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Los orígenes ancestrales de la fiesta de ‘El Diablillo’ de Sepúlveda

por Jaime de Hoz Onrubia
12 de junio de 2022
en Provincia de Segovia
Fiesta del Diablillo

Distintos momentos de la celebración de la fiesta del Diablillo, de 2009

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Comienza a atardecer por encima de las colinas que se elevan sobre el serpenteante río Duratón, que apenas ya recibe un postrero reflejo del sol en sus aguas, semejante al tenue brillo espectral del calizo revoco que cubre las viviendas que se descuelgan a lo largo de la vertiente noroccidental del agreste cerro sobre el que se erige la milenaria villa de Sepúlveda. Es con los últimos estertores del ocaso cuando las farolas de la plaza y de las callejas, junto con las luces de algunas casas, parecen querer mitigar la luminosidad que ya no puede entregar ese límpido cielo estival en el que las estrellas van poco a poco surgiendo, mostrándose a medida que los resplandores últimos de la tarde llenan de oscuridad el horizonte encrespado.

Es 23 de agosto y al incauto paseante que vive ajeno a las antañas tradiciones locales le sorprende de pronto la completa oscuridad en cualquier rincón de aquel enmarañado trazado urbano. Un repentino apagón deja sumida en las tinieblas toda la población. Un murmullo lejano hace caminar al confundido visitante, casi a tientas, hasta el único espacio abierto que encuentra en el que descubre a una multitud nerviosa, agitada…, pero alegre y divertida. Ahora, de pronto, un sonido brusco y seco llama su atención y desde el sombrío perfil de la iglesia de San Bartolomé ve zigzaguear unas rojizas y pequeñas luminarias que desfilan unas en pos de otras subiendo y bajando en tanto que se aproximan rápidamente a la gente allí congregada. Cuando nuestro turista está aún confuso, sólo atento a los gritos de la muchedumbre, una figura diablesca le aplicará un certero escobazo en su espalda, seguramente en la parte más baja de la misma, y desaparecerá antes de que éste entienda qué es lo que ha ocurrido.

La leyenda cuenta que el apóstol Bartolomé liberó al diablo que se hallaba dentro del cuerpo de la endemoniada hija del rey de un lejano país en el que predicaba para luego atraparlo y encadenarlo, como en alguna ocasión su iconografía encarna al santo, si bien es más habitual verlo representado sosteniendo su propia piel, pues había sido desollado durante su martirio, tal y como lo pintó Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina del Vaticano. En ocasiones la leyenda de la demoniaca liberación se remite a los Evangelios Apócrifos o a alguna otra oscura tradición. Acaso, por ello, la hermandad de curtidores sepulvedanos, acogidos a la protección del mártir cananeo, edificara este templo extramurado y estableciera esa costumbre durante su festividad. Lo cierto, en cualquier caso, es que tal mito cristiano no es sino fruto, como sucede con tantos otros, de la sabia asimilación que los promotores de la fe de Cristo fueron haciendo de muchas costumbres paganas, arraigadas profundamente en los sentimientos populares.

Uno de los rituales más antiguos de los que nos ha llegado noticia, plasmado en viejos usos religiosos que se pueden remitir a tiempos prehistóricos, consiste en trazar un eje que va ascendiendo, desde el profundo y arcano vientre de la tierra, hasta perderse virtualmente en lo más alto del cielo. El término latino mundus aludía a la salida de un pozo excavado en el suelo del que partía el axis mundi (‘eje del mundo’), equivalente al omfalós griego (‘ombligo’), que señalaba en los ritos del establecimiento de los templos augurales la conexión del inframundo con la tierra y con la bóveda celeste. Se definía así un punto intermedio en el que viven los humanos, el “mundo”, colocado entre las arcanas entrañas de la maternal, y a la vez infernal y funesta, diosa telúrica y las intangibles deidades celestes. En el Foro de Roma, a los pies del monte Capitolino, de hecho, había un insondable pozo que se hundía en las profundidades de la tierra y sobre el que se erigió un pequeño santuario, una oquedad que, según autores antiguos como Plutarco y Ovidio, permanecía cerrada durante todo el año con la excepción de tres días: el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviembre, en los cuales los espíritus de los fallecidos salían por dicho agujero y vagaban por la ciudad hasta que de nuevo eran devueltos al averno del que procedían. Este ritual nos recuerda, sin duda, la festividad de S. Bartolomé, celebrada precisamente el 24 de agosto por la Iglesia occidental.

La fiesta del “Diablillo” de Sepúlveda, donde se representa la ya comentada liberación de los demonios, no nos cabe duda de que supone un remedo de tan destacado acontecimiento cultural, anclado en las más remotas tradiciones de la sociedad mediterránea. Los diablillos deambulan, tras salir del pórtico de la iglesia de tal advocación, por las calles de la localidad segoviana persiguiendo a escobazos, en un distendido y jocoso ambiente, a las personas allí congregadas. La herencia de una festividad jovial como es ésta, contrapuesta a una posible visión más aterradora que podría atribuirse a tal suceso, se aproxima mejor a la contemplación que de este acto se hacía en el mundo romano que a la visión que podría esperarse de un cristianismo heredero de unas piadosas, y con frecuencia supersticiosas, prácticas medievales.

Si las Saturnalia que anunciaban el solsticio de invierno, conmemoradas entre el 17 de diciembre y el 24 de enero, se readecuaron para dar paso a la Navidad o si la veneración de la Virgen del Carmen, festejada por nuestros marineros con coloridas procesiones por el mar, podemos remitirla al mavigium Isidis (‘el navío de Isis’), un culto de protección que celebraban las hermandades de navegantes, marineros y pescadores antiguos, y que fue narrada por Lucio Apuleyo en su Asno de oro, e incluso a la que se refirió Heródoto en la descripción de su viaje por Egipto, por qué no hemos de aceptar que la recreación de un ceremonial de purificación celebrado en la vieja Roma pueda seguir reproduciéndose todavía en suelo segoviano.

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