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El palacio desmigado

por Eduardo Juárez
21 de agosto de 2022
EDUARDO JUAREZ

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Una vez imaginé el palacio remanecido en el parque de Valsaín. La torre nueva restaurada lucía lozana contra las verdes lomas abigarradas de pinos que aterciopelan el viejo camino de la venta. A la sombra del murallón de Siete Picos, miles de joviales escorrentías acompañaban a centenares de truchas en loco descenso por los meandros del río Valsaín. Ventanas acristaladas por planchas traídas de Cadalso y Ávila miraban desde la torre el repetitivo jugueteo que los peces gastan en el agua arrullándose entre los cepellones de yerba húmeda y las brillantes rocas lavadas por milenios de felicidad serrana. En amplio solar liberado de inmundicia, la ruina recuperada del antaño gallardo palacio de Valsaín atendía con dignidad a cuántas miradas se centraban en su renacido lustre. Desde la vieja torre nueva coronada de negro bonete empizarrado entre oscuras lascas sacadas de los intestinos de Becerril, El Muyo y Serracín, la resurrección del palacio alcanzaba una amplia galería bien cubierta y la arcada principal, aquella que cruzaran una y otra vez los últimos Trastámara, vástagos de una descendencia borgoñona perdida con el fuego que todo se ha de llevar. Accediendo entre piedra labrada y arco tallado, me perdía por la sala principal hasta llegar al torreón de Gaspar de Vega, absorto entre ladrillo enfoscado y piedra descarnada. Ya dentro de la base de la torre, me detenía a observar los restos recuperados que del palacio de Valsaín adornan en silencio parajes dispares desconectados del origen y el conocimiento de quien lo mira. Allí, mostrados en su ancestral esplendor, los vestigios de lo que antaño fuera la casa de un rey descomunal soportaban ser examinados por una plétora de visitantes en estoico devenir de eterna vida dedicada al recuerdo de lo que fue. Palacio y torre, monte y roquedal, arroyuelo y nava amplia que trasegar, Valsaín eternizaba en un lánguido recuerdo lo que nunca debimos dejar pasar.

Así me sentí, supongo, visitando el museo de la Opera del Duomo en el palacio que da la espalda a la gran cúpula de la catedral de Florencia, hace ya más de tres interminables años. Paseando con mis hijos entre los viejos restos de aquella iglesia, pensé en lo mucho que aquel país hermano hace por dignificar su patrimonio y lo poco que aprendemos en esta España perdida al pasado y de incierto futuro. Cierto es que nunca fuimos capaces de proteger el tesoro que la historia nos ha dejado en préstamo y hemos consentido vilmente que preciosos legados como el ábside de San Martín en Fuentidueña expuesto en el Museo Metropolitano de Nueva York o el monasterio de Santa María la Real de Sacramenia vestido con los pétreos escudos del convento de San Francisco de Cuéllar al sol radiante de la Florida norteamericana hayan perdido la voz de la conciencia en un grito sordo por ningún paisano escuchado.

Qué un puñado de dólares suelan acallar las razones de quienes nunca prestaron atención a tamaña infamia, es bien sabido. Otra cosa bien distinta es que los aquí paseantes, a pesar de las múltiples figuras de protección inventadas por la conciencia democrática de protección del pasado monumental, sigamos con la lamentable ceguera autoimpuesta.

De nada han servido decenios de educación en el conocimiento del entorno, de respeto hacia lo que se ha recibido como legado y el compromiso sempiterno de transmisión. De ser así, no nos acercaríamos sin más hasta la fuente de la Pradera de Navalhorno, a pie de carretera, sin percatarnos de que los dos centauros invertidos que saludan al sediento lo hicieron durante tres siglos con reinas francesas y austriacas, pérfidos príncipes inconscientes y una legión de súbditos al servicio de una monarquía imaginada universal. Ahora brocal de fuente, antaño ménsula en alguna galería del palacio, mueren en vida desconectados de lo que era su función vital. Más allá del escudo que adorna la fuente del Castillo, fácil es ver una esquina de brutales sillares circulares en el paseo que sale de la plaza de Valsaín camino de las viejas casas de los maestros y los pradales que rodean al cementerio hacia la senda de las peonías, ya en las cercanías de Navalparaíso. Cruzando el pueblo hacia el lado contrario, aquí y acullá aparecen recios ventanales de enlucido granito pulimentado, cornisas extemporáneas, arquitrabes extraviados entre burdo ladrillo y foscos revocos o cornisas desesperadas por soportar livianos entablamentos, muy alejados de las hercúleas vigas para las que fueron pergeñadas.

Asomado al pretil del puente viejo, perdida la mirada en el vasto parque y el ejército de trincheras y túmulos que imagino preñados de viejos muros graníticos, rocosos recuerdos de aquel inmenso y descomunal palacio, no dejo de pensar en cuántos vestigios han partido hacia la desubicación más artera y desvergonzada. Entre la fuente que, recubierta de algas e inmundicia, envenena de vez en cuando al paseante desprevenido que se asoma a esas turbias aguas al arrebol del puente de la Cantina y la pilastra de hojas de acanto revenidas fija en el caño seco del Colmenar que habita el jardín del rey, éste que suscribe desearía haber dado con un presente aleatorio de patrimonio localizado y sociedad educada en su protección. Recuperado todo aquello en la ruina reconfortada de Valsaín, disfrutaríamos de un “museo dell’Opera del Palazzo” que nos enseñara a asumir la grandeza de un pasado unido al futuro por un presente comprometido con su salvaguarda.

En tal distopía irrealizable, los españoles no habríamos necesitado de protección alguna, de declaraciones de Interés Cultural ni semejantes zarandajas sin sentido, de modo que, asumida por todo quisque la importancia del legado, nadie se hubiera atrevido a desgajar parte alguna del todo constituido. San Martín seguiría pletórico en la cima de Fuentidueña, divisando en la lejanía el monasterio Real de Sacramenia y la hermosa construcción cuellarana, a la vez que piedra y fresco, columna y pilastra, cornisa y esquinazo, engalanarían un reconvertido palacio real de Valsaín, dejando ese burdo esqueleto desmigado que me tortura en ese rincón donde las pesadillas desaparecen consumidas por su propia inconsistencia.

Sólo espero que, aún consumido por la utopía, llegue un día en que, sin necesidad de cerrar los ojos a un futuro imposible, el sol luzca en sedoso amarilleo atravesando las ventanas de un torreón altozano, orgulloso de dar sombrío atardecer a un patrimonio nunca más despreciado, nunca más apartado por un presente insaciable que todo lo desmiga, que todo lo agosta, hasta ennegrecer ese futuro que de ninguna manera nos pertenece.

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