Una de sus pasiones no sorprende: era su oficio. No ocurría lo mismo con las otras dos aficiones que marcaron su vida y, sobre todo, su obra: los coches y los toros. El escritor Antonio Díaz-Cañabate decía que era difícil hablarle de pintura, pero que bastaba hablarle de toros para que se animara. Ignacio Zuloaga (1870-1945) es uno de los pintores más prolíficos de España; su producción es ingente, posiblemente supere los 1.000 cuadros. Pero los toros suponían algo más para el artista: no solo eran su afición, también su dedicación. Es esta cuestión la que este jueves abordó el director general de El Adelantado, Ángel González Pieras, en la conferencia ‘Los Zuloaga y los toros’ en el Museo Zuloaga, como parte del ciclo ‘Segovia Belle Époque. De Toulouse Lautrec a los Zuloaga’, que se desarrollará hasta el próximo jueves 7 de abril.
“Zuloaga podía haber sido un buen torero”, aseguró González Pieras, quien mostró el cartel que aún se conserva del festejo celebrado el 17 de abril de 1897, en el que el pintor se anunciaba como uno de los participantes en la corrida. Tras enrolarse ese año en una escuela taurina en Sevilla, debutó en algún festejo con novillos bajo el sobrenombre de ‘El Pintor’.
En una carta, llegó a decirle a su tío que estaba exhausto: había matado a 27 becerras. El director general de este diario recordó que Díaz-Cañabate consideraba que tenía “buen talante como torero”, lo que llevó a Zuloaga a declarar que daría toda su carrera de pintor por haber sacado una faena con muleta. “Es exagerado, pero eso demuestra que no solo era una afición”, sostuvo González Pieras.
‘Los Zuloaga y los toros’
Ignacio Zuloaga aterrizó en Segovia en 1898. Aquí visitó un buen número de capeas y corridas de pueblos. Precisamente sobre esto José Rodao publicó dos artículos en El Adelantado. No fue su incursión como torero lo más destacado, puesto que no se puede decir que Zuloaga lo fuera -dejó de torear en torno a 1920. Durante 50 años -desde 1896 hasta 1945-, Ignacio pintó cuadros de temática taurina. De hecho, su último dibujo no terminado es sobre Manolete, momentos antes de morir.
“Cuando llegó a una determinada fama, se encargó de comprar los cuadros que pintaba al principio de su carrera para destruirlos, porque quería que no quedara constancia”, explicó González Pieras. De lo que sí quedó constancia es de que, en 1896, estando en Sevilla, pintó su primer cuadro taurino: ‘Retrato del picador El Coriano’.
A pesar de que es extensa, el tema taurino dejó una prolongada huella en su producción, lo que hace que el director general crea que a esta etapa corresponden algunos de sus cuadros más importantes. De hecho, si tuviese que escoger una sola obra de Zuloaga, se quedaría con ‘La víctima de la fiesta’ (1910), no solo porque fue pintado en Segovia, sino también por su código ético, la derrota, y porque su primer reflejo lo tuvo en El Adelantado en septiembre de 1910. Un picador, Francisco -su modelo habitual en Segovia-, aparece sobre un caballo famélico ensangrentado, por lo que se trata de dos derrotados; “Es la cara de la derrota en el caballo y en el picador”, afirmó.
Próximamente, verá la luz un libro de González Pieras sobre los toros en Segovia en el siglo XIX, en el que recogerá la historia de la Plaza de la ciudad a partir de los tres especiales taurinos ya publicados en el diario y del artículo ‘Los Zuloaga y los toros’.
Los “torerillos ajiosfílicos”
Durante su intervención, el director general hizo especial hincapié en los “torerillos ajiosfílicos”, una innovación terminológica de Santiago Ramón y Cajal que aludía a “los torerillos de Zuloaga”, a través de los que el pintor creó personajes, muchos de los cuales no se correspondían con personas reales. Este es el caso de la bailaora Agustina ‘la torera’, madre de Rafael Albaicín. A este se unen cinco cuadros que son “muy significativos”: ‘Torero de pueblo’, ‘Torerillos de pueblo’, ‘Torerillos de Turégano o Ídolos futuros’, ‘El corcito’ y ‘El segovianito’.
Pero Zuloaga también representaba a toreros “reales”. En tres ocasiones, pintó a Juan Belmonte: ‘Belmonte de Plata’ (1924) es ejemplo de ello. Tuvo tanta relación con el torero que, el 29 de junio de 1919, Daniel e Ignacio Zuloaga “lo trajeron en la Feria de San Juan y San Pedro a torear a la Plaza de Segovia, por última vez en la historia”, de acuerdo con González Pieras.
Así, durante buena parte de su carrera, Ignacio Zuloaga se dedicó a pintar personajes y a “crear” otros cuantos, gracias a una afición que se convirtió en una de sus principales inspiraciones pictóricas.
