en el toro donde se encuentra el verdadero hilo del toreo. Fuera clichés, pues: es tanta la riqueza de la Fiesta que, a día de hoy, pese a la ignorancia de unos y el abandono de otros, la Fiesta continúa viva. Y seguirá así por mucho tiempo. No lo duden:
«Soy persona de fe positiva. Cuando yo empezaba, había grandes profesionales que ya me contaban que todo esto se acababa. Es curioso, porque en una ocasión le pregunté a Domingo Ortega y me dijo que eso ya se lo había oído a Juan Belmonte y a Joselito».
Entonces la Fiesta está tan muerta como el periodismo.
Pasa con todas las historias de la humanidad… En el torero lo que sí tiene que haber es una evolución. Y probablemente en esta profesión no la hemos hecho todo lo bien que deberíamos, sobre todo en lo que se refiere a la divulgación.
A la gente joven ya le interesa poco, por ejemplo.
Los que más y mejor lo han cultivado, en este aspecto que us-ted menciona, han sido los franceses. Francia ha sabido comunicar a la gente joven. Y la razón es que ellos tienen un lema más puro que el nuestro. Se han aferrado al toro.
¿Nos ha faltado centrarnos más en el toro?
Siempre he sido de los que han pensado que el protagonista es el toro. Eso me ha costado discusiones con compañeros. Pero ahora recuerdo a mi amigo Julio Robles, que llegó a sentir respeto y amor por el mismo animal que le había dejado en una silla de ruedas.
Eso tiene mucho que ver con la humildad.
Me gusta más la palabra realismo. Eso es algo que aprendes cuando le tienes respeto al toro y a lo que le rodea. Por ello, en lo humano, he aprendido hasta ayer mismo que hay que ser normal y corriente, porque, si te crees otra cosa, la soberbia acaba poniendo a cada uno en su sitio.
Pero esa actitud se suele llevar en los genes.
En mi caso, comportarme de esta forma me lo habían enseñado mis padres y mis abuelos de pequeño. Es un patrimonio del que no me he desprendido en momento alguno, tanto en el triunfo como en el fracaso.
Santiago Martín, El Viti, no solo fue el dueño de una de las mejores muñecas que se recuerdan a la hora de torear al natural, sino también el continuador de ese hilo por el que habían pasado Juan Belmonte o Antonio Montes. Su estilo clásico, profundamente melancólico, se empezó a perfilar en su pueblo natal Vitigudino, si bien ya iba en su carácter. El que fuera una de las máximas figuras del toreo durante las décadas de 1960 y 1970 es hoy un hombre amable, un subversivo que habla serenamente, sin prisas, tratando de que cada palabra, pronunciada siempre con una voz mineral, encaje en su discurso con aquella perfección y parsimonia con la que era capaz de llevar al toro hacia los adentros:
«Éramos ocho hermanos. Recuerdo que de pequeños nos en-treteníamos con las labores que los abuelos hacían en el campo, como pastorear las ovejas o recoger la almendra… Mi padre, por su parte, tenía un taller de carros».
¿Ya entonces quería ser torero?
Para los niños de entonces, jugar al toro era muy típico. Incluso en la escuela y en los carros solíamos pintar motivos taurinos que veíamos en el campo o en las revistas de entonces… Mi abuela, por ejemplo, cantaba viejas canciones sobre toreros del XIX o del XVIII…
¿Cuándo debuta?
Fue en marzo de 1956, en unas fiestas de Vitigudino. Lo hice con muchísima ilusión, pues era un párvulo en el quehacer taurino y estaba muy verde… Era inmenso el misterio que había por delante en la vida y la verdad es que, no obstante, llegaron las cosas de una manera muy favorables.
¿Su familia cómo se lo tomó?
Lo aceptó muy bien, pero fueron consecuentes con un sueño que era muy difícil. Hablamos de un mundo muy extraño y para ellos, seguramente, mucho más. Además, en mi pueblo había una gran afición. Mi madre fue la que más se preocupó…
Empezó su carrera sin prisas.
Me había marcado ser matador de toros, pero sin precipitarme, pues, a pesar de los costes que suponía ir con lentitud, había que forjarse. Incluso el año antes de la alternativa participé en treinta y tantas novilladas. Y en ese momento ya había toreado en Las Ventas cinco novilladas.
No es lo habitual ir a ese ritmo…
Para algunos había premura, sobre todo para los componentes de la cuadrilla. Una cosa es que me aconsejaran, porque eso siempre se agradece, pero que se metieran en mi forma de ser o de actuar no lo consentía.
Lo tenía claro.
Es que el toro no admite prisas. Así es como te vas formando, tanto humana como profesionalmente. Para conseguir las cosas, te encuentras con muchas dificultades y estaba convencido de que tenía que grabar en mi mente todo aquello que me aportara algo.
Antes de la alternativa tuvo la cogida en Francia, la que definió su forma de torear.
Me dañé el brazo izquierdo y tuve que adaptarme. Son las cosas que pasan en la vida. Cuando te crees que estás más desesperado, tienes que echar mano de tu fe, sabiendo que no hay mal que por bien no venga.
Bueno, tanto es así que, sin ese accidente, hay quien dice que jamás hubiera desarrollo un movimiento de muñeca y hombro tan perfecto para torear al natural.
Probablemente me ayudara mi falta de recorrido en el codo, de acuerdo. Pero también tuve la suerte de ser un privilegiado, pues lo que entonces era muy criticado, llevar al toro tan adentro, me lo admitieron.
