Ana Cristina Herreros se presentó, de alguna manera, en el Patio de la Casa de Andrés Laguna, el pasado viernes, como una buhonera de cuentos. En cuanto subió al escenario dio a conocer su mercancía: cuentos tradicionales, mayoritariamente de transmisión femenina entre los que destacaban los provenientes de África y los de su tierra natal, León. De esta manera, la narradora fue sacando del invisible carromato de su memoria un muestrario de cuentos eróticos –pues ese era el gran hilo conductor– que mostraba a la concurrencia que la rodeaba. Empezó con un precioso librito de tela que la acompañó al cantar ‘Terezinha de Jesus’, primero en portugués y luego español, pero después ya expuso su mercancía con el único sustento de la palabra.
Si hay algo que destaca en Ana Cristina Herreros es que va a la esencia de las historias. Puede que tenga que ver con su labor de recopiladora y editora, pero el caso es que no gusta de hacer digresiones mientras cuenta, elige un lenguaje comprensible para todos y, en caso de que haya que contextualizar o explicar algo, lo hace al inicio del cuento; de este modo la narración es muy fluida y directa, algo fundamental para ella. Quizás, por esto mismo no quita el ojo a quien la escucha y cuenta con la mirada, con la sonrisa y con un cuerpo que sabe del gesto preciso en cada momento pues, tras tantos años de narración, su cuerpo podría narrar incluso sin acompañarse de la voz. Pero la voz está ahí, con un tono apacible, embaucador, que va envolviendo y va destilando historias sorprendentes y rompedoras que en nada se parecen a lo que se presupone en el cuento tradicional –cuando apenas se conoce el cuento tradicional– y que hermana culturas lejanas como la zulú con otras tan cercanas para nosotros como la de los filandones leoneses. Puede que esa placidez sea la causa, o puede que el resultado, de una gran delicadeza que le permite abordar con gracia cuentos eróticos muy explícitos y susceptibles de causar cierta incomodidad entre parte del público y que, sin embargo, ella sabe dotar de gracia y belleza.
Y es que la delicadeza es esencial para la narradora, por ejemplo, a la hora de narrar anécdotas de gran ternura como la del beso del ascensor, o las experiencias propias y ajenas de narradores en lugares como una residencia de ancianos o un barracón de un gulag. Y esta alusión a los espacios de los cuentos nos lleva a otro de los pilares del arte de Herreros: la reflexión sobre el propio hecho de contar, sus mecanismos y su valor social. Porque la contadora, al tiempo que narra, evoca a otras mujeres contadoras de diversas geografías y de esta forma va tejiendo entre las distintas culturas ese manto acogedor que es la narración de tradición femenina. No tiene reparo Herreros en mostrar las costuras esas técnicas de la oralidad popular como la empleada por los narradores sirios de café que dejan la historia en el clímax de la trama para inducir a que los escuchadores vuelvan al día siguiente a conocer el final, momento en que ellos comienzan otra historia que dejan sin acabar –viejo recurso de Sherezade o de telenovela–. Y, sobre todo, recuerda que los cuentos dan calor, consuelo y esperanza a estos tristes humanos que somos y que conocen su mortal final. De ahí la elección del cuento sobre el origen de los contadores la cultura del África occidental, la historia de ese primer griot que nació de un muerto y una viva y que, por tanto, cuenta las historias de los muertos a los vivos. Llegado a este punto, quizás sea el momento de recordar que Ana Cristina Herreros también se hace llamar, cuando cuenta, b pero quizás sería más apropiado ‘Ana, la que alarga la vida’, pues su muestrario de cuentos más que abrigo es un festín para el que escucha y ella, más que buhonera de cuentos se convierte en una curandera del alma.
Hoy el Festival de Narradores Orales llega a su fin con Raquel López, narradora alicantina que también estructura sus contadas en esa tradición femenina de contar en la intimidad.
